martes, 13 de diciembre de 2011

Volar

Atreverse a volar, en sentido literal y figurado,  tiene sus riesgos. Volar implica valorar y hacer conscientes los riesgos para poder reconocer los miedos y vencerlos. 


Cuando se logra afrontar y controlar los riesgos, se pierde el miedo y la sensación  de libertad es indescriptible.  Quienes han experimentado esta sensación sienten, y saben, que pueden cambiar el mundo.  Entonces volar deja de ser una metáfora y se convierte en una poderosa fuerza liberadora y transformadora. 


Pero aún así volar tiene sus riesgos, y  estos se hacen evidentes en los accidentes. Cuando me entero de accidentes de gente que se ha atrevido a volar, me pregunto si debería regresar a la tierra y quedarme para siempre en un lugar seguro. 


Ha sido tanta la felicidad de poder volar, es tanto lo que he aprendido, es tanto lo que se ha transformado en el intento, que prefiero afrontar los riesgos y volar cada vez más alto.  


Ayer murió alguien que afrontó los riesgos, venció el miedo y se atrevió a volar y a convertir su vuelo en una poderosa fuerza transformadora. Un abrazo solidario a la familia de Sergio, a sus amigos, a la gente de Tierra Nativa y a todos los cómplices del Ciclopaseo de los Miércoles

martes, 8 de noviembre de 2011

Nanas para Elena

Hace unos diez años, a punto de nacer nuestra primera hija, le pedí a Alejandro que me ayudara a pensar cómo decorar su habitación. No se mucho de esas cosas, Oscar mi marido, menos; y además, en esa época me encontraba en una carrera contra el reloj intentando terminar la tesis de doctorado, así que mi cabeza no tenía espacio para pensar en cenefas de ositos. Alejandro, con la generosidad que lo acompaña siempre, me dijo que no me preocupara, que él se encargaría.  Así las cosas, apareció una mañana cargado con pinturas, pinceles, plásticos y espumas y nos despidió mientras salíamos con prisa a trabajar. No habían pasado 15 minutos y yo ya había dejado de pensar en Alejandro y en la habitación. Mientras conducía mi escarabajo rojo por las montañas bogotanas, pensaba en mi investigación sobre la violencia y la esquiva paz de este país; en la inequidad, en la injusticia y en lo difícil que se me hacía aceptar que mi hija nacería en un contexto tan complejo. Sentí miedo, el mismo miedo que experimenté desde que supe que, finalmente, estaba embarazada. Miedo de saberme impotente ante tantos peligros, miedo del futuro incierto, miedo del presente y de no saber cómo cuidar y proteger a esta nueva vida de la que ahora era responsable.

Aquel día trabajé como siempre. Sin parar, sin tener un minuto para respirar y solo al regresar, en la noche, volví a recordar que Alejandro había quedado en mi casa con sus pinturas. Cuando entré al apartamento no había rastros de él y me dirigí a la habitación esperando encontrarla llena de motivos infantiles. ¡ Oh sorpresa !, no tenía nada que ver con lo poco que había alcanzado a imaginar... menos mal. El espacio entero se había transformado de una manera increíble, la cuna en la mitad de la habitación parecía suspendida en el cielo, pero no en cualquiera. Era el cielo de tantos atardeceres Bogotanos, en los que cientos de arreboles bailan una fantástica danza de colores. Todo, el techo, el armario, las paredes, la puerta, todo, excepto el piso de madera, se inundó de poesía hecha color. Estando allí, en la mitad del cielo, y aún sin salir de mi asombro, me di cuenta de que mis miedos habían desaparecido.

En unos meses nacerá Elena, la primera hija de Alejandro, y aunque estoy a miles de kilómetros, quise compartir con él, con Adriana y, por su puesto, con Elena, un poco de la magia transformadora y tranquilizadora de las cosas bellas. Dejo aquí algunas de mis nanas preferidas. Algunas de ellas son canciones populares anónimas, otras son obras de grandes poetas como Miguel Hernández, José Agustín Goytisolo y García Lorca. Están cantadas por mi de la misma manera en que tantas veces le canté a mi hija, junto a su cuna en el cielo. Sin mayores pretensiones, despacito, al oído, acompasadas al vaiven de la mecedora en la que la abrazaba para dormirla y para hacerle sentir que nunca nada, de ninguna manera, podría hacerle daño.


jueves, 20 de octubre de 2011

Después de la tormenta

 Tormenta en Cartagena

Después de la tormenta...

