miércoles, 24 de mayo de 2017

Habitar el tiempo de los otros

Este articulo fue publicado en la revista Ranchería del Fondo Mixto de la Cultura y las Artes de La Guajira. Abril de 2017. Edición No. 17


¿Cuántas cosas habrían visto aquellos ojos cristalinos, casi vítreos? Se me ocurrió pensar que esa mirada penetrante, altiva y desafiante, expresaba en cada destello las vivencias de quien había vivido muchas vidas, pero también llorado muchas muertes.  Era una mujer wayúu, mayor, y miraba con  escepticismo y desconfianza todo aquello que alguien como yo podría representar: Arijuna, de Bogotá, urbana, universitaria, consultora de una organización internacional; alguien que vino de muy lejos a hablar de algo que a ella le ha tocado muy de cerca, en su vida misma, y en la muerte de los suyos: los Derechos Humanos y la paz. Me atravesó con su mirada y, sin decirme nada, me hizo saber que, entre ella y yo, entre su mundo y el mío, había una distancia inmensa difícil de entender y de salvar.

Foto: www.notiwayuu.com

Antes había ido muchas veces a La Guajira, pero ese día, en Dibulla, junto a la abuela wayúu, su nieto, algunos indígenas wiwa, unos pocos afros y muchos otros Arijunas, como yo; se hizo patente para mí, cómo en esta región se expresa y se confronta constantemente la idea de convivir en la diversidad.  A pesar de mi larga experiencia trabajando con comunidades, por momentos sentía que hablábamos idiomas diferentes; hasta que cedí a la situación, dejé de luchar con mis propias expectativas y acepté que, efectiva y literalmente, hablábamos idiomas diferentes. Entendí que allí estaba el secreto y la razón de ser de nuestro encuentro; el punto no estaba simplemente en hablar sobre Derechos Humanos y paz, el reto estaba en reconocer cómo se expresan estas ideas en las prácticas de vida de comunidades diversas, en contextos específicos, y cómo la realidad de este territorio las cuestiona y las confronta a cada momento y en cada acto mínimo y aparentemente insignificante.

El sueño de la Nación, sustentado en la idea de un Estado moderno y democrático, que es capaz de articular la diversidad en torno a un proyecto de vida colectiva, tambaleaba cada vez que intentábamos ponernos de acuerdo sobre algo relativamente sencillo: los horarios de trabajo.  Empezó el taller y durante los dos primeros días, no logramos una sola vez que los participantes cumplieran los horarios que habíamos concertado entre todos. No solo porque llegaban tarde después de los descansos, sino porque, para sorpresa mía y de mis propios prejuicios, en ningún caso querían dar por terminada la jornada. Las sesiones se alargaban de manera perenne, incluso hasta la madrugada, mientras yo parecía sumergirme en otra dimensión y no era capaz de hacer consciente el paso del tiempo y mucho menos de controlarlo, administrarlo y racionalizarlo según mi propia razón.

Al tercer día, después de esperar durante horas que los participantes acudieran a nuestra cita, pregunté con cierto tono de ironía si lo que se ponía en juego en esa situación, no era el valor de la palabra empeñada, tantas veces valorada por los wayúus en nuestras discusiones. Se hizo un breve silencio. Desde su esquina, la abuela me miró calmadamente, y sin levantar mucho la voz, ni dejar de tejer por un instante sus hilos coloridos, soltó con firmeza una frase lapidaria: no es una falta a la palabra, lo que pasa, dijo, e hizo una pausa, es que habitamos en tiempos diferentes.

En ese momento cedí, cedimos todos. Las palabras de la abuela hicieron que algo resonara al interior de cada uno, y empezamos a escucharnos, con toda la disposición de reconocernos y entendernos mutuamente; sabiendo que hablábamos idiomas diferentes y veníamos de mundos muy distantes, pero con la convicción compartida de que es mejor buscar y recorrer juntos el camino. Ya no estábamos simplemente en un taller, entramos todos en la misma dimensión y empezamos a vibrar al tiempo con la disposición de dejarnos transformar por las memorias de los otros. Durante esos días, mis compañeros y yo escuchamos atentamente, y ayudamos a contar, las historias de pueblos enteros que habían sido asolados durante años, por la fuerza devastadora de la muerte y el despojo; por una violencia que clausuró el tiempo y se hizo eterno presente, en un territorio al que incluso el futuro pareciera habérsele usurpado.

La palabra se hizo memoria, y con ella, brotaron las historias. Los más mayores intentaron explicarnos el significado histórico y social de la actividad del contrabando, en tanto forma ancestral de resistencia a los españoles, y luego, a los gobiernos republicanos que, por principio, han sido considerados siempre ilegítimos por algunas de estas comunidades. Cuánto sentido adquiría para mi la letra del viejo vallenato de Escalona: “Allá en La Guajira arriba, donde nace el contrabando, el Almirante Padilla llegó a Puerto López lo dejó arruinao”. El Almirante Padilla, aquella fragata insigne de la Armada Nacional que iría a la guerra de Corea a principios de los años 50, era vista como la causante de todos los males de la región, al haber combatido la actividad ilegal del contrabando que, en esencia, no es sino una amenaza del proyecto estatal de construcción y consolidación de un ámbito público.
Foto: Fondo Mixto de la Cultura y las Artes de La Guajira
 
Entendí porqué en la canción se deseaba para ese símbolo lo peor, su hundimiento. Supe por qué el barco contrabandista, perseguido por la autoridad, había prometido hacer una fiesta el día que hundieran al buque de la Armada: “Barco pirata bandido, que Santo Tomás lo vea, prometió hacerle una fiesta cuando un submarino lo golpee en Corea”. El contrabando, aparecía en las historias de estos hombres, como eje articulador de la vida colectiva en La Guajira y como reivindicación social frente a un sistema político, y un Estado, que aún no logra integrar del todo a este territorio, en torno a la garantía plena de los derechos fundamentales, el acceso a bienes y servicios y las dinámicas económicas legales.

Así, habitando el tiempo de los otros, pasaron varias noches en donde la palabra iba tejiendo la memoria y cada quién, desde su recuerdo y su conocimiento, reconstruía un pedacito de alguna historia en ese territorio. Nos hablaron  de las guerras viscerales y ancestrales, casi míticas, entre diferentes clanes de la región; de la bonanza marimbera de los años 70, de la llegada de la guerrilla de las FARC a principios de los 80 y de los paramilitares en los 90. Nos contaron que para cuando el  nuevo siglo se había asomado, la violencia y los violentos habían invadido, como hierba mala, cada proyecto, cada sueño, cada rincón y cada intersticio de vida en La Guajira.

La abuela, que realmente solo hablaba para decir cosas contundentes, nos habló del despojo y del desplazamiento forzado de su pueblo, de las disputas entre los grupos que controlan el narcotráfico y el contrabando de combustible; del secuestro y la extorsión, del asesinato selectivo de líderes sociales que se han atrevido a cuestionar las actividades ilícitas que favorecen a unos cuantos por encima de las comunidades, de cómo las mafias controlan a la gente y se cuelan en oficios tan comunes como el mototaxismo y los préstamos gota a gota. Cada quién recordó y narró una historia desde su propia perspectiva y subjetividad, y en cada relato, se hizo evidente que, aún en la memoria, este es sobre todo un territorio en disputa donde muchos de los valores asépticos de la democracia y del desarrollo se confrontan y se ponen a prueba.

El viejo Juan está en Maracaibo, no tiene padres, hermanos, primos, primas ni familiares; no tiene cementerio, ni tierra... no tiene nada, no tiene a nadie, ya no es nadie“, me dijo Pedro el hijo de la abuela, y el eco ronco de su voz reflejaba una soledad infinita. Haber tenido que salir huyendo implicaba, no solo dejar su tierra, sino con ella, en ella, sus recuerdos y todos los vínculos con su comunidad; todo lo que le hacía ser y sentirse parte de un pueblo. De nuevo, veía cómo el daño inconmensurable de la violencia en Colombia no solo radica en las vidas individuales que han dejado de vivirse; sino en los hilos que se han roto desvinculando a las comunidades y destruyendo cualquier iniciativa de proyecto y organización colectiva.

Foto: Iván Sánchez
 
Es cierto que juntos, abrazados, somos más fuertes; y también es cierto que los violentos, y las violencias, buscan des-atarnos para hacernos vulnerables. Pedro hablaba del territorio ancestral, no solo como un trozo de tierra, sino como un depositario y guardián de la memoria colectiva de su gente, en donde el cementerio hace posible el vínculo entre generaciones, más allá de la muerte. Todo lo que su pueblo ha sido, es y quiere ser, está definido por ese vínculo particular con el territorio que no es otra cosa que la memoria; y yo pensaba: allí esta la clave de la reconciliación para todos; allí: en construir y reconstruir los vínculos entre nosotros, los otros, y nuestro territorio.

