miércoles, 6 de marzo de 2019

La Misión

Una casualidad hizo posible que la vida continuara aquel 15 de abril de 1993; pero después de esa nube espesa de polvo ya nada sería igual. Mi forma de estar y de entender este, mi mundo, cambiaría para siempre desde aquel momento. No funcionaba ningún teléfono público, nunca funcionaban en Bogotá, así que por instrucciones del vigilante había ido a buscar un monedero a la tienda más cercana. Salí del centro comercial por la puerta del costado sur y caminé hacia el oriente por la Calle 93, justo un instante antes de que explotara la bomba en la carrera 15. Así, de sopetón, el impacto me devolvió a la realidad dura y despiadada de aquella Colombia ensangrentada a principios de los Noventa. Habitar aquel presente convulsionado se había tornado casi insoportable, así que había decidido sumergirme en el pasado al que accedía por efecto mágico de los libros; y aprovechaba el impulso, el optimismo y la fuerza irracional de los enamorados, para imaginar el futuro al lado del hombre con quien me casaría muy pronto.

Me incorporé, aturdida, pensando que había sido víctima de un robo, y palpé el morral lamentando, por anticipado, la pérdida de mis cosas. Allí estaba todo: mi billetera, los documentos, los cuadernos y aquel ejemplar un poco maltrecho del Nombre de la Rosa que guardaba celosamente, pues me había dejado arrastrar por completo al mundo de la novela histórica, sin lugar a dudas, más seguro que el mío mismo. Pasó un buen rato antes de entender que se trataba de un atentado; la gente corría y había polvo y confusión por todas partes. Me dí cuenta que, para ese momento, la noticia ya debía haberse esparcido por toda la ciudad y qué Oscar debía estar muy preocupado sin saber de mi. Tuve que caminar muchas cuadras antes de encontrar un teléfono para poder avisarle que estaba bien, que no había logrado cambiar los dólares allí, que había salido del centro comercial intentando llamarle, que la carrera 15 estaba llena de humo y hierros retorcidos, que había muertos y heridos, que no había manera de entender tanta estupidez junta y que quería estar a su lado por el resto de mis días.

Poco a poco la vida se aferró a la cotidianidad, como una manera sutil y silenciosa de resistir a la muerte que rondaba sin pudor. Pablo Escobar había declarado la guerra al Estado colombiano y el terror se había instalado a vivir en cada esquina. Desafiar el miedo, seguir con la vida y ser optimista se convirtió en lo más transgresor que pudiera imaginarse. Así lo asumí, volví a mi vida de siempre como si no hubiera pasado nada, aunque sabía muy bien que ya había pasado todo aquella tarde. Recién casada, y en tercer semestre de carrera, estudiaba y trabajaba sin parar, como una manera de confirmar, con mis 22 años bien puestos, que tenía la capacidad, el empeño y la valentía suficientes como para tomar el control absoluto de mi propia vida. Por la mañana daba clases de música a niños de preescolar, por la tarde iba a la universidad y, para completar, una que otra noche, tocaba el violonchelo en una que otra ceremonia religiosa. Recorría la ciudad en mi bicicleta verde, una todo terreno que había pagado con canciones, literalmente; y desde allí, en cada pedalazo, desafiaba estereotipos y prejuicios sociales a medida que me enfrentaba al caos vehicular de Bogotá. Llegaba tarde a casa, a leer y a escribir, con la firme y obstinada convicción de que el futuro si sería posible.

Al poco tiempo estaba rendida. Los niños, mis alumnos, eran adorables y yo sentía hacia ellos una especial simpatía, pero estaban acabando conmigo. Llegaba a la universidad sin voz y agotada físicamente, mi morral vivía lleno de objetos peculiares que ellos introducían sin avisar a manera de sorpresa: dibujos, muñecos, papelitos, dulces y manzanas. Un día fui a la biblioteca a devolver el libro de Teorías de la Historia y lo encontré impregnado irremediablemente de banano; después de improvisar una explicación nada convincente, logré que lo recibieran y entendí que debía cambiar de trabajo. Necesitaba algo más afín a mi carrera, algo que me permitiera hacer un poco de experiencia y, a la vez, favoreciera mi proceso  de aprendizaje. Como tantas veces sucedería en mi vida, lo deseé, lo declaré, y ocurrió. Mafe Rey apareció una tarde en casa y nos contó que estaban buscando asistentes para un proyecto de Colciencias y la Presidencia de la República; debía someterme a un proceso de selección muy riguroso, había muchos aspirantes, pero sin lugar a dudas valdría la pena trabajar cerca a grandes científicos. Era como entrar por la puerta grande al mundo de la investigación y, en esa época, yo tenía toda la intención de convertirme en investigadora. Mafe me dijo el nombre del proyecto, pero no logré retenerlo inicialmente, lo que sí me quedó muy claro es que era algo importante, pues reuniría a un grupo investigadores destacados. Mientras tanto la UNESCO también había convocado en Cartagena a los sabios del mundo para evaluar los desastres del siglo XX y los desafíos del nuevo siglo que estaba allí, a la vuelta de la esquina. Había tanto, tanto por hacer; y el mensaje se dirigía por entero a mi generación; asistir al fin y al comienzo de un siglo era el privilegio de nosotros, testigos de excepción de un momento único e irrepetible de la historia.