A secarse al sol

Cartagena en bici


Hay momentos mágicos, muchos de ellos a mi se me revelan cuando estoy montando en bici. Esto fue hace unos días, con Ángela y Alejo, recorriendo la muralla que rodea al Corralito de Piedra.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Cuando el trabajo vale la pena

Hace muchos años que trabajo con comunidades, sin embargo, pocas veces me he cruzado con un grupo de jóvenes tan especial como el que conocí la semana pasada. Vinieron a Bogotá desde los más recónditos rincones de los países andinos, allí donde la pobreza y la falta de oportunidades está condenando a millones de personas a un presente sin futuro. Vinieron a contar historias para poder exigir sus derechos, con la esperanza de ayudar a sus comunidades a construir una vida mejor. Después de compartir y trabajar con estos chicos y chicas durante 4 días, en intensas jornadas de más de 12 horas, no me queda la menor duda de que van a lograrlo.

Aquí dejo, gracias a las fotos de Carlos, algunos de los momentos que se quedarán grabados en el corazón de quienes tuvimos el privilegio de participar en el taller de radio del Plan Andino para la Prevención del Embarazo en Adolescentes.




La canción es de la maravillosa cantante y compositora colombiana Marta Gómez, quien de manera generosa me ha autorizado a utilizar su canción y publicarla junto con las fotos. Dejo aquí el enlace a su web donde los interesados podrán conocer mejor su trabajo.


jueves, 4 de agosto de 2011

El canoero

Ya que últimamente no me salen fácilmente las palabras escritas, las dejo en otra versión. La canción la canto yo, como muchas veces, en la sala de mi casa. Las fotos son de mi viejo, las tomó hace 30 años en el río Caroní y hace unas semanas, en un arrebato de nostalgia, decidí digitalizarlas como un homenaje a tantos buenos momentos que hemos pasado juntos. Quiero pensar que las cosas no van a cambiar.






viernes, 15 de julio de 2011

Me voy quedando de a poquitos


Dos mil caminos recorridos y en cada uno el corazón se va desmenuzando. Los viajes se van acumulando y hoy llevo en mi algo de cada persona con la que me he cruzado. Las regiones tienen nombres propios y caras específicas, los dolores tienen pasado y un futuro incierto. Así duele más este país, cuando las historias y los personajes trascienden los 2 minutos de la nota periodística y se incrustan en la propia vida.

Ya no son más “las comunidades”, ahora son Keyla, Ramiro, Carlos y la señora Gloria. Algunos, como Alirio, Soyara, Javier y Julio Cesar se quedaron para siempre y, desde hace mucho, van conmigo a todas partes. Volver a Bogotá, a esta otra vida tan ajena y tan ausente de tantas cosas buenas y malas que pasan por allá, me resulta cada vez más difícil. No termino de encajar entre los míos y ni siquiera logro verbalizar qué es lo qué me pasa. Algo duele y duele muy profundo, tal vez porque ahora cargo conmigo también el dolor de tanta gente. Y así, tengo la impresión de que últimamente no regreso del todo y, literalmente, me voy quedando como de a poquitos. 

Escuela de narradores y narradoras de la memoria de los Montes de María y la Serranía del Perijá. 2011







lunes, 4 de julio de 2011

20 años de la Constitución

Soy historiadora, y los historiadores guardamos cosas que hablan del pasado. Hoy, al cumplirse los 20 años de la Constitución Política de Colombia, quiero compartir con ustedes uno de mis recuerdos más preciados: La Séptima Papeleta.



El 11 de marzo de 1990 cientos de miles de jóvenes salimos a las urnas a votar por la posibilidad de un nuevo país: incluyente, descentralizado, participativo y respetuoso de las diferencias. La Séptima Papeleta dio voz a cientos de movimientos sociales que llevaban más de medio siglo luchando y, literalmente, dando la vida, por un país más democrático.