El empeño por la memoria, ahora que empezamos a transitar el camino de la paz, no es un vano capricho de los movimientos sociales y de algunas instituciones del Estado.  Hoy recuerdo mi encuentro con la abuela wayúu y se muy bien que es allí, en la memoria y habitando el tiempo de los otros, donde abriga la esperanza de entender la sinrazón de la violencia, para que nunca más se vuelva a repetir. Es allí donde están las claves para entender que, a pesar de los siglos que han pasado, aún somos un país que no se conoce a sí mismo y que se sorprende y tambalea ante la existencia de la diferencia.

Es allí donde están las claves para entender cuáles son los debates largamente aplazados y reemplazados por la confrontación armada, el acallamiento y la eliminación de los otros;  discusiones sobre lo que queremos ser, por dónde queremos ir, y la idea de desarrollo que queremos acoger.

Es allí, en el diálogo de las memorias sobre lo que nos avergüenza y nos enorgullece, donde vamos a encontrarnos o a des-encontrarnos a nosotros mismos. En la memoria están las claves para entender la violencia, pero también la resistencia; aquello que nos mantiene juntos más allá, y a pesar, de habitar espacios y tiempos diferentes. Así como la abuela tejía pacientemente desde su esquina, y al hacerlo fortalecía y reconstruía el vínculo sagrado entre ella, su comunidad y su territorio; así mismo, aquella vez, su palabra hecha memoria tuvo el poder de enlazarnos a los otros y hacernos parte de su propio tejido. Por un instante habitamos su tiempo y nos hicimos parte de su historia; y desde ese día, nada de lo que a ellos acontece volvió a ser indiferente para mi. Allí, en el tejido, en ese acto aparentemente insignificante y cotidiano de la abuela Wayúu, es donde anida la esperanza y la posibilidad de un país en paz.

jueves, 9 de marzo de 2017

Lo común y lo corriente, esa manera femenina de entender la vida


Estas son las palabras que leí en el foro: Experiencias y Aportes Fundamentales de las Mujeres en la Construcción de Paz. Comisión de Seguimiento a la Ley de Víctimas. Bogotá 09 de marzo de 2017 - Congreso de la República de Colombia.

He visto a mi madre llorar mil veces junto al recuerdo de su hermano asesinado y de su casa devastada por una violencia, ya casi inmemorial, en el Norte de Boyacá. He visto a mi tía dedicar en vano una tercera parte de su vida a la búsqueda de la más mínima pista que le hablara de su hijo desaparecido en las selvas del Guaviare.  He visto a mis amigas diluirse en lágrimas, y sentir que la vida misma se les iba, llorando la pérdida de un ser querido, o sufriendo el dolor insondable que causa la violencia; esa que se sufre por la decisión consciente y deliberada de otra persona. Pero también he visto a esas mismas mujeres levantarse cada día, durante años, remangarse y encarar la vida cotidiana y doméstica con toda la entereza que le falta a quién se oculta detrás de un arma y del poder mal utilizado. He conocido mujeres combatientes, que, en la expresión más contundente de la valentía, tuvieron el valor de desmovilizarse, aún a sabiendas de que en ese acto se jugaban la propia vida y la de su familia; y he conocido mujeres oficiales y suboficiales, de las fuerzas armadas de Colombia, que han dedicado cada momento de su existencia a hacer de éste un mejor país. A todas ellas: víctimas, resistentes, excombatientes, resilientes; las he visto sembrar, cocinar, estudiar, luchar, limpiar, dirigir, construir, narrar, tejer y entrelazar los hilos de la vida y la esperanza. Las he visto cuidar a los demás por encima de sí mismas y las he visto sumarse incondicionalmente a otros, y a otras, para encarar empeños colectivos. 

Foto: Soraya Bayuelo

Foto: Soraya Bayuelo


Esa capacidad de las mujeres, infinita, y a la vez casi intangible, de construir lazos solidarios y de honrar la vida en los actos más mínimos y cotidianos, es la que tenemos que hacer visible ahora que hemos decidido caminar la paz.  Es allí donde hay un vasto conocimiento sobre cómo hacer las paces acumulado durante décadas; probablemente, las mismas que empeñaron los guerreros en aprender y en enseñar a hacer las guerras. Hacer evidente lo común y lo imperceptible es nuestra tarea más inmediata en este momento. Durante siglos los relatos sobre Colombia ocultaron convenientemente a las mujeres y a todo aquello del mundo cotidiano que no aludiera a la violencia; y así, nos quitaron la posibilidad de reconocer que tenemos la capacidad de vivir en paz, y que hacerlo, es solamente fruto de nuestra decisión. Los hombres guerreros y victimarios fueron convertidos por la historia y la memoria colectiva en héroes o en villanos famosos y legendarios que se constituyeron en referentes nacionales. Por épocas llegamos incluso a creer que estábamos irremediablemente condenados al horror, pues no éramos capaces de reconocer aquello que estaba a la vista: que la mayoría de gente en Colombia no ha cedido nunca, ni aún bajo las peores circunstancias, a la tentación de la violencia. Es el momento de hacer visible esa sutil manera femenina de entender el mundo, basada en una ética del cuidado por y para el otro que se expresa en actos mínimos sin ninguna pretensión de grandilocuencia. Nuestra tarea es narrar y construir una nueva historia más allá de la violencia y los hombres guerreros, un nuevo relato sobre las muchas formas de paz que hombres y mujeres hemos construido desde el mundo común y corriente:  el trabajo, los emprendimientos, los empeños colectivos, la fiesta, la comida, las artes, los oficios, el amor, las familias, la escuela, la música, el deporte; no hay que buscar mucho más allá, aquí mismo anidan los secretos de la paz, y las mujeres sabemos muy bien cómo escudriñar en ellos. 
Foto: Soraya Bayuelo

Foto: Soraya Bayuelo

Construir paz desde el mundo de lo común implica, además, para las mujeres, derribar inequidades y desigualdades históricas. Ningún derecho está garantizado, ninguna conquista es aún suficiente para superar la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran millones de mujeres en Colombia. La pobreza, la exclusión, la falta de educación, la violencia física, verbal, sicológica y económica; el abuso sexual, la absurda pretensión de controlar los cuerpos de las mujeres, y todo lo que ello implica, son la materialización de una ideología de la exclusión que, silenciosa y letalmente, se cuela entre las grietas de nuestra débil democracia y, aunque victimiza a las mujeres en primera instancia, termina esclavizando también a los hombres y empobreciendo a la humanidad entera. 
Foto: Soraya Bayuelo

Foto: Soraya Bayuelo

Las mujeres colombianas, sobre todo aquellas que habitan los campos y las zonas rurales, han resistido a esta violencia infinita, muchas veces invisible hasta para ellas mismas, y con la fuerza arrolladora de la vida, han insistido y persistido en su empeño por transformar su mundo, y a través de ellas, el de todos nosotros. Es hora de escucharlas, son ellas las que tienen mucho que enseñarnos sobre la vida y la paz, son ellas las que más han sufrido y resistido a la violencia en todas las formas en que es capaz de manifestarse esta alimaña. Por eso, son ellas las que saben mejor que nadie cómo caminar y hacer el camino de la paz, allí en el último rincón, donde todo es difícil para todos. Los guerreros han hablado de guerra mucho tiempo y los hemos oído en silencio, casi de manera complaciente; ahora vamos a escuchar a las mujeres campesinas, de todos los colores, ellas tienen los pies bien puestos en la tierra y tienen mucho que contar sobre la paz. Nosotras, mujeres de otros contextos y territorios, mujeres de ciudad que hemos tenido el privilegio de la paz, con la fortuna que esto implica para nuestras vidas, tenemos la ineludible tarea de trazar puentes entre todas estas formas femeninas de entender el mundo, de construir y re-construir los lazos rotos y de honrar la vida.
Foto: Soraya Bayuelo

Foto: Soraya Bayuelo

Foto: Soraya Bayuelo


Todas, unas y otras, tenemos la tarea de hacer y de contar esta historia, este otro relato sobre lo que hemos sido y lo que queremos ser; sobre lo común y lo corriente, y cómo allí, hemos habitado el sutil y casi imperceptible mundo de la paz, aún en los momentos más violentos de nuestro país. La memoria de lo cotidiano es femenina, aprendí hace muchos años en los libros, y luego, recorriendo de punta a punta este país. Esa manera tan particular de guardar pequeños objetos, papelitos, y fotos que solo cobran significado ante la remembranza del afecto y la emoción, es femenina, aún cuando sea también una práctica de los hombres. Es el momento de escudriñar en los cajones, en las libretas, en cada rincón de los recuerdos, y sacar a la luz cada rastro, cada pista que nos permita reconocer cuánto sabemos de la paz y qué tenemos que hacer para tejer vínculos entre nosotros mismos; para que todo lo que le pase a los demás, nos duela, nos alegre o nos conmueva. Para que nunca más, de ninguna manera, permitamos que se repita el horror y la soledad de la violencia. Es hora de escuchar y de aprender de esta manera femenina de estar en el mundo y de entender la vida. Muchas gracias. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