Con emoción, pero sin mucha expectativa, pues era consciente del número y la calidad de los aspirantes, llevé mi corta hoja de vida a Carlos Eduardo Vasco, el matemático jesuita encargado de timonear esta misión. Recuerdo bien que tuve que entregarla en un edificio precioso en el barrio La Soledad; llegué allí en mi bicicleta, feliz solo de conocer el sitio y al padre Vasco. Llevaba años oyendo hablar de él, un personaje emblemático para quienes estudiábamos en la Universidad Javeriana y creíamos absolutamente en el poder transformador de la educación popular. Esa estela inspiradora que dejaba a su paso la idea de hacer una revolución pacífica a través de la educación y la cultura, en mi caso, lograría ser el motor de toda mi actividad profesional y vital desde esa época, hasta hoy, y estoy segura, por el resto de mis días.

El padre Vasco fue muy amable, me explicó que se trataba de la Misión de Ciencia Educación y Desarrollo encomendada por el Presidente César Gaviria a 11 comisionados destacados en diferentes áreas del conocimiento; haciendo eco a una propuesta del Doctor Llinás. Que cada comisionado, a su vez, contaría con un equipo de investigadores y cada investigador con un grupo de asistentes. Que había muy poco tiempo para cumplir con el encargo y que el informe debía presentarse al Presidente, y al país, el 21 de julio del año siguiente, unos días antes de que terminara su mandato. Mientras hablaba yo me ví allí, en el primer peldaño de aquella estructura que constituía la tripulación de la Misión; y me emocioné solo de imaginarlo. El profesor Vasco me hizo una corta entrevista, centrando su atención en aspectos inesperados para mí: preguntó por mis estudios musicales y por la bicicleta que había dejado parqueada afuera, por mi trabajo con los niños, por la última novela que había leído, y por las cosas que más me divertían. Yo esperaba que preguntara por mi experiencia investigativa, que era mínima, y sabía muy bien que ese era mi punto más débil; sin embargo apenas si prestó atención a ese aspecto, “hay muchos aspirantes” dijo, “vamos a iniciar el proceso de selección y si pasa a la siguiente ronda llamaremos”.

Pasaron meses y nadie llamó nunca; prácticamente olvidé el asunto y volví a sumergirme en mi vida muy ocupada, con muchas ganas de hacer mil cosas, poco tiempo, y por su puesto, poco dinero. A medida que leía libros de historia y me asomaba al mundo de la novela histórica, desarrollaba un interés incisivo, y casi obsesivo, sobre cómo lograr transmitir estos conocimientos de manera masiva y popular. ¿Cómo hacer para que la conciencia sobre la historia, sobre lo que hemos sido, sobre lo que nos enorgullece y nos avergüenza, se volviera un motor de cambio en la gente? Tenía buenos ejemplos a la mano, millones de personas en el mundo habían leído con pasión a Humberto Eco, un teórico semiólogo apasionado de la Edad Media. Aquí no más, Gabriel García Márquez, nuestro Gabo, y Germán Espinosa, escribían sus novelas escudriñando en los archivos históricos. Yo no lograba terminar de decidir si quería ser el mismo Indiana Jones o Lawrence Kasdan, el guionista genial que había dado vida a semejante personaje, arqueólogo y aventurero empedernido de la historia. Al mismo tiempo se había anunciado la superproducción de la serie televisiva: De Amores y Delitos, basada en una idea de Gabo y realizada por la programadora de la televisión pública; una propuesta audaz que pretendía llevar a la pantalla chica, de una manera atractiva, los orígenes históricos de la exclusión social en Colombia. Si, había mucha inspiración alrededor, mucho por aprender, mucho por hacer, poco tiempo, poco dinero, y el teléfono seguía sin sonar; nadie llamaba.