Unos meses después, el 4 de Julio de 1991 eramos testigos de uno de los momentos más importantes y significativos de nuestra historia, se promulgaba la nueva Constitución y se abrían las puertas a una nueva época.

domingo, 29 de mayo de 2011

Nos necesitamos

Crecí a orillas de dos de los ríos más grandes y caudalosos del mundo, en Puerto Ordáz, al oriente de Venezuela, allí donde el Orinoco se encuentra con el Caroní antes de desembocar en el Atlántico. Teníamos un pequeño bote con motor fuera de borda en el que recorrimos el Caroní infinitas veces con mi viejo, mis hermanos y, algunas veces, mi mamá. La presencia de los ríos y la imponencia de sus raudales nos recordaban permanentemente la justa dimensión de lo humano en relación a la naturaleza. Aquella belleza e inmensidad del paisaje siempre me inspiró respeto. A pesar de que alguna vez estuvimos a punto de dejar allí la vida, en ningún momento se me ocurrió pensar que el río podría llegar a ser una amenaza para la población. Viviendo en Bogotá, entre las montañas de los Andes, mi relación con los ríos cambió sustancialmente, casi casi hasta el punto de olvidarlos por completo.

Hace unos meses, con el inicio de la temporada de lluvias en Colombia, los ríos volvieron a adquirir una presencia significativa en mi vida. En estos meses las fuertes lluvias han provocado el desbordamiento de varios ríos que arrasaron a su paso poblaciones enteras. El panorama es desolador, 3 millones de personas damnificadas y pérdidas que ya se cuentan en billones de pesos colombianos, la mayor tragedia invernal en los últimos 60 años. Es aún mayor el desconsuelo cuando uno se entera que este desastre está relacionado, en un nivel global, con el cambio climático impulsado por los propios seres humanos; y en un nivel local, con la mala gestión ambiental y el poco interés por la prevención. No se trata solo del desafortunado resultado de un fenómeno natural, es un desastre que ocurre con la complicidad humana. En muchos casos los ríos han recuperado el terreno que los humanos les habían arrebatado y, en otros casos, se trata de tragedias anunciadas que hubieran podido evitarse con un poquito de voluntad política.

No se nada de ambientalismo, ni de prevención de desastres, pero desde hace varias décadas son unánimes las voces expertas que gritan, con desespero, que estamos haciendo las cosas mal ¿Por qué no detenerse un momento para intentar oír lo que que nos tienen que decir? Es evidente y se cae de su peso; no es viable un sistema económico que pretende crecer de manera ilimitada en un mundo donde los recursos son limitados. La rapiña por la tierra, los minerales, los hidrocarburos y el agua nos está condenando a tragedias como las que hoy se viven en Colombia y en muchas otras partes del mundo. Es evidente y se cae de su peso, pero sin embargo no hay voluntad para cambiar esta forma de actuar ni de pensar. Es como si, a pesar de la sofisticación de los sistemas educativos contemporáneos, no se estuviera impartiendo la lección básica de cualquier comunidad: nos necesitamos y, por eso, tenemos que aprender a cuidarnos mutuamente. Una regla de oro elemental de donde surgen los lazos que permiten la pertenencia y permanencia de cualquier grupo humano. La sostenibilidad de las comunidades tiene que ver con su capacidad de ser solidarias en el presente y con las generaciones futuras. Tiene que ver con su capacidad de cuidar los recursos naturales y de asumir lo humano como una parte que pertenece a un todo, compuesto además por el aire, el agua, la tierra y los otros seres vivos.

Los domingos en las madrugadas, cuando salíamos en nuestro bote a recorrer el río, mi papá nos hablaba de los tepuyes, unas altísimas y antiquísimas formaciones rocosas que se encuentran al sur de Puerto Ordáz y que hacen parte del Macizo Guayanés. Uno de los más famosos es el Ayuantepuy, desde donde se desprende la catarata del Salto Ángel con una caída ininterrumpida de 1 kilómetro. Estas rocas tienen más de 3 mil millones de años, es decir que están allí, prácticamente, desde que se creó la tierra. Siempre que pienso en los tepuyes, y en sus 3 mil millones de años, me doy cuenta de lo pretenciosos y arrogantes que somos como especie. En menos de 2 siglos, y a pesar de contar con sistemas complejos de información y conocimiento, nos hemos encargado de interferir en procesos naturales milenarios y acabar con recursos que son indispensables para nuestra propia supervivencia. Es evidente, y se cae de su peso, que no es una forma de actuar inteligente.