Sin razones para la violencia

Aquel avión, uno muy pequeño: con capacidad para unos 13 pasajeros, se dispuso a aterrizar en medio de una suave llovizna. Embotada y aislada por el ruido de los motores, me dediqué a mirar por la ventanilla. Acabábamos de sobrepasar el Parque Natural Los Picachos, enclavado en la Cordillera Oriental y allí, a la vera del río que parecía bailar de forma sinuosa y caprichosa la danza de la vida, alcanzaba a verse San Vicente del Caguán. Era julio de 1996 y mi segunda salida de campo, hace exactamente 20 años.  Todo, todo, era nuevo y ajeno para mi: la selva, los aviones militares en la pista, los soldados inexpresivos y su minuciosa requisa en el aeropuerto y los misioneros italianos con su cara rubicunda y casi angelical, esperándonos emocionados bajo el implacable sol. Llevábamos con nosotros una maleta llena de equipos para grabación y producción de audio, y un salvoconducto firmado por Juan Luis Mejía, director de Colcultura en ese entonces. Se trataba de un lánguido papel encabezado por la figura de un búho rojo, aquel membrete ya legendario del Instituto Colombiano de Cultura, que anunciaba de manera genérica nuestra misión de apoyar el montaje de la emisora comunitaria.  El documento estaba dirigido a las autoridades civiles y militares de la región, pero no puntualizaba quiénes eran exactamente sus destinatarios. El sentido quedaba abierto y ambiguo, igual que la realidad, pues claramente allí, en ese momento, la autoridad la ejercían otros actores además del Estado.
Foto: Santiago Alvarado
Foto: Santiago Alvarado

 Unas horas después estábamos hablando en la vicaría con la máxima autoridad religiosa: Luis Augusto Castro. Yo sabía muy bien quién era él, sabía que conocía como nadie este país, que llevaba años construyendo paz allí, en el margen, donde todo se hacía difícil para todos. Nos habló de la región, de cómo fue colonizada por campesinos desplazados que huían de otras violencias, que al final resultaron ser las mismas; de los cultivos de coca, de la fuerte presencia de las FARC y de cómo controlaban hasta los detalles más insignificantes de la vida cotidiana. Nos habló largamente de la poca legitimidad de un Estado que solo se hacía evidente para la gente en su versión más tosca, a través de los militares. Al día siguiente, 20 de julio, estábamos sentados junto a un joven Coronel viendo el desfile de los niños en la conmemoración del grito de la independencia. “¿Dónde estarán los guerrilleros ahora?”- dije casi para mi, pero en voz alta –  “Están aquí mismo entre nosotros y no hay manera de reconocer claramente quiénes son” -  dijo el Coronel mirando hacia el frente.  Me sorprendió la declaración y antes de que pudiera comentar nada siguió diciendo: - En un pueblo como este es muy difícil, casi imposible, trazar lineas tajantes que separen a la guerrilla que atacamos, de los civiles a los que defendemos; eso es lo que hace de esta guerra una locura, por eso el horror de tantas víctimas inocentes; al final nos estamos matando y no sabemos bien entre quiénes, ni por qué. Ese día, aquel Coronel me mostró también la hoja de coca – ¿no la conoce?- me preguntó sorprendido – mire a su alrededor, todo lo que vea verde es coca, se da en todas partes, más que hierba mala, acaba con todo a su paso y, lo peor, es que como vamos se va a convertir en la planta nacional- dijo con sarcasmo.

Foto: Santiago Alvarado
Durante los días que permanecimos allí recorrimos algunas veredas y hablamos largamente con los campesinos: hombres y mujeres ya cansados de poner los muertos y de estar en la mitad de una guerra que, sentían, no les pertenecía. En todas partes fuimos bien recibidos y no dejaba de parecerme paradójico que lo único que esta gente amable nos pedía era más presencia del Estado: más educación, más salud, más justicia, más protección, más bienestar. Derechos fundamentales que, de por si, debían estar garantizados, pero que desde allí eran percibidos como un lujo inalcanzable, restringido solo para unos pocos en las ciudades. Recuerdo bien haber tenido que presentar varias veces el salvoconducto durante el recorrido, sin poder establecer nunca quién lo solicitaba, pero con la absoluta convicción de que eran hombres de la guerrilla, quiénes se mostraban complacidos e incluso agradecidos por nuestra presencia allí. Un mes después el país entero se horrorizaba al conocer la noticia de la toma de la base militar de Las Delicias, en Putumayo, a unos cuantos kilómetros de donde habíamos estado. 27 militares muertos, 17 heridos, 60 secuestrados y un número indeterminado de guerrilleros muertos, fue el saldo final de un enfrentamiento que duró más de 17 horas. No fue difícil suponer que varios de los hombres que estaban aquel día en la plaza de San Vicente del Caguán, militares y guerrilleros, habrían muerto sin llegar a comprender nunca la razón de ser de semejante estupidez.

Foto: Santiago Alvarado


Un año después volví a San Vicente, antes de que liberaran a los soldados.  Nadie opinaba nada. Cuando intentábamos indagar la gente se adelantaba, agachaba la cabeza con tristeza y la pregunta ni siquiera  lograba formularse. Regresé hace poco y habían pasado muchas cosas mientras tanto: la región había sido declarada “Zona de Distensión” en el marco de las negociaciones entre el gobierno y las FARC; pero este intento fracasó y la población quedó aún más sola, estigmatizada y marginada, a merced de los enfrentamientos entre los grupos armados, incluyendo a los paramilitares. Volví sin saber mayores detalles de cómo había transcurrido allí la vida en este tiempo y me encontré con el reflejo de un país muy diferente al que había empezado a recorrer veinte años atrás.

Foto Santiago Alvarado

Volvimos como quién vuelve a una casa conocida, pues efectivamente, después de tantos años trabajando en campo, son muchos los amigos que se hacen en el camino. Esta vez llegamos a Florencia, la capital del Caquetá, y allí nos esperaba Alirio Gonzalez, una leyenda viva de la comunicación transformadora, y nuestro buen amigo y compañero en estas dos décadas. Juntos recorrimos el trayecto de 3 horas hasta San Vicente, y mientras avanzábamos,  la misma carretera se encargó de recordarnos el catálogo de los horrores allí cometidos: el asesinato del gobernador Jesús Ángel González, el asesinato de la familia Turbay Cote, el secuestro de Ingrid Betancourt y Clara Rojas y los atentados a la planta de Nestlé, son solo unos pocos que recuerdo hoy. A medida que avanzábamos, cada curva, cada árbol, cada seña en el camino recordaba un hecho atroz y vergonzoso para toda la humanidad. Todos estos hechos habían ocurrido en el pasado, algunos incluso antes de mi primera visita. Sin embargo algo era completamente diferente ahora: la forma en que el conductor se refería a ellos. Veinte años atrás nadie decía nada, todos evadían el tema, pues en aquel momento no valía la pena exponer la vida por una opinión y la gente actuaba como si no pasara nada. En este viaje, en cambio, el conductor expresaba abiertamente su posición sobre lo que había ocurrido y sobre lo que estaría por suceder en el marco de las actuales negociaciones de paz con las FARC.

Llegamos y a los pocos minutos fuimos a entrevistarnos con los maestros y gestores de la casa de la cultura y de la biblioteca. ¡Qué impresión!, parecía un pueblo diferente. La vitalidad era desbordante: entraban y salían niños revoloteando por todas partes; cargaban libros, instrumentos, partituras y vestuarios para el grupo de danza. El pueblo entero se preparaba para el Yariseño, un festival que hace homenaje a quiénes colonizaron la región a travesando las selvas del Yarí y que, aún en medio de la violencia y los violentos, apostaron firmemente por construir comunidad y ciudadanía. Hablamos largamente y durante varios días con Wilton, el director de Cultura, con el alcalde, con las promotoras y con la gente en la plaza.  Nos contaron con orgullo de sus proyectos, de sus instituciones, de cómo ha mejorado la infraestructura; de cómo han logrado hacerse un espacio en el consejo de planeación para incidir en las decisiones que les atañen a todos. Nos hablaron fuerte y claro sobre las FARC, sobre todo para exigir que no se les asocie más con ese grupo armado; nos dijeron que tienen miedo del proceso de paz, sienten que en cualquier caso: fracase, o no, ellos podrían salir mal librados.