Un día cualquiera ocurrió, llamaron de parte del padre Vasco, necesitaba verme de manera urgente, allí mismo, en el edificio de La Soledad. A toda velocidad conduje mi bicicleta hasta el edificio; sin aire, y sin lograr pronunciar una sola palabra me presenté. Carlos Eduardo Vasco me dijo que había sido preseleccionada, pero que quería verificar si aún estaba interesada, le dije que sí, que estaba muy interesada; me preguntó varias veces mirándome a los ojos, como queriendo re-confirmar si respondía con convicción. Yo no podía decir mayor cosa, solo lo miraba emocionada y en mi interior pensaba: “si supiera como quiero y necesito el trabajo, y la plata”; y él volvía a preguntar: “¿está segura que va a tener toda la disposición para hacerlo?, no podemos fallar y no tenemos tiempo de equivocarnos” y yo: “sí, claro que si, voy a hacer lo que sea”. Finalmente dijo: “espero que esté convencida porque tenemos que empezar ya mismo”, y yo lo interrumpí reafirmando: “ya mismo, ¿qué hay que hacer?”, “Debe presentarse mañana, a las cuatro de la tarde en las antiguas residencias de la Universidad Nacional, allí la ubicarán con su grupo de investigación y le darán las instrucciones; también es importante que sepa que tenemos un problema administrativo”. Hizo una pausa, volvió a mirarme fijamente, y continuó: “Debemos empezar ya mismo con la Misión, solo tenemos unos cuantos meses, pero no vamos a poder pagarle mensualmente, el dinero solo estará disponible en un solo pago, al final de agosto del año entrante, después de presentar el informe final; si está de acuerdo firmamos ya mismo su contrato”. Era diciembre del año 1993, yo no tenía un peso, tendría que dejar mis trabajos ocasionales para dedicarme por entero a la Misión y, además, mantener el promedio en la universidad para no perder la beca de matrícula. Sin pensarlo mucho, y sin saber bien cómo iba a lograrlo, dije con absoluta certeza y en actitud de marinero obediente: “sí señor, allí estaré mañana a las cuatro en punto”. Lo dije, y al decirlo, acepté la aventura, abordé como aprendiz y me hice parte de la tripulación de aquella nave gigantesca llamada Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, enrutada hacia un destino completamente nuevo y desconocido para mi.

Llegué antes de la hora pactada y encontré una actividad frenética en el edificio, la gente entraba y salía, cargaban papeles, sonaban teléfonos y se oían instrucciones; realmente lo más parecido a un barco a punto de zarpar. Me enteré que por la mañana había ocurrido la primera reunión de los 11 sabios y sus investigadores y, solo en ese momento, entendí que había sido la última persona en embarcar. Dí mi nombre a una secretaria, ella verificó en una lista y me dijo que debía esperar en un salón, no sin antes mirarme con algo de brillo en sus ojos. Yo no logré interpretar del todo su mirada, pero imaginé que había algo de condescendencia por mi evidente situación de novata. El salón era pequeño, abarrotado de pupitres viejos, y estaba desocupado; la calma que había allí contrastaba notablemente con el bullicio en el pasillo. Me senté y al instante llegó otra chica, me dijo que venía de Cali y, por lo poco que pudimos conversar, me di cuenta que tenía la misma información que yo, es decir, no sabía prácticamente nada de lo que se esperaría de nosotros. Inmediatamente entró Carlos Eduardo Vasco a decirnos que en un minuto vendría nuestro coordinador a explicarnos las tareas; salió y al minuto siguiente entró por la puerta Gabriel García Márquez, premio Nóbel de Literatura, y mi héroe absoluto desde que tenía uso de razón. Entró mirando hacia abajo, con la mirada fija en una bandeja enorme que ocupaba sus manos y toda su atención.