¿Qué tendríamos que hacer para entender e incorporar la solidaridad como práctica? Tal parece que los preceptos del Desarrollo Sostenible no pasan de ser fórmulas discursivas políticamente correctas. Discursos vacíos que no se corresponden, en absoluto, con las prácticas. Son evidentes las prioridades de los gobiernos de América Latina y de gran parte del mundo. Las actividades extractivas, como la minería, están a la orden del día en la región y no parece haber forma de parar esta tendencia. Hace años que, desde la academia, se viene advirtiendo acerca de los daños ambientales y los complejos conflictos sociales y económicos que hay al rededor de la economía extractiva. Aún así, los gobiernos parecen estar dispuestos a pagar el precio que sea con tal de llevar a cabo estos proyectos. La promesa del desarrollo sigue deslumbrando con su brillo engañoso, a pesar de los riesgos que se corren al poner en peligro recursos esenciales como el agua, la tierra y la misma biodiversidad. En algunas partes del mundo son las mismas comunidades las que han tomado la iniciativa, en la India el movimiento Chipko impulsado por mujeres que se abrazaban a los árboles para impedir su tala masiva; o en Kenia el movimiento “Cinturón Verde” que ha impulsado la siembra de millones de árboles y la recuperación de ecosistemas completos, son algunos ejemplos de que es posible resistir, de forma pacífica, a la implacable locomotora del desarrollo en su versión más devastadora.

¿Será que en América Latina tendremos que llegar a un punto crítico comparable para empezar a defender recursos que condicionan nuestra supervivencia y la de generaciones futuras? Por ahora hay cierto aletargamiento colectivo. A pesar de las alarmas, para la gente en Colombia no parece haber conexión alguna entre la tragedia invernal, las millonarias pérdidas, y la propia actuación de los gobiernos, las industrias y los ciudadanos. Detrás del modo en que se afronta la gestión ambiental, y se concibe la búsqueda del desarrollo, hay decisiones. Podemos optar, o no, por distintos modos de desarrollo. Podemos tomar la decisión de extraer los recursos de manera intensiva, hasta que se acaben, a cambio de un aparente bienestar en el corto plazo para unos pocos; o podemos optar por pensar a largo plazo y garantizar la calidad de vida de todos y nuestra supervivencia como comunidad. Cualquiera que sea la decisión que tomemos implica un debate colectivo que, por lo menos en Colombia, no se ha dado. Es algo que nos incumbe a todos, no solo a los políticos y a los ambientalistas, y que obedece a un principio sencillo pero profundo: nos necesitamos y, por eso, tenemos que aprender a cuidarnos mutuamente.

domingo, 1 de mayo de 2011

El maestro

Sool, faa, sii, mii, ree, sii, dooooo... reeee mii... cantaba y sus manos bailaban suavemente marcando el ritmo y el carácter de la pieza, hasta el punto en que era fácil llegar a imaginar al mismo cisne que, en su momento, había inspirado a Camile Saint-Saens, – respira …!! nunca, nunca se te olvide respirar..!! pausa...dos, tres, respira... prepara la siguiente frase y... mejor, mucho mejor...

Tenía fama de bravo, estricto y muy exigente. La fama no era del todo errónea, en realidad era bravo, estricto y muy... muy exigente. Es cierto que hablaba fuerte, pero no infundía temor, al contrario, en mi generaba una sensación de seguridad difícil de describir y de repetir. Además era gracioso, tenía una sonrisa generosa y un maravilloso sentido del humor que sacaba a relucir aun en los momentos más inesperados. Era muy alto y un poco encorvado e invariablemente estaba con un cigarrillo y una taza de café en las manos. Así como algunos dicen que hay personas que se parecen a sus perros, yo siempre he pensado que el maestro tenía personalidad de violonchelo. Tenía cierto aire melancólico que se reforzaba aquellos días de suave lluvia, con su andar pausado, el paraguas abierto y su larga gabardina.

El día en que lo iba a conocer casi me devuelvo por el pasillo antes de tocar la puerta, sus gritos se alcanzaban a escuchar hasta las escaleras que conducían al segundo piso en el edificio del Conservatorio. Sin embargo, cuando me disponía a dar media vuelta, abrió la puerta y dijo – tú, si tú... pasa. En el salón estaba un muchacho menor que yo, con su violonchelo, un poco asustado y tan sorprendido como yo. Antes de que pudiéramos entender nada el maestro le dijo - otra vez - y el niño de inmediato empezó a tocar.