Así pasamos varios días; al regresar por las noches al albergue aún se veía el movimiento frenético de la brigada de salud instalada al frente, donde eran atendidas cientos de personas de todas las condiciones y edades que venían de las veredas más lejanas. Además de los médicos había funcionarios de la alcaldía, del INCODER, del Bienestar Familiar, de la Gobernación y de muchas otras instituciones que no logré reconocer. Recordaba bien el día en que conocí a Alirio, allí mismo, la primera vez que fui; me dijo - “yo no hablo de los armados, no por que les tenga miedo, sino porque no se merecen mis palabras, no valen la pena. Tenemos que hablar de la gente increíble de los pueblos, esa que trabaja sin parar, de la que está construyendo instituciones, de las mujeres valientes que defienden el amor y la vida por encima de la muerte, de los vecinos, de los maestros, de los niños, de lo que piensan y de lo que imaginan y de cómo hacer realidad su sueños; de eso vale la pena hablar”. Allí, en el mismo jardín del albergue de la curia, casi 20 años después, Alirio hablaba emocionado del camino que han recorrido los pueblos del Caquetá, aún a pesar de los violentos: claramente ahora hay más educación, más salud, más justicia, más oportunidades. Allí, en San Vicente del Caguán, lejos aún de muchas cosas, volví a reafirmar, una vez más, que a este país se le empiezan a acabar las razones para la violencia, y que poco a poco, se ha ido llenado de motivos para la paz. 
Foto: Santiago Alvarado

sábado, 13 de febrero de 2016

Memoria para construir paz

Palabras leídas en el marco del Encuentro Regional: Periodismo y Comunicación para la paz en los Montes de María. El Carmen de Bolívar, 12 y 13 de febrero  de 2016.

Hace 20 años la vida nos juntó en torno al propósito de transformar la realidad a través de la palabra. Veníamos de mundos diferentes, cada quién traía consigo su historia, su camino y su propia versión de presente y de futuro;  no había manera siquiera de sospechar que tuviéramos mayor cosa en común y que pasaríamos tantos años caminando el camino acompañados. Al poco tiempo, de tanto hablar, a punta de escucharnos y de tanto andar y de reírnos, nos fuimos convirtiendo en movimiento. Juntos aprendimos del inmenso poder de la palabra y sumamos los empeños para que el relato público se volviera diverso, incluyente y democrático; apostamos por la comunicación ciudadana e hicimos de este empeño una manera de ser y estar en la vida.




En estos 20 años hemos trabajado, hemos discutido y nos hemos desencontrado para volvernos a encontrar, una y mil veces, en el mismo camino. Bailamos, cantamos, nos reímos y también lloramos juntos viendo como la violencia, y los violentos, intentaban acallar este relato colectivo y compartido. Pero fueron más fuertes las palabras que las balas, aún en los momentos más intensos de la confrontación armada, fue más contundente la fuerza arrolladora de la vida que la misma muerte.



Recuerdo, como si fuera ayer, abrazar a Soraya Bayuelo con lágrimas en el corazón, haciendo mío su dolor mientras pueblos enteros de los Montes de María eran implacablemente arrasados por los violentos. Pero también recuerdo, y tal vez hoy ese recuerdo pese más en mi memoria, verla serena y altiva mientras me cantaba: “la muerte me vino a buscar y yo le dije: ¡carajo respeta… conmigo, que nadie se meta!".  Ese día hace 16 años entendí muy bien, y para siempre, el significado de la dignidad y el poder de resistencia que anida en la palabra hecha relato, canción, y comunicación. En su canto, potente y profundo, se alcanzaban a oír las voces de muchas comunidades que habían decidido plantarle cara al miedo y espantarlo, literalmente, a punta de canciones. En su canto resonaba la voz de quienes saben bien lo que implica trabajar sin pausa, sembrar y cuidar para luego cosechar; era la voz de aquellos hombres y mujeres dispuestos a reconstruir y a volver a tejer con paciencia de pescador, una a una y cuantas veces fuera necesario, las redes y los lazos destruidos por la violencia.

En estos 20 años el mensaje ha sido solo uno: la comunicación debe hacer visibles todas las caras y debe dejar escuchar, fuerte y claro, todas las voces, todos los relatos, todos los debates. Mientras más versiones, puntos de vista y matices haya de la realidad; más posibilidades habrá de transformarla en un sentido plural, incluyente y democrático. Este movimiento entendió muy bien, y desde muy temprano, que su tarea más urgente era hacerle contrapeso a las versiones que reducían mundos ricos, complejos y coloridos a instantes de violencia. Los violentos y su discurso reduccionista invadían fácilmente cualquier escenario comunicativo. Durante años la prensa escrita, la radio y la TV, obnubiladas por la violencia, no lograban ver más allá de la sangre, las balas y el horror de un país que forcejeaba para no dejarse empaquetar y etiquetar en el obtuso mundo de los buenos y los malos, los ricos y los pobres, los amigos y los enemigos, las víctimas y los victimarios. La premisa de fondo también era sencilla, y a la vez inmensamente poderosa: si solo se visibiliza la violencia, si solo nos reconocemos como violentos, no tendremos otra opción que construir la realidad en claves de violencia y quedaremos atrapados eternamente en este estigma sin que sea fácil reconocer en el panorama mayores opciones de futuro.


Por su parte el correlato inverso resultó aún más poderoso y movilizador: si visibilizamos momentos de solidaridad, si hacemos evidente la capacidad de juntarnos y emprender proyectos colectivos, si hacemos visibles otras maneras de tramitar los disensos, más allá del acallamiento, y si nos reconocemos como ciudadanos competentes para agenciar cambios;  entonces tendremos la posibilidad de crear mundos nuevos en claves de paz y el futuro aparecerá como un escenario colorido lleno de matices y posibilidades. Lo dijimos, y en estos 20 años, de una u otra forma lo hemos cumplido, cada quien desde su historia, su camino y su propia versión de presente y de futuro, ha hecho de la comunicación un escenario de celebración permanente de la vida. Hoy el acuerdo con la guerrilla de las FARC está muy cerca de terminar con 52 años de confrontación armada y sabemos muy bien que la inequidad que se encuentra a la base del conflicto aún persiste; aún así hoy, dos décadas después, estamos preparados y confiamos en que la comunicación sea un escenario de construcción de paz  y de infinitos futuros posibles.

Sin embargo por mucho que nos esforcemos, la sola idea de crear mundos nuevos nos conduce irremediablemente al pasado, pues el futuro no es otra cosa que la experiencia del pasado proyectada en el tiempo.  La memoria, cuando es colectiva y es compartida, se expresa en la narración de lo que reconocemos como pasado común, y ese relato puede ser editado en tantas formas como versiones de la realidad existen.  Cediendo a la fascinación de la violencia, la historiografía en su versión más tradicionalista acostumbró a generaciones enteras a ver la historia en clave de violencia. La narración minuciosa, detallada y casi morbosa de las batallas, la construcción de personajes heróicos que justificaron la guerra, siempre al amparo de una causa justa, nos hicieron creer durante cientos de años que no teníamos otra opción que la violencia pues parecía que no conocíamos una experiencia diferente. Aun éste fantasma ronda en el imaginario de muchos colombianos, la idea de no haber tenido un solo día en paz en la historia de nuestra nación, simplifica terriblemente la realidad histórica y nos condena irremediablemente a un futuro violento. ¡Pero claro que sabemos qué es la paz!, por supuesto que la solidaridad, la convivencia, la concordia y la resistencia son experiencias vividas por nosotros y por millones de colombianos que nunca, ni en el peor de los momentos optaron por la violencia y, al contrario, de manera persistente se han empeñado en la vida a lo largo de la historia. Ustedes hermanos montemarianos que han nacido, vivido y crecido en medio del conflicto lo saben muy bien, saben que la organización social, el fortalecimiento institucional, las iniciativas productivas, culturales y deportivas, son la evidencia más contundente de que sabemos y entendemos lo que significa construir  paz.




Para eso, para entender  de dónde venimos y a  dónde queremos ir  es que sirve la memoria; ese relato que nos  junta, que nos hace saber que somos parte de un mismo empeño y que estamos sólidamente vinculados por el afecto y por la experiencia compartida. La memoria, que es como una gran colcha de retazos que nos arropa, se construye de rastros y registros: fotos, documentos escritos, objetos, grabaciones con relatos; y es nuestro deber proteger y guardar estos  documentos. De allí la importancia de los archivos, y especialmente de los archivos audiovisuales y sonoros, en tanto custodios de memoria durante el último siglo. Ellos guardan testimonios y pistas que nos hablan de lo que hicimos, de lo que fuimos, de lo que hoy somos y, por su puesto, de lo que queremos o no queremos ser. Los archivos son los guardianes de nuestra memoria y, en ellos, reposa la oportunidad de proponer distintas versiones de futuro; por eso  la importancia crucial de estos escenarios cuando nos preparamos para imaginar y construir un país en paz. 