Mi compañera y yo estábamos atónitas, no sabíamos si creer lo que estaba pasando y no podíamos dejar de ver al Nobel, algo encartado, intentando servir arepas y tintos mientras decía: “espero que les gusten porque yo no puedo dejar de comerlas cada vez que vuelvo”. Junto a él venía una mujer mayor que nosotras, el maestro explicó que se trataba de la socióloga Judith Nieto, que venía de Medellín y que se encargaría de orientar nuestro trabajo, ya que él vivía en México y sólo vendría a Colombia unas cuantas veces durante el proceso de elaboración del informe. Descubrí que nuestro Gabo, de repente, se había convertido en “el maestro”, una figura de autoridad que inspiraba un respeto y admiración infinitas, a pesar de que él mismo estaba haciendo todo lo posible porque lo sintiéramos cercano y cotidiano. Nos habló de su papel en la Misión y de la investigación en la que íbamos a apoyarlo. Nos explicó que debíamos reunir información para sustentar la escritura de un ensayo sobre la educación artística en Colombia y que, además, le había sido encomendado un texto literario, a manera de proclama de la Misión. Nos dijo que dejáramos esa cara de asombro y de susto, que él no quería alarmarnos ni incomodarnos de ninguna manera, pero que por su situación de figura pública habían decidido mantener en absoluto secreto quiénes conformarían su equipo, que en este caso sólo estaría integrado por nosotras tres, que esa era la razón de nuestra tardía vinculación al proyecto y que, por eso, no nos habían explicado mayor cosa sobre el trabajo que nos esperaba y sobre quién se encontraba detrás de nuestro proceso de selección.

Me dí vuelta y ví que había un montón de gente sonriente asomada a la puerta detrás del padre Vasco; y que él mismo sonreía con la misma picardía de quien acaba de revelar una buena sorpresa a alguien que se estima mucho. Todos, menos nosotras, sabían lo que nos esperaba desde el mismo instante en que pisamos el edificio. Todos se habían mirado con cara de complicidad disimulada mientras nos condujeron al salón, y todos habían disfrutado enormemente con la escena macondiana de las arepas. El profesor Carlos Eduardo Vasco pidió orden y silencio, y desapareció después de cerrar la puerta. La calma volvió al pequeño salón, el maestro nos dijo que si nosotras estábamos asustadas, él lo estaba mil veces más y que era completamente consciente de su lugar como escritor en una misión de científicos. Que él no podía hacer otra cosa diferente a la que sabía hacer: escribir, y que como no era científico sino narrador de historias, iba a echar mano de toda su experiencia de investigador periodístico para estructurar y redactar la reflexión que se le había encomendado; para algo debía servirle haber aprendido el mejor oficio del mundo. Nos contó que su problema más inmediato era lidiar con los requerimientos y ritmos administrativos, pues al tratarse de un proyecto del gobierno, debía someterse a una dinámica completamente ajena a su rutina creativa. “Nos piden enviar la hoja de vida, y mientras los demás mandan sendos cartapacios en los que se anuncian títulos de pregrado, posgrado, experiencia investigativa, docente y listado de publicaciones indexadas; a mi solo se me ocurre remitir una hoja en la que se anuncia escuetamente el único oficio que he conocido y ejercido en toda mi vida: escritor y contador de historias”, nos dijo con tono afable y de complicidad.

En un momento se quedó mirándonos, y luego de una pausa preguntó: “¿Cuál de ustedes dos es la chelista?”, yo respondí con una sonrisa sonrojada y, como si alguien hubiera descubierto mi secreto, levanté un dedo tímidamente. “Todos los días me levanto muy temprano a escribir, incluso lo hago en pijama, antes de arreglarme; y todos los días escucho a Bach mientras escribo. Escucho las Suites de Bach para violonchelo solo, ¿Usted las toca?”. Le conté que sí, que había estudiado la primera Suite, pues hace parte del repertorio básico y obligatorio que se exige en el conservatorio a todos los estudiantes de violonchelo. El maestro habló largo rato sobre Bach y el sonido del chelo, y de cómo a veces pensaba que el ondear rítmico de esa música ejercía un extraño encantamiento en él; y que probablemente ese embrujo había sido transferido a sus relatos a través de ciertas palabras que iban apareciendo y encadenándose entre sí, conformando un conjuro indestructible alrededor del texto.