No recuerdo la pieza, pero recuerdo que sonaba bien, mucho mejor de lo que yo podía tocar. Cuando terminó, el maestro me miró fijamente y preguntó – y..., ¿qué te pareció? Casi no podía hablar, estaba apabullada con la situación, finalmente con un hilito de voz dije -está bien  -¿está bieeen?... gritó él - ¡claaaaro que está bien !, está bien, pero NO suena bien, y no suena bien porque Él no cree que esté bien, tiene miedo y la música con miedo suena miedosa... aunque esté bien. Ahora... explícale ¿por qué está bien? Empecé tímidamente a hablar de la afinación, del ritmo y de la manera de pasar el arco, muy incómoda por estar entrometiéndome en la clase de otro alumno que, aunque menor, era más avanzado que yo.

El maestro volvió a preguntar -¿cómo lo tocarías tu?...  -No, yo aún no puedo tocar esa pieza, me apresuré a decir, y el insistió - no pregunté si podías tocarla, sino ¿cómo la tocarías? quiero que te veas y te escuches a ti misma tocando esa pieza... Empecé a imaginar y a describir minuciosamente cómo la tocaría, cuando terminé de hablar el otro alumno se había ido. El maestro me pidió que sacara mi violonchelo y sin darme oportunidad de decir nada puso en el atril la partitura que el otro alumno acababa de tocar y dijo – quiero que hagas exactamente lo que acabas de decir e imaginar...toqué la pieza, por primera vez, y para sorpresa mía, no solo pude tocarla sino que sonó muchísimo mejor de lo que yo misma hubiera podido esperar.

Estas fueron mis primeras tres lecciones con el maestro Manolov, en menos de 20 minutos me había mostrado que es posible aprender cuando se intenta enseñar, que si se logra anticipar una situación nueva es mucho más fácil enfrentarla; y que si se tiene miedo, todo lo que uno haga, diga o toque, va a sonar miedoso... aunque esté bien. El maestro me enseñó a mi, y a toda una generación de chelistas colombianos, una manera de pensar y de abordar, no solo la música, sino la vida misma. Repetía de manera insistente que si se afrontaba un pasaje complicado, era necesario descomponerlo en pedacitos e ir abordando el problema paso a paso. Que muchas veces la inseguridad no era otra cosa que miedo a lo desconocido, así que si lográbamos visualizar y representar la situación con anticipación, lograríamos vencer el miedo, empezaríamos a creer en nosotros mismos y, en ese momento, seríamos capaces de afrontar cualquier reto.

Svetoslav Manolov había llegado a Colombia para pasar una temporada a mediados de los años ochenta y luego regresó definitivamente en 1988, año en que yo lo conocí. Era un orgullo verlo en el escenario tocando como solista, acompañado al piano por su esposa o con la orquesta, como jefe de la sección de chelos o incluso dirigiendo la camerata de cuerdas. Además de las clases individuales daba clases grupales, sesiones realmente magistrales en las que se hacía evidente que para enseñar a tocar un instrumento no basta con ser un buen intérprete, es necesario un vasto conocimiento pedagógico y una profunda vocación que solo puede surgir de quién, generosamente, ha aceptado compartir y transmitir todos los secretos de su oficio. Nosotros, sus alumnos, nos sabíamos privilegiados de tenerlo como maestro, y entendíamos muy bien que esa era una oportunidad que no se repetiría fácilmente en un contexto como el nuestro. Un día cualquiera hace 16 años, dando una clase, la muerte entró de manera impertinente a su propia casa y en unas pocas horas se lo llevó. Yo finalmente no me dediqué al violonchelo, siguiendo sus mismas enseñanzas entendí que mi camino era otro y que tenía la fuerza suficiente para cambiar de rumbo, porque esa había sido mi decisión.

Muchas veces me pregunto si los maestros de música serán conscientes de la influencia que pueden llegar a ejercer en sus jóvenes alumnos; tantos años después y, aun hoy, no pasa un solo día sin que recuerde y aplique muchas de las lecciones del mío. Cuando toco el chelo es como si lo reviviera, lo veo ahí sentado hablándome, levantando las cejas y haciendo aquellos particulares y graciosos gestos que hacía para que uno supiera si estaba, o no, haciendo las cosas bien. Entonces no solo mi violonchelo suena mejor, sino que muchas veces al terminar de tocar, tengo una mayor certeza de qué hacer y hacia dónde dirigirme. Hoy muchos de sus antiguos estudiantes son reconocidos músicos, aquí y en otras partes del mundo, y por su puesto, también se dedican a enseñar. Quiero pensar que cada vez que suena un violonchelo de ellos, o de alguno de sus alumnos, a través de la música se transmite no solo su belleza intrínseca, sino el conocimiento acumulado de alguien que tuvo el don de transformar la vida de los otros, el maestro Manolov.