La posibilidad de la verdad como eje de la reparación, de la garantía de la no repetición y como requisito indispensable para la reconciliación, anida,  en gran medida, en los rastros que dejamos y que guardamos en los archivos. Construir una verdad incluyente: que exprese distintas perspectivas, que nos permita darle algún sentido a tantos años y formas de violencia; y que nos convoque a reconstruir los lazos rotos, es una tarea que, inevitablemente tendremos que afrontar en el horizonte más cercano. Nos preparamos para reescribir un nuevo relato sobre nosotros mismos y, seguramente, serán los archivos el primer lugar donde acudiremos a buscarnos. Las huellas de los más mínimos actos cotidianos adquieren en este momento una importancia inusitada y es nuestro deber capturarlos, guardarlos y ordenarlos; hacer trascendente lo trivial en tanto expresión de este momento único en el que hemos decidido dar un giro hacia la paz.


Necesitamos, más que nunca, encontrar  evidencias concretas y tangibles que nos permitan construir la memoria de la paz, en tanto vivencia ya experimentada y compartida por comunidades enteras, y no como una utopía lejana y difícil de alcanzar. Necesitamos recuperar, conservar, ordenar y salvaguardar las voces y las imágenes que durante todos estos años han hecho de este, nuestro empeño compartido, un movimiento en permanente apuesta por la vida y la solidaridad. Necesitamos, a través de la memoria audiovisual, hacer evidentes todas las caras, todas las voces, todos los relatos, todos los debates, y a través de ellos, el poder transformador de la palabra a lo largo de los años. Necesitamos construir una memoria diversa, incluyente y participativa ahora más que nunca que nos disponemos a construir nuevas realidades llenas de color, de matices y de nuevas posibilidades. Muchas gracias.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Serendipia

Todos estábamos fascinados, era extraordinario estar allí y lo sabíamos muy bien; seríamos los últimos en tener acceso directo a esos documentos y eramos plenamente conscientes de lo que implicaba tal privilegio. Frente a nosotros una mujer de ojos grandes, que destacaban por encima del tapabocas, nos mostraba orgullosa y con solemnidad aquel manuscrito del siglo XVIII. Por mucho que me esforzaba en descifrar lo que allí estaba escrito, no lograba que ninguno de esos garabatos tuviera algún sentido para mi.

- Es la historia de un crimen

Dijo Natalia con una seguridad pasmosa, tanta que parecía estar bromeando

- Ajá...

Respondí, escéptica.

-¡Es en serio!, es una declaración relacionada con un crimen.

Los ojos de la mujer brillaron con emoción entre el gorro y aquel atuendo casi quirúrgico.

- Es cierto, ¡muy bien!, a usted se le va a dar fácil la paleografía.

Mi asombro era aún mayor, ¿cómo era posible que Natalia hubiera logrado captar algo de lo que decía el manuscrito? Ahí estábamos, 200 años después de que el escribano registrara el trágico momento en que se había interrumpido la vida de aquella joven, mientras su obsesionado amante era condenado a pasar el resto de sus días encerrado en una cárcel infestada de ratas; y yo allí, sin poder descifrar una sola palabra de todo aquello.

Los trazos eran delicados y a la vez denotaban firmeza y carácter. La línea se hacía delgada o gruesa, según marcaba el gracioso y rítmico baile de la pluma sobre el papel. Folios y folios adornados con tinta china; en conjunto parecía una obra de arte, como si aquel escribano hubiese puesto todo su empeño sabiendo que, en el fondo, la única razón de ser de su oficio fuera poder comunicarse con nosotros cinco, dos siglos después.

- Miren bien este expediente, dentro de unos meses no habrá más acceso directo a los documentos, se inaugurará el Archivo General de la Nación y, a partir de ese momento, el público solo podrá acceder al material microfilmado.

Durante las dos semanas siguientes los cinco tendríamos que volver allí para descifrar un documento y escoger el tema al que dedicaríamos nuestra investigación del semestre. Al día siguiente llegamos a primera hora. Estábamos realmente emocionados de encontrarnos con aquellos testimonios del pasado, que no hacían otra cosa que insinuar nuestro futuro como historiadores.

Al tercer día empecé a estornudar, al cuarto, el frío se me hacía insoportable, y al finalizar la semana estaba segura de haberme equivocado de carrera. Por más esfuerzo y empeño que ponía no entendía nada de lo que decía el documento, y la idea de pasar el resto de mi vida encerrada en un archivo empezó a aterrorizarme. Cerraba los ojos e invariablemente me imaginaba muriendo intoxicada por los restos de veneno que algún ser maligno del pasado hubiera podido dejar en las puntas de las hojas. Si, al mejor estilo del Nombre de la Rosa, novela que por su puesto, todos los estudiantes de historia leíamos con pasión desenfrenada a principios de los años Noventa. Natalia se había ganado el derecho a trabajar con el expediente del crimen pasional, a mi, en cambio, me había correspondido transcribir un libro de contabilidad donde se registraba la importación de cortes de tela traídos desde Mahon. Después de averiguar dónde quedaba Mahon, su relación con la mayonesa, la equivalencia de la arroba en el sistema de medidas actual, y qué era y para qué servía una romana; perdí todo interés en aquellos trazos indescifrables para mi. A la semana siguiente estaba muy preocupada hablando con la profesora sobre mi futuro y, entre las dos, habíamos decidido que haría mi práctica en la hemeroteca, con periódicos del siglo XX impresos tipograficamente, y que no tendría derecho de volver a quejarme en lo que restaba del semestre y de la carrera.

Pasé mis primeros días de historiadora en la biblioteca Luis Ángel Arango analizando la tira cómica “Lorenzo y Pepita” publicada por el periódico EL TIEMPO, su relación con la crisis económica de los años 30 en Estados Unidos y la forma en que también expresaba la aparición de la clase media en Colombia. Así me fui instalando cómodamente en aquellas pantallas desde donde veía pasar los acontecimientos de mi siglo microfilmados, en palabras impresas, claras y diáfanas como el agua. Al terminar el semestre mi relación con el oficio había mejorado notablemente, a los documentos impresos se sumaron las fuentes orales, las personas y su memoria, y allí entendí que definitivamente había encontrado mi lugar en la historia.

Viví tardes increíbles con las ancianas que vivían al lado de la universidad tomando chocolate y oyendo valses y pasillos mientras me hablaban de las primeras décadas del Siglo XX en Bogotá. El primer carro, la primera vitrola y el alumbrado público aparecían en sus relatos llenos de emoción; nostálgica remembranza de una Bogotá soñada que solo había existido en aquel recuerdo edulcorado por el paso de los años. Un pasado narrado de manera fantástica que, en todo caso, era mucho mejor que el presente gris, crudo y realista que se asomaba a la ventana de aquellas abuelas hechas para otro tiempo, en otro espacio. Algunas bailaban en su silla de ruedas con la manta en las rodillas, las lágrimas brotaban una y otra vez y entendí que sus memorias, ahora también mías, igual que las lágrimas, habían tejido un fuerte lazo entre nosotras.

Después de esa experiencia recuerdo haber dicho a mis compañeros, con prepotencia juvenil, que prefería mil veces trabajar con la gente de verdad y no con la “gente de papel” que habitaba en los archivos históricos. En los últimos semestres dediqué todo mi tiempo a conversar con viejos músicos y melómanos conocedores de salsa, para indagar, a través de sus relatos, sobre la relación entre esta música y los procesos de construcción de identidad. Al finalizar la carrera mi investigación había ganado el Premio Nacional Otto de Greiff y yo había descubierto una nueva vocación: acompañar a otros a contar historias, registrarlas y hacerlas visibles para los demás.

Con el tiempo, el gusto por oír y hablar con otros me acercó más a la etnografía, a la comunicación y a la memoria, y me alejó de la investigación histórica. Pasé los últimos 20 años escuchando y sorprendiéndome con los relatos extraordinarios de la gente común.  El dolor de tantas comunidades despojadas, de tantos combatientes, de tantas personas y regiones olvidadas; y a la vez, la alegría como acto cotidiano de resistencia y de apuesta por la vida; hicieron de mi, irremediablemente, una optimista con causa.

Un buen día, hace poco, llegó el momento de parar y paré en seco. Dejé de viajar y de exponerme a los riesgos inherentes a hacer trabajo de campo en contextos de conflicto armado; dejé el calor húmedo que ahoga y sofoca a tantos pueblos alejados de todo, dejé atrás los mosquitos y la aterradora posibilidad del chicungunya, el dengue y la malaria. Dejé las carreteras amarillentas con ese polvo que se incrusta hasta en los huesos, y dejé aquella sensación de tener que cuidarme en extremo porque había prometido a mi familia regresar sana y salva cada vez.  Paré, no sin cierto temor de parar y de dejar atrás mi vida libre a la intemperie. Recorrer el país hasta sus entrañas mismas descubriendo personajes, colores y sabores, aún desconocidos para la mayoría de Colombianos, hizo de la aventura una manera muy mía de ser y estar en el mundo; pero de repente paré, y como si se tratara de una broma del destino, o del genio de la lámpara de los deseos, terminé trabajando en un archivo.