Me pidió que le hablara en detalle de cómo había aprendido a tocar el chelo, y de por qué no había considerado dedicarme a ese oficio de manera profesional. Entendí que me habían seleccionado teniendo en cuenta mi propia experiencia de educación artística y tuvieron sentido, entonces, las preguntas del padre Vasco el día en que lo conocí. Explicó que nuestra tarea sería ayudar a concertar y coordinar entrevistas con una selección de artistas y maestros; además deberíamos apoyar la aplicación de unos instrumentos de recolección y sistematización de información, y estar atentas a cualquier requerimiento de apoyo que nos hicieran. Luego conversó con mi compañera, ella venía de Cali y también era estudiante de una disciplina de las ciencias sociales; infortunadamente nunca la volví a ver y no recuerdo su nombre, pues hoy sería toda una experiencia compartir con ella estos recuerdos.

El maestro, mi admirado Gabo, habló un largo rato, y sus palabras quedarían grabadas en mí para el resto de la vida. Algunas ocupan hoy el lugar de los anecdotarios, ese al que acudo para hacer más divertidas las charlas con mis amigos y mis hijas; otras se incrustaron allá en el fondo, como parte de mi manera de ser y estar en el mundo. Habló bastante de la importancia de la memoria y nos dijo entusiasmado que había empezado a escribir su biografía. Nos habló de su pasión por los archivos históricos y nos dijo que creía que allí estaban las claves de todas las historias por contar y por imaginar de este país, aún desconocido para la gran mayoría de los colombianos. Salí de allí casi levitando, y aunque ya había notado que seguía sin entender bien cuál era mi tarea más inmediata, ya no estaba preocupada. Al llegar al parqueadero oí que alguien me llamaba desde la ventanilla de un carro con vidrios polarizados, me pareció raro, pues por esos días las ventanas oscuras estaban prohibidas. Era otra vez el maestro, asomado por la ventana preguntó con picardía: “¿hacia dónde va la chelista?”; yo volví a sonrojarme y dije: “aquí cerquita a la casa de mis papás, por la Av 68”, “justo vamos por allá, venga con nosotros”.

Subí al puesto de atrás, donde estaba el maestro y me presentó a su conductor; habían crecido juntos en Aracataca y se había convertido en su fiel escudero y compañero de aventuras. Me pidió unos minutos para llamar a su esposa, abrió un pequeño compartimento que separaba los asientos de adelante y sacó la bocina de un teléfono que hoy recuerdo como gigante. “Lo malo de mi situación aquí es que siempre tengo que estar avisando dónde y con quién voy”, dijo aludiendo tácitamente al momento difícil que se vivía en el país. Volvimos a hablar del violonchelo y además me preguntó por la bicicleta, cosa que me asombró porque ese detalle no estaba registrado en la hoja de vida. Aproveché para preguntarle si él consideraba que había algún inconveniente en que llegara en mi bicicleta a visitar a los entrevistados, pues no sabía si había alguna implicación en el manejo de la imagen o del protocolo, al representarlo a él en la Misión. “Usted puede desplazarse como quiera, y si alguien pone algún inconveniente por su bicicleta me avisa. Considere que tiene “licencia poética”, me dijo sonriente, y eso tampoco se me olvidó nunca.

Cuando bajé del carro solo pensaba en cómo iba a contar esta historia a mi familia sin que pensaran que era alguna fantasía, producto de la imaginación. Abrí eufórica la puerta y entré al apartamento donde se encontraban mis padres y mi hermano menor y, para mi desconcierto, nadie se interesó mucho en mi llegada; y antes de que lograra decir nada, me hicieron señas y me pidieron silencio. Estaban todos en la habitación principal mirando atónitos las noticias en la tele. Pablo Escobar estaba muerto, la policía había logrado acorralarlo en el tejado de una casa y había sido “dado de baja” en la operación. Todos miraban en silencio al televisor y estaban pasmados.

Con la muerte de Escobar terminaba uno de los capítulos más vergonzosos de la historia de Colombia y de la humanidad. Su nefasto paso por la vida había dejado cientos de muertos, miles de víctimas y una herida irreparable en el tejido social colombiano. Comunidades enteras habían sido arrasadas por las mafias, y el narcotráfico se había asentado en el imaginario de muchas personas como una cultura, una manera de estar y de entender el mundo basada en la intimidación y en el ejercicio abusivo del poder sobre los demás. Pablo Escobar había muerto, pero para nadie era claro si se trataba de una buena noticia, o no. Pensé inevitablemente en la escena que había presenciado unos cuántos meses atrás cuando había explotado la bomba en el centro comercial donde me encontraba, en el sufrimiento de aquellos rostros desfigurados por el dolor, en la nube de polvo y confusión, y en la desesperanza que rondaba entre las ruinas de una nación destrozada, literalmente. Cuánta sangre derramada, cuánta vida desperdiciada, cuánta inteligencia desaprovechada en el vano empeño de acumular poder para unos cuantos por encima de muchos otros. Pablo Escobar había muerto y a nosotros nos invadía una fría sensación de zozobra e incertidumbre. Apenas recuperamos el aliento conté a mi familia lo que había vivido al lado del Nobel de Literatura unas horas atrás y, en medio del asombro, e intentando aún procesar toda la información, mi padre solo atinó a decir: “puro realismo mágico”. 