domingo, 27 de marzo de 2011

La felicidad monta en bicicleta

Hay instantes que se quedan para siempre, tal vez porque resumen momentos esenciales de la vida. Allí estábamos, no recuerdo bien cuántos ni quiénes. Seríamos unos 25, habíamos pedaleado unas 4 horas y aún no lográbamos salir de ese estado de fascinación que producen los paisajes imponentes. Recorríamos el Delta del río Ebro en Tarragona y estábamos a punto de llegar a la playa donde nos disponíamos a recoger mejillones entre las rocas. Recuerdo muy bien aquel momento, sobre la bicicleta, con el viento en la cara y bajo un sol radiante de primavera. En ese instante hice consciente algo que, con los años, ha resultado ser verdaderamente liberador; la certeza de que, aun siendo mayor, no necesito mucho para ser feliz.


Han pasado casi 11 años desde aquel instante, pero cada vez que subo a mi bici hay algo que me recuerda esa revelación. Cada vez que monto en bicicleta, sin importar cuánto tiempo haya pasado, vuelvo a ser una niña y confirmo, una vez más, que tengo la habilidad de divertirme fácilmente. Con los años, y viviendo en Bogotá, he descubierto que esa inocente capacidad se ha ido transformado en una poderosa posibilidad de resistencia. Es algo que ha estado allí siempre, mucho antes de aquel instante, desde el día en que decidí desafiar las caóticas calles de Bogotá, aún sin ciclorrutas; solo que con el tiempo se ha vuelto cada vez más consciente y, por lo tanto, cada vez más potente.

Usar la bicicleta para movilizarse de manera cotidiana en Bogotá es enfrentarse a muchas cosas: al miedo que acorrala y reduce de manera absurda los espacios y los horarios de la ciudad; a la presión de una sociedad sexista y clasista que considera que la bicicleta no es apropiada para una mujer de mi "condición social"; y al narco-arribismo que estipula, como aspiración, ostentar posesiones que expresen, de manera arrogante, un ilimitado poderío económico. La bicicleta encarna, cómo el antihéroe, todos los valores contrarios a la sociedad hegemónica consumista. Tal vez por eso, los y las ciclistas urbanas, somos prácticamente invisibles en esta ciudad. La agresividad contra quienes van en bicicleta es evidente, no se si es envidia, o si es simple negación, pero el caso es que no soportan vernos pedaleando; como si les diera rabia constatar que algunos logramos ser felices aun en medio del caos que impera en la ciudad. 


Moverse en bicicleta por Bogotá es atreverse a inventar nuevas formas de vivir y de habitar esta ciudad, y es ahí cuando el caballito de acero se convierte en una metáfora ambulante de la resistencia. Esto es algo que entienden muy bien las cientos de personas que los miércoles, cada quince noches, responden a la convocatoria de Andrés Felipe Vergara y su grupo de compañeros. Es algo conmovedor, gente que no se conoce pero que se reúne por el solo placer de compartir el paseo nocturno y de recuperar, aunque sea por unas horas, espacios que han sido arrebatados a los ciudadanos por la inseguridad y la violencia. Muchos son jóvenes universitarios, pero también hay gente mayor y algunos adolescentes, incluso el otro día vi a alguien que paseaba con su perro dentro de un bolsito amarrado a la parrilla. Los veo en fila, tan callados, disfrutando el paisaje nocturno y, a la vez, dejando constancia de que el espacio público es de todos y para todos. Aunque no se trate de un hecho consciente, el paseo se convierte en un acto político de ejercicio ciudadano y, para mi, es inevitable pensar en algunas experiencias maravillosas de resistencia pacífica y recuperación del territorio.


Los humedales de Torca y Juan Amarillo, y los parques lineales Río Molinos y Río Negro son solo algunos de los espacios recuperados en las noches de los Ciclopaseos. Visitarlos, a través de la red de ciclorrutas, es descubrir una ciudad completamente diferente a la que conocemos. Una ciudad que podría ser mucho más amable solo si sus ciudadanos y ciudadanas se dieran la oportunidad de empezar a imaginar otras maneras de habitarla. Mientras llega ese momento yo seguiré reviviendo aquel instante, como si fuera una niña, experimentando la sensación de libertad y el privilegio de imaginar nuevos mundos cada vez que me subo a mi bici. Hasta la próxima.