Cristian estaba en el depósito organizando unas cintas de carrete abierto; orgulloso de si mismo, de su trabajo y de aquel tesoro que custodia, me mostró el punto de partida: La primera transmisión de la Radio Nacional de Colombia ocurrida 75 años atrás. Un disco de vinilo con armazón de hierro en el que quedaron grabados, literalmente, los primeros sonidos emitidos por la radio pública. A su vez Diana, casi con mística, me fue guiando en el recorrido por el archivo audiovisual: el primer voto femenino, la visita de Kennedy y de su esposa Jackie, Martín Emilio Cochise y su épica ciclística, Yuruparí, Travesías, los festivales, las regiones, los grupos étnicos, la Sub30, Culturama. Cientos y miles de voces y de imágenes, registradas en cientos y miles de horas de grabación. Presidentes, visitantes ilustres, grandes artistas, pero también personas comunes que han dejado allí plasmadas distintas versiones de su tiempo y de su espacio, y que hoy explican, en mucho, gran parte de lo que somos y queremos ser.

Serendipia, le llaman algunos, encontrar algo muy bueno sin estarlo buscando. A los pocos días de estrenar mi nueva vida estaba de nuevo encantada, presa del encantamiento aquel que me posee cada vez que la aventura llama a mi puerta, o a mi celular. Señal Memoria, el archivo de la radio y la TV nacional es, literalmente, un tesoro por descubrir, y a mi me encantan las andanzas. En estos meses he aprendido cuán emocionante puede ser acercarse a la vida de personas que nunca conocí, pero que ya hacen parte de mi vida a través de sus voces y sus imágenes grabadas. En estos días, masticando mis propias palabras, entendí que no existe aquella “gente de papel” que una vez nombré con prepotencia para referirme a quienes habitan los archivos; que la gente es gente de verdad siempre, y en todos los tiempos, y que también es posible construir vínculos y lazos emotivos a través de sus legados. Por alguna extraña razón, que desconozco, ya no me molesta el frío, bueno un poquito si; ni se me hace insoportable la idea de pasar días enteros en una oficina, como hace algunos años, no muchos. Como en toda expedición, es imposible prever a ciencia cierta qué tanto durará y cuántos obstáculos será necesario superar antes de llegar a buen puerto; por ahora me aferro a la experiencia de haber andado muchos caminos, varios de ellos inciertos, y fijo como faro, asidero y punto de referencia, este país maravilloso que merece ser contado y recordado con todos sus matices de colores y sabores, incluso los más agrios. Por ahora disfruto la aventura y prometo emocionarme y transmitir mi emoción con cada hallazgo y cada momento descubierto, porque para eso vivimos, para compartir y para hacer de la vida un ejercicio acompañado; de eso, y solo de eso, se trata la memoria.

Foto: Jorge Mario Vera - 2015




Foto: Jorge Mario Vera - 2015

jueves, 21 de mayo de 2015

Hasta lo imposible

Cartagena, 20 de Mayo de 2015
Ceremonia Inaugural 60° Congreso Nacional SCCOT

Buenas tardes, es un honor para nosotros estar hoy aquí, en Cartagena, acompañando a la Sociedad Colombiana de Cirugía Ortopédica y Traumatología, en su Congreso Nacional número 60. Yo no soy ortopedista como lo fuera mi papá, mi hermano, o mi primo; ni siquiera pertenezco al campo de la salud como mi mamá, nutricionista, quién acompañó de cerca y alentó durante 50 años a mi padre en su práctica médica. No, yo soy historiadora, y la única manera certera que conozco de agradecer este gesto generoso que hoy honra la memoria de mi viejo, es contando historias.

Hace un tiempo Rubén, el esposo de una amiga, me preguntó si era familiar del Doctor Duplat: “el ortopedista” dijo; acostumbrada a la pregunta le dije que si, casi que de manera automática y rutinaria. Él enmudeció y me miró fijamente, y después de un instante volvió a preguntar: “¿el viejo Doctor Duplat, el que atendía en la Misericordia hace muchos años, el que hacía hasta lo imposible?”. Entonces fui yo la que guardó silencio, afirmé con la cabeza y me dispuse a escuchar, entendiendo que su mirada encerraba algo más profundo que una pregunta rutinaria. “Cada noche en mi casa, desde hace 40 años, mi mamá prende una vela por su papá” - me explicó-,  me dijo que su hermano mayor había nacido con una extraña malformación que limitaba enormemente su movilidad y comprometía seriamente sus posibilidades de supervivencia. Se sentó frente a mi y, de manera detallada, me contó la historia que le había contado a él su madre, como si se tratara ya de una gesta épica de un tiempo inmemorial.

El día en que aquella mujer acudió al Servicio de Ortopedia, ya sabía que su hijo padecía una condición difícil de tratar que implicaba disponer de equipos especializados inexistentes e inalcanzables, para ella y para el hospital, en la Bogotá de los años 70. Aún así el joven ortopedista de turno, mi viejo, el Doctor Alfredo Duplat Villamizar, propuso intentar una alternativa hecha en casa y con los pocos recursos disponibles, sabiendo muy bien que en su Servicio lo intentarían todo, hasta lo imposible. No contaba con el sofisticado equipo que se requería para tratar ese caso específico, pero sabía que el principio físico-mecánico que subyacía a la solución era sencillo; así que diseñó un mecanismo de tracción accionado con poleas, pesos y contrapesos; y con la ayuda del encargado del taller del hospital, instaló el curioso artefacto en el techo de la casa del paciente, ante la mirada asombrada y esperanzada de aquella madre persistente. Desde ese momento, y durante muchos meses, el recién nacido permaneció suspendido por la máquina durante varias horas al día hasta que se lograron las condiciones necesarias para hacer viable su movilidad y el resto de su vida. Para cuando Rubén terminó de hablar ya estábamos entrelazados en un abrazo emocionado que aún causa un efecto abrigador en mi, ante el vacío de la ausencia que deja la muerte.

Durante 43 años fui testigo de inumerables historias como estas. La amputación de aquel minero atrapado en el socavón, muchos metros bajo tierra; su primer remplazo articular de cadera y la primera artroscopia de rodilla. Junto a él, siendo muy pequeña, aprendí a observar el patrón de marcha de las personas y entendí que hasta los movimientos más recurrentes y cotidianos implican complejos desarrollos cerebrales y mecánicos. A su lado hice mía, sobre todo, una manera de ver y de estar en el mundo, trazada por la lógica de las relaciones de causa y efecto, atenta a lo que pasa y al porqué de lo que ocurre, para poder incidir y cambiar el curso de los acontecimientos. Estoy completamente segura, las historias de mi padre son también las historias de tantos cirujanos ortopedistas de su generación y de generaciones pasadas que abrieron camino al andar. Estar reunidos hoy aquí, poder contar en este auditorio las gestas, casi épicas, de estos médicos colombianos, es reconocer que es largo el camino recorrido y, al mismo tiempo, reafirmar que vale la pena mirar hacia adelante y hacer, hasta lo imposible, por encontrar nuevos senderos. Reciban, por favor, un afectuoso saludo de mi madre y mis hermanos, muchas gracias y buen camino queridos doctores y doctoras.
Siempre fueron juntos al Congreso de la SCCOT


 

sábado, 11 de abril de 2015

Jugar por jugar o la magia de hacer las cosas juntos

La noche se acercaba, y al paso inclemente del tiempo, la tensión crecía. Un equipo de gente, difícil de contar, entraba y salía frenéticamente del taller con pinturas, herramientas, equipos de soldadura y cables. Desde lejos se veía, se alzaba imponente y gigantesca la locomotora colorida, como si hubiese brotado de las entrañas mismas de la tierra. Al lado derecho, en la actitud paciente y sosegada de quien se sienta a la orilla del tiempo, un viejo duende esperaba a ser instalado en la punta de aquel tren alegórico que no podría conducir a otro lugar que no fuese la felicidad. Los vecinos se agolpaban alrededor y compartían la angustia del equipo de artesanos, quedaban pocas horas para el Desfile Magno del 6 de enero y, aún, había muchos problemas por resolver. 

Días atrás, en la Laguna de La Cocha, habíamos oído con atención a José Obando intentando explicar, con fuego en la mirada, por qué era tan importante el Carnaval. “Es lo que somos”, decía José al lado de su estufa campesina, “nos hemos hecho ahí alrededor de las carrozas, ayudando, sufriendo y riendo juntos”. “Lo más bonito es el juego” le decía a las niñas entusiasmado mientras preparaba un hervido de moras, “tienen que ir muy bien cubiertas, pueden ponerse una media velada en la cabeza para proteger el pelo, gafas y mucha vaselina en la cara, porque a veces la gente no utiliza cosmético y la piel se puede irritar”. Ellas lo miraban atónitas, no era fácil comprender qué podía tener de bonito  un  juego del que era necesario protegerse; después de recorrer 800 kilómetros desde Bogotá, cruzar dos cordilleras y atravesar el Valle del Cauca, el Sur, aquel que empieza y desemboca en Nariño, seguía pareciendo muy lejano y ajeno a los ojos de mis hijas.