Como si se tratara de un náufrago que inesperadamente encuentra la última tabla del barco recién hundido, me aferré irrenunciablemente a la idea de hacer parte de la tripulación de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo; y todo lo que ese empeño representaba: la razón, el acceso democrático al conocimiento, la posibilidad de transformar las vidas de comunidades enteras, el reconocimiento de un país diverso y complejo, y la oportunidad de una vida mejor para todos. Era un resquicio de esperanza hacia el futuro, en medio de un presente oscuro y tenebroso. Pasado el primer impacto, mi trabajo en la Misión arrancó y me sumergí de lleno en mis tareas: llamaba por teléfono, sacaba fotocopias, coordinaba citas, llevaba papeles, visitaba a uno que otro maestro y rendía uno que otro informe a Carlos Eduardo Vasco. En medio de la actividad rutinaria y operativa, era emocionante explicar que llamaba por encargo de Gabriel García Márquez y que hacíamos parte de la Misión de Sabios. Así hablé por teléfono con los grandes artistas de este país, y desde la bocina, pude intuir cada una de sus personalidades y maneras de ser. También llamé a muchos maestros desconocidos para mi, y después de conversar con muchos de ellos, pude imaginar fácilmente que este país debía estar lleno de héroes anónimos que estaban transformando millones de vidas, en cada vereda y en cada pueblo de este territorio inimaginado por muchos. Cada vez que hablaba con uno de esos maestros colgaba el teléfono y pensaba asombrada que entonces si era cierto, que aquella revolución pacífica y democrática si podía ser posible y que este país debía estar lleno de historias de futuro que tendríamos que aprender a escuchar y a reconocer en medio de la confusión  y el barullo que forma la violencia.

No podía ni imaginar en ese momento que los veinte años siguientes estaría junto a Jeanine El'Gazi, mi jefe, colega y compañera; recorriendo los rincones más escondidos, acompañando a las comunidades más diversas a contar historias, a reconocer el valor de los empeños colectivos y a aferrarse a la educación y a la cultura como si se tratara de la única oportunidad sobre la tierra para esta generación. Si a nombre de Gabo, conocí y supe de la existencia de grandes maestros, artistas y gestores culturales; recorriendo las selvas, los llanos y las montañas colombianas descubrí la sabiduría infinita de quienes llevan décadas enteras resistiendo a la barbarie y a la estupidez de la violencia. Aprendí a reconocer en actos cotidianos y aparentemente insignificantes la reivindicación de la vida como valor supremo; entendí que existen comunidades en Colombia en donde cantar, bailar, reír y leer, es transgredir el miedo impuesto por las mafias y los grupos armados ilegales. En el año de 1994 no podía ni imaginar, mientras reunía información, sacaba fotocopias y coordinaba citas por teléfono, que yo misma incorporaría los principios rectores de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, para el resto de mi vida; y a través de ellos, ayudaría a transformar la vida de muchos otros.

Vi unas cuantas veces más al maestro, en encuentros más cortos y de rutina; y aún así siempre fue emocionante escucharlo. Hablaba con mucho entusiasmo de  sus proyectos, de la escuela de cine en San Antonio de los Baños, Cuba; de la serie de televisión que estaba orientando y de sus propias memorias, que escribía en ese momento con el mismo afán de quien ha sido retado por el tiempo y el destino. Nos contó de su rutina para escribir, nos dijo que era como ejercitarse físicamente; que lo primero que hacía en la mañana, muy temprano, era levantarse a terminar una frase que había dejado iniciada desde el día anterior. Que había desarrollado un método para despertar la continua curiosidad del lector haciéndolo prisionero de un encanto conjurado a punta de palabras. Que nunca terminaba un renglón, ni una página con punto final, pues hacía todo para que las oraciones terminaran a mitad de la línea, o en la página siguiente; así, quién leía debía verse en la necesidad de pasar la hoja para descubrir cómo terminaba la frase. Nos habló de la importancia del ritmo en sus escritos y volvió a hablar de Bach y de las suites para violonchelo solo que lo acompañaban siempre en el ejercicio de narrar. Recuerdo haberme preguntado si algún día alguien lograría escuchar, detrás de las palabras de Gabo, ese canto ronco, lleno de aire y de melancolía; y pensé que lograrlo sería igual que haber descifrado los pergaminos del mismo Melquiades en Macondo.