Humedal de Juan Amarillo visto desde el Ciclopaseo, en uno de los recorridos diurnos camino al Parque La Florida


* Si usted quiere unirse al Ciclopaseo de los Miércoles puede consultar:  http://www.facebook.com/group.php?gid=5085433513

miércoles, 16 de marzo de 2011

El segundo post

Sabía que iba a pasar, tal vez por eso me resistí durante tanto tiempo. Escribir unas líneas y publicarlas como post en un blog era adquirir un compromiso mayor, ahora debo escribir otro y otro, y así sucesivamente. No es que alguien me lo imponga, no, soy yo misma. No puedo resistirme después de haber publicado el primero, aunque no me resulte fácil escribir el segundo. Tal vez si mi amiga no hubiera dicho que se trataba de "el primero", entonces sería simplemente "el único" y hasta ahí hubiera llegado el blog. Pero ahora no puedo evitarlo, es un efecto singular que producen en mi las secuencias. Efecto que se expresa en la necesidad irrefrenable de continuarlas y completarlas, aveces de manera infinita hasta quedar atrapada en el círculo. Musicalmente es el mismo efecto producido por el ritmo, secuencia que se repite de manera cíclica en el tiempo, secuencia que nos embruja y nos atrapa en otra dimensión, en un eterno presente.


De allí la importancia del segundo post, este define en mucho el carácter de la secuencia y, por lo tanto, mi propia expectativa. Al escribirlo así de alguna manera anticipo el tercero y, como una forma de romper el conjuro, finalmente opto por no seguir una secuencia. Me libero del yugo opresor de la expectativa, emprendo el camino y dejo abierta la posibilidad a lo inesperado...



martes, 22 de febrero de 2011

Los zapatos de Soraya

Tengo una deuda con Soraya y también conmigo misma. Prometí escribir unas líneas a partir de una conversación que tuvimos hace un tiempo sobre los zapatos y lo que cada quien es. Sora acababa de realizar una intervención en un foro muy importante, a lado de personajes ilustres y representantes de los principales medios del país. Cuando la encontré estaba reivindicando su decisión, cuestionada por varias de sus amigas, de haber realizado la presentación calzando un par de zapatos deportivos. Una de ellas le había dicho - pero la elegancia fue de la cintura para arriba - cuando descubrió una foto del evento en Facebook. Ella sabía que sus zapatos no iban muy bien con el atuendo elegante que había escogido para tan importante momento; sin embargo, se aferró a su convicción de no ceder a la presión social que de manera prescriptiva imponía, para la ocasión, zapatos formales, por demás incómodos.


Soraya Bayuelo presentando la experiencia del Colectivo de Comunicaciones Montes de María en Expopaz


Y es que, conociendo a Soraya, no se me hace extraño que se haya empeñado en tal decisión, pues metafóricamente no era poco lo que se jugaba. Ceder a la presión de ponerse otros zapatos, unos que no se sienten como propios, puede llegar a ser como ceder a la presión de dejar de ser uno mismo. Y si hay algo que esta maravillosa mujer sabe muy bien, y enseña a todo aquel que se le cruza en su camino, es el valor de ser auténtico. El valor de acomodarse, de manera flexible, a cada situación y contexto sin perder la dignidad de ser uno mismo. Ponerse en los zapatos del otro para comprenderlo y acompañarlo de manera solidaria no implica, necesariamente, despojarse de los propios zapatos. Al contrario, implica reconocer explícitamente el lugar desde donde nos paramos para relacionamos con los otros. Cuando entendemos eso descubrimos el sentido profundo y el efecto poderoso de la empatía, sentir con el otro, vincularse a los demás y sentir que sus tristezas y alegrías también son nuestras. En la capacidad de ser ellos mismos y, a la vez, sentir empatía hacia los demás, reside la magia que rodea a la gente como Soraya. Fue algo que terminé de entender hace unos días, cuando tuve el privilegio de ir a su casa en la región de los Montes de María, ¡qué experiencia!.