Las luces alumbraron aquella especie de hangar construido en la mitad de la calle para albergar a la locomotora. Los vecinos opinaban entre sí de manera prudente, sin interrumpir el trabajo del equipo que, con gran dificultad, intentaba ajustar parte de la estructura al camión en el que se movilizaría la carroza. “Es increíble”, nos contaban con un dejo de inquietud en sus palabras, “cada año, al finalizar el Carnaval, decimos que no volvemos a meternos en este lío..., ¡ah! pero llega el 8 de enero, y ahí estamos, otra vez, planeando qué vamos a hacer para el año que viene.” Al igual que el equipo del maestro Leonardo Zarama, esa noche, en Pasto, cientos de personas durmieron poco y trabajaron hasta tarde ensamblando las carrozas; pintaron, terminaron de coser el vestuario, ajustaron las coreografías de las murgas y probaron por primera, y tal vez única vez, los mecanismos que darían vida a aquellas metáforas ambulantes que pronto recorrerían los siete kilómetros gloriosos de la Senda del Carnaval. Yo los veía, un poco al margen, como quien sabe que no es fácil comprender la complejidad de todo lo que allí sucede; los veía y recordaba haber visto en cada rincón de este país ese mismo empeño, esa misma sensación colectiva de querer que algo se logre, de sumarse y de hacerse parte del todo. 

Habíamos recibido el 2015 junto a José y Cecilia, campesinos de La Cocha, Teo su perro, Michin el gato y un viejo eucalipto que nos abrazó en una de las noches más melancólicas de mi vida. El Año Viejo se consumía en un fuego abrigador mientras José hablaba de la importancia de los vínculos y yo recordaba a mi padre recién fallecido. “Con este eucalipto jugaron todos mis sobrinos, crecieron con él, al rededor de él soñaron y fueron felices, juntos... ¡Lo mismo que el Carnaval !... el Carnaval ha sido desde siempre el espacio en el que nos encontramos, jugamos, soñamos y somos felices, juntos, aunque no nos conozcamos”. José lo había dicho muy claro: “juntos, aunque no nos conozcamos”, al final de eso se trataba todo esto, de estrechar los vínculos, de ponerse de acuerdo para hacer las cosas con otros, para hacer la vida en colectivo, para estar mejor juntos aunque no nos conozcamos. En la Cocha pasamos varios días hablando sobre lo que nos esperaría al regresar a Pasto; Óscar -mi compañero-  y yo, habíamos decidido vivir de lleno el Carnaval como nuestro propio homenaje a la vida y al privilegio de estar juntos; mis hijas, por su parte, aún no estaban seguras de hasta qué punto querían sumarse a nuestra celebración. 

La maravillosa experiencia de participar en la jornada de Arcoiris en el Asfalto, como abrebocas de pre-carnaval, había desatado una animada discusión en mi familia sobre los límites del juego, de la tradición y de los derechos de los otros en el espacio público. Mientras miles de personas coloreaban la Calle del Colorado, y nosotros trabajábamos concentrados en nuestro propio dibujo, los amigos nos contaron sobre el sentido de esta actividad. Nos dijeron que cada vez son más las personas que se suman a la iniciativa de pintar con tiza en la calle, que es una propuesta alternativa a la tradicional celebración con agua en el día de los inocentes, que busca propiciar una reflexión sobre cómo compartir el espacio que es de todos, y el agua, en tanto recurso sagrado que sustenta la vida colectiva. Esa tarde, a pesar de todas la precauciones que tuvimos, de camino a la casa que nos albergaba fuimos emboscados por un pequeño francotirador de 5 años que, apostado estratégicamente en la entrada de su casa, nos lanzó de manera inclemente todas las bombas de agua que celosamente había reunido en su trinchera durante la mañana. Un rato después, mientras escurría el agua de mi chaqueta, descubrí un brillo intenso en los ojos de Lucía, mi hija menor, quien describía con orgullo cómo había esquivado el bombardeo, a la vez que preguntaba con una sonrisa maliciosa dónde podría comprar una “carioca” para lanzar espuma. Desde ese instante del 28 de diciembre hasta el 7 de enero, día en que salimos de Pasto, el sentido del juego en el Carnaval de Negros y Blancos sería objeto de acaloradas discusiones que nos acompañaron durante cada momento de este viaje por el Sur.

En el taller del maestro Zarama todo era júbilo. Después de muchos tropiezos, el equipo había logrado terminar el ensamblaje de la pieza más difícil de la carroza. Era la boca de uno de los personajes que, instalada en un montacargas, podría ser articulada mientras la locomotora avanzaba en el desfile. ¡Qué felicidad!, nosotros, lejanos espectadores, no teníamos nada que ver con esto pero respiramos hondo cuando entendimos que el equipo había superado su mayor dificultad. El ambiente entre los vecinos era cada vez más animado, la música brotaba de varias casas y las risas de los niños terminaban de aderezar el ambiente alegre que se vivía en el barrio. Era 5 de enero, día en que el Carnaval hace homenaje a los negros; por la calle deambulaban grandes y chicos con el cuerpo pintado, conmemorando un legendario instante de libertad concedida a los esclavos en la época de la Colonia. El panorama festivo fue similar en cada uno de los talleres que visitamos, comunidades enteras volcadas con pasión en torno a aquel propósito común. Tanto esfuerzo, de tanta gente, de tanto tiempo, ¿para qué? Al día siguiente las carrozas recorrerían la senda del carnaval en unas cuantas horas, muy pocas de ellas serían premiadas y luego, tan solo unos días después, desaparecerían para siempre. ¿Por qué tanto empeño?, ¿para qué?, por el inmenso e invaluable placer de hacer las cosas juntos, y por hacerlas, pensé; por la misma razón que, finalmente, animó a mi hija pequeña a jugar en el carnaval, por jugar.
Foto: Carlos González
El juego, bien sea con agua, con pintura o con talco, es invasivo y agresivo”, había dicho de manera firme Laura, mi hija mayor, al argumentar que no quería salir ni participar en el desfile de la Familia Castañeda al que habíamos sido invitados como parte del Bloque Mosqueteros de la Universidad de Nariño. Le había explicado que mientras desfilara por la senda no sería alcanzada por el juego. Ella replicó, de manera tranquila, que la maravilla del carnaval era que cada quien pudiera hacer lo que quisiera, como quisiera y cuando quisiera, por eso era precisamente un escenario de liberación. “El juego es transgresor porque esa es la esencia del carnaval, ¡ahí está su magia!”,  decía por su parte Manuel.

“¿Y los que no quieren jugar?” 
- “que no jueguen” 

- “¿y los que quieren vivir el carnaval, pero no quieren ser transgredidos?” 
- “no hay manera de vivirlo realmente sin entender su espíritu infractor”

La discusión no tenía fin, a medida que pasaba el tiempo se sumaban más voces que matizaban las posturas radicales en uno y otro sentido y surgían nuevas preocupaciones. Mientras preparábamos los disfraces de mosqueteros, con aguja e hilo en mano, volvió a surgir el debate: 

“¿Y qué hacemos con los turistas que le tienen miedo al juego?, no podemos espantarlos”
- “si, pero tampoco podemos someternos por completo a lo que le parezca a los turistas, esto no es un espectáculo comercial, es nuestro carnaval”

- “debería volver a jugarse como antes que todo era más respetuoso” 
- “pero si el juego fuera respetuoso dejaría de ser juego”

- “el problema es que a veces raya en la violencia”
- “la raíz de ese problema hay que buscarla en otra parte, el carnaval solo la expresa a manera de catarsis, no es la causa de la violencia”