En uno de esos encuentros le pedí un mensaje para mi hermano menor, quien cursaba el primer semestre de la carrera de Literatura en la Universidad Javeriana. Él tomó un papel cualquiera de la mesa y escribió: “Alfredo: estudia la literatura, pero luego haz lo contrario de lo que te enseñen”, y lo firmó. Hoy, 25 años después, mi hermano tiene exhibida la nota en un marco de vidrio que reposa en la pared de su oficina como profesor del Departamento de Lenguas y Culturas del Mundo, en la Universidad Estatal de Minnesota, en Mankato. Me cuenta que cada día aparece alguien preguntando por el objeto y muchos quieren tomarse una foto con el cuadro para dejar testimonio público de la magia que lo habita. Al terminar mi trabajo coordinando las entrevistas del maestro, se me solicitó apoyar a una de las investigadoras del equipo del Doctor Rodolfo Llinás, así que pasé el resto de los días reuniendo información sobre los principales hitos de la historia de la humanidad en sus inicios, como insumo para un prototipo de videojuego que estaban diseñando bajo la dirección del genial neurofisiólogo.



Los resultados de la Misión se presentaron al país el 21 de Julio de 1994, en la Casa de Nariño, el Palacio Presidencial, en una ceremonia conducida por el Presidente César Gaviria,  el Doctor Rodolfo Llinás y el Maestro Gabriel García Márquez. Yo estaba emocionada, era increíble sentirme parte de la historia y estaba convencida del privilegio que suponía haber estado cerca al maestro, a los otros 10 Comisionados y a sus investigadores. De alguna manera sabía que mi vida no sería igual después de esa experiencia. Una vez presentado el informe, todos los que habíamos participado de una u otra forma en la Misión, quedamos invadidos por esa sensación de vacío que aparece cuando se termina un larga e intensa travesía. Luego nos visitó la nostalgia y, poco a poco, la decepción al ver que empezaron a pasar lo meses y los años, y las recomendaciones de este equipo inmenso de investigadores y expertos de todas las disciplinas del conocimiento, no habían sido escuchadas ni adoptadas como política de Estado. Años después entendería que muchas veces no es necesario llegar a puerto para considerar exitoso el viaje, a veces, el solo hecho de navegar es ya una ganancia y un aprendizaje inmenso. Con la Misión, en su momento, aprendimos todos, pero sobre todo, por unos meses, y a pesar del estruendo y la turbulencia desatados por los atentados terroristas, el país entero pensó, habló, y discutió sobre la posibilidad y la oportunidad de un mejor país para todos, incluyente y democrático;  impulsado por la ciencia, la educación y el empeño de millones de personas y comunidades que aún se resisten a la ignorancia, la violencia y el poder mal utilizado.

Al final de la aventura no me quedé con fotos, pues no eran tan comunes como hoy en día, ni con libros firmados, ni con mensajes, ni con autógrafos de Gabo; pero la Misión expidió un documento en el que certificaba mi participación como investigadora de los comisionados Gabriel García Márquez y Rodolfo Llinás y, estoy segura, este papel que guardo como mi tesoro más preciado, fue el responsable de abrir todas las puertas de mi incipiente carrera profesional, hace más de 20 años. Mis últimos semestres de carrera fueron completamente exitosos, me gradué, fui contratada por el Instituto Colombiano de Cultura - Colcultura, y acompañé a esta institución a convertirse en el Ministerio de Cultura, gané el Premio Nacional Otto de Greiff a mejores trabajos de grado, fuí nombrada Jóven Investigadora por Colciencias, y a los pocos meses iba becada, rumbo a Granada, en España a estudiar el doctorado. Mejor no pudo ser, y no me alcanza la vida para agradecer aún tanta fortuna. Cada vez que gané un premio o una beca, cada vez que fui a una entrevista para aplicar a un trabajo, durante esos primeros