Recorriendo los Montes de María con Soraya


Soraya hablaba con orgullo de cada rincón de su pueblo y su región; de su gente, de lo que son y de la importancia de no perder la dignidad. Ni el terror impuesto por los grupos armados, ni las inconcebibles condiciones de pobreza y abandono los han amedrentado. Nos llevó a conocer a la legendaria cantadora Petrona Martínez, la gran maestra del bullerengue, el baile cantao que canta las penas y las alegrías de la gente del caribe colombiano. Allí estaba doña Petrona sentada en su mecedora, cosiendo vestidos para sus bisnietas y viendo pasar el mundo sin deslumbrase y sin olvidar qué es lo fundamental. Encima de ella, en el lugar más visible, estaba colgado un poster que hacía alusión a la exposición “Oro, espíritu y naturaleza de un territorio” del pintor Pedro Ruíz. Qué insólito y, a la vez, qué coherente, qué emocionante. Dos seres tan distintos que tienen el don de ver lo mismo, de encontrar belleza en medio del dolor y la violencia. Imposible dejar de recordar la canción de doña Petrona, ¡ya la creciente bajó, la vida vale la pena!.
Soraya y Petrona Martínez


Para cuando llegamos a El Carmen de Bolívar Soraya nos había hecho un minucioso recorrido por las historias de dolor y de impotencia de una región asolada por la codicia y el poder mal utilizado; y en el fondo la canción de Jorge Oñate - en las noches de mi tierra, renacen siempre mis alegrías, hay un verso de esperanza, en cada aliento del alma mía. Qué contraste al conocer, al día siguiente, al grupo de narradores y narradoras de la memoria, hombres y mujeres que le están apostando a contar lo que han vivido sus comunidades en los últimos años. Ellos, que han sido despojados de sus tierras y de sus seres queridos, entienden muy bien el valor de la memoria narrada, hilo conductor que los vincula entre sí y con su territorio. Tejen los recuerdos y luego los cuentan para saber quiénes quieren ser. Entrelazan trocitos de pasado, con la profunda esperanza de que, al hacerlos públicos, nadie, de ninguna manera, vuelva a vivir la pesadilla que vivieron. Pero también cuentan el pasado para reconocer, con orgullo, que han sido capaces de escapar a la tragedia, que no están condenados irremediablemente a la violencia y que pueden ser los dueños de su propio destino. ¡Ya la creciente bajó, la vida vale la pena!.


Soraya trabajando con un grupo de mujeres en Rincón del Mar


Qué cantidad de historias, historias dolorosas y también historias divertidas, tan contradictorio como la misma vida. Fue un placer escuchar a Beatriz hablar de su infancia, de cómo allí mismo, en la casa de Chichi, escuchaba las sinfonías de Sibelius y devoraba cuanto libro caía entre sus manos. De cómo aprendió sola a tocar la guitarra y el acordeón para cantar a los juglares vallenatos - ya comienza el festival, vinieron a invitarme, ya se van los provincianos que estudian conmigo... De los recorridos gastronómicos de Sora y su amigo en la época de la universidad y de cómo crearon el Colectivo de Comunicaciones hace 16 años. Escuchamos, conmovidas y con profundo dolor, a la niña Blanca, la mamá de Soraya que a sus 78 años no se recupera del golpe de haber perdido a su nieta María Angélica. Aquel 17 de Agosto, cuando empezaba a anochecer, una bomba estalló en la esquina de la ferretería truncando la vida de su nieta y de sus dos amigas. Más de 10 años después, la niña Blanca llora y no cabe de su asombro ante tamaña estupidez, nosotras tampoco. ¡Ya la creciente bajó, la vida vale la pena!.


Cuando regresamos tenía la certeza de ser diferente, a pesar de tener mis propios zapatos. Rumbo a Cartagena paramos en San Jacinto a comprar artesanías y, de repente, Soraya se aparece con un par de gaitas y me dice – fueron hechas por Toño García, de Los Gaiteros de San Jacinto, tienes unos meses para aprender a tocarlas de aquí a que vuelvas al Festival de Ovejas - ¿Cómo ser la misma persona después de todo esto? Todo el recorrido fue una lección de humanidad, solidaridad y esperanza basada en la memoria; memoria hecha canción, lugar o narración. Escuchamos a Soraya y a su gente y entendí, mejor que nunca, su reivindicación por los zapatos, una lección de dignidad e identidad. De repente sus historias fueron también mías y a partir de ese momento estuvimos vinculadas para siempre. ¡Ya la creciente bajó, la vida vale la pena!.
Soraya en sus Montes de María

Los zapatos de Soraya

Habitar el tiempo de los otros

Este articulo fue publicado en la revista Ranchería del Fondo Mixto de la Cultura y las Artes de La Guajira . Abril de 2017. Edición No. 17 ...