En una y otra versión escuché estos diálogos, una y otra vez, mientras veíamos los desfiles, mientras corríamos para esquivar el talco, mientras perseguía eufórica a los muchachos para desagraviar con espuma el ataque del que había sido objeto; mientras intentaba convencer a Laura de que entrara en el juego, solo por jugar. De regreso, en el carro, mientras remontábamos la cordillera para llegar al Valle, pensaba que no es posible llegar a una conclusión contundente, porque tal vez cada afirmación tiene algo de verdad; pero que es una maravilla que el Carnaval propicie esta discusión sobre cómo compartir y comportarse en el espacio público: hasta dónde llegan los derechos de los demás, cómo deben concertarse y construirse las reglas de juego, qué es el juego limpio, cuándo es hora, o no, de cambiar o de volver a la tradición; cómo reconocer y responder a la pluralidad de necesidades, aunque a veces sean contrarias; cómo encontrar el interés común en medio de la diversidad. Toda una reflexión que igual aplica para la democracia y para el resto del país, una lección inolvidable y profunda sobre cómo hacer las cosas juntos.
Foto: Carlos González
Tenemos que cerrar, se hace tarde y nos queda mucho trabajo por hacer, vamos a concentrarnos”; diciendo esto el maestro artesano terminó de amarrar la cinta amarilla que limitaba el paso a los visitantes. De allí salimos a celebrar la vida y a repuntar la noche junto a la Bambarabanda, “Es el sur, es mi eterna morada, aquí espero morirme bailando”, cantaban -cantábamos- todos. Sumida en el embrujo de esta música misteriosa, que no dejaba de recordarme a Emir Kusturica, volví a ver cada una de las escenas de los últimos nueve días: las calles coloridas; las Lajas, la picantería en Ipiales, los años viejos en Túquerres, la Laguna Verde, la isla de la Corota, los cultivos en La Cocha, la sonrisa cálida y abrigadora de los amigos pastusos, las murgas que hacían honor a los ancestros y su vínculo sagrado con la tierra, los mosqueteros en el desfile de la Familia Castañeda conmemorando a los que han venido de otras partes, los personajes de las carrozas a medio armar, el acento, los colores, los olores, los sabores; “es la pinta, es el gesto, es el verso que escribo, es el vuelo que prendo en el viento prendido” y el canto retumbaba  hasta en el corazón. Esa noche sentí que el Sur también era mío y que, ese, era un buen lugar para dejar la nostalgia y volver a comenzar.
Foto: Carlos González
El 6 de enero amaneció radiante, finalmente había llegado el momento del Desfile Magno, el sol brillaba y hasta el Galeras, cerro tutelar de Pasto, parecía impaciente frente a lo que ocurriría ese día. Llegamos a nuestro privilegiado balcón y, desde allí, pudimos observar cómo, al margen de la senda, la gente se preparaba para jugar. De manera minuciosa todos acomodaban sus elementos: las gafas, el sombrero, la ruana carnavalera, la carioca con espuma y el talco cuidadosamente dispuesto en pequeñas bolsas. A pesar de su postura crítica en relación al juego invasor y transgresor, Laura había decidido asistir a este, el gran desfile, disfrutarlo por entero y asumir, de manera desenfadada, la posibilidad de ser alcanzada eventualmente por uno de esos proyectiles rellenos de talco. Ella, a su manera, también se había convertido en jugadora y era estupendo constatar que el juego se prestara para ser jugado de distintas formas. ¡Zzuuuuum! sonó; giré rápido e inmediatamente volví a oír, aún más cerca, otro zumbido y luego... ¡plaft!, el golpe seco y opaco de la bolsa con talco al impactar contra el fondo del balcón. Me asomé y vi abajo, en la acera del frente, a un chico de unos 16 años que sonreía de manera pícara mientras preparaba su siguiente lanzamiento. Yo también había entrado de lleno en el juego: acomodé mis gafas, mi capucha protectora y mi sonrisa; y lo animé a que volviera a intentarlo, estableciendo así un lazo de complicidad que nos vincularía el resto de la mañana, y durante muchos años, a través de la memoria.

A esas alturas la calle se había llenado de una polvareda espesa a través de la cual era difícil ver, había grupos que jugaban entre sí, algunos de una manera muy fuerte, y otros más moderados que habían escogido un objetivo lejano y desconocido como mi compañero de juego en la acera del frente. Dentro del sendero se veía cada vez más actividad, el movimiento diligente de la policía y el personal de logística anunciaba que pronto pasaría por allí el desfile. Aunque me habían explicado que la gente dejaría de lanzar talco y espuma, una vez comenzaran a pasar las carrozas, estaba preocupada porque era evidente que ya venía el desfile y en la calle el juego alcanzaba su momento más intenso. Nuestro balcón ya estaba completamente blanco aunque, en realidad, solo una de las bombas había logrado alcanzarme tangencialmente, para orgullo y felicidad de mis hijas. De un momento a otro el sendero se despejó, la gente dejó de lanzar talco y, por un instante, se hizo el silencio para luego dar paso a una explosión de júbilo, música y color. El cortejo lo encabezaban unos simpáticos cuyes, roedores emblemáticos de la región, escoltados por una pancarta que decía con orgullo: “Nariño Tierra de Patrimonios”, en referencia a las Declaraciones de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad reconocidas por la UNESCO a este Departamento;  al lado otro pendón en el que destacaba la palabra “Paz”, anhelo colectivo de un pueblo que sabe muy bien que no se merece la violencia.

Durante unas cuatro horas, en un fantástico derroche de imaginación y creatividad, vimos desfilar la riqueza y complejidad de esta región. Sentí que se me salía el corazón cuando vi aparecer, casi al principio, al grupo de zanqueros de Tumaco acompañando a una vistosa y virtuosa coreografía. Había estado allí hace unos meses, en la costa pacífica nariñense y había hablado con algunos de estos chicos. Allí había oído, de primera mano, los debates sobre las dificultades históricas para lograr la integración entre el Nariño Andino y el Nariño Afro, y cómo esto se traducía hoy en una situación de extrema vulnerabilidad para las comunidades del Pacífico Sur. Pero ahí estaban, en la capital del Departamento, en el evento más importante del carnaval, expresando con su música y su danza la necesidad de encontrar caminos de mutuo reconocimiento y participación entre la diversidad. Por allí pasaron también las Mojigangas, un grupo de hombres vestidos de mujer que, desde el municipio de Funes, reivindican el valor de la tierra, el agro y el mundo rural y ancestral de los Andes, el mismo que en su momento intentó articularse a través del Camino del Indio o Qhapaq Ñan, no exento de enfrentamientos entre los Incas y los Pastos, pobladores originarios de la región. Lo indígena, lo afro y lo mestizo se entrelazaba en un festival de colores y sonidos, en una clara y contundente declaración a favor de la vida, del espíritu festivo y del infinito poder transformador de hacer las cosas juntos. 

Foto: Carlos González
Uno a uno fueron desfilando los temas más destacados de la agenda política, social y cultural de Nariño y muchos de la Colombia contemporánea: el anhelo de la paz y la convivencia, la preocupación por lo público materializada en las formas de habitar y compartir el espacio y el territorio, el papel de la mujer y su capacidad de cuidar a los demás; la tirante relación entre lo urbano y lo rural, la preocupación por lo ambiental y la integración con esta humanidad depredadora y consumista y, en contraste, el reconocimiento de valores ancestrales que expresan una comunión sagrada con la Pachamama, la madre tierra. La participación de Colombia en el mundial, los artistas y artesanos locales, la música del Sur: las quenas, la Guaneña, el Miranchurito; Gabo entre mariposas amarillas, la fiesta como escenario de expresión, visibilidad y diversidad o, dicho desde la otra orilla, la fiesta como acto de resistencia a la violencia que acalla, invisibliza y homogeniza; el carnaval mismo autorrepresentado: el fuego, los dragones, los duendes, los que fueron, los que son, los que serán; el carnaval como reflejo festivo de un pueblo y una realidad que expresa tensiones y diálogos entre lo que fue, lo que es y lo que quiere ser; el carnaval como nuestro propio espejo que nos mira desde el Sur y, desde allí, nos convoca y nos interpela como Nación, en relación con aquel norte que quisiéramos trazar. 
Foto: Carlos González
Mis hijas fueron las primeras en verla y gritaron de emoción. Allí estaba, inmensa y colorida la locomotora, la Loco... Motora, llena de alegría y abarrotada de gente que invitaba a la vida, a la risa, al juego y a la locura carnavalera. La misma gente que, unas horas atrás en el taller, se movía concentrada y sincronizada como una diligente colonia de hormigas; la misma que meses atrás, como tantos otros años, había aceptado el reto de entregar todo su tiempo disponible, su imaginación y su corazón, a un proyecto que probablemente no le daría más que la felicidad de hacer las cosas por hacerlas, juntos; por la certeza de que estas aventuras tienen sentido en sí mismas, no en función de otro propósito; como tributo íntimo y personal a la utopía y a las ganas de intentarlo y de lograrlo. Al día siguiente regresamos a casa, y durante los 800 kilómetros que recorrimos de regreso, los cuatro confirmamos que el viaje había valido la pena, que habíamos crecido, que de alguna manera ahora también éramos parte del Sur; y que teníamos la inmensa fortuna de tenernos, de estar y de hacer las cosas juntos.  
Foto: Carlos González
Esta crónica recibió la Mención de Reconocimiento Especial del Premio al Periodismo Cultural "Distintas Maneras de Narrar el Carnaval de Negros y Blancos de Pasto" en su primera versión:2015

Habitar el tiempo de los otros

Este articulo fue publicado en la revista Ranchería del Fondo Mixto de la Cultura y las Artes de La Guajira . Abril de 2017. Edición No. 17 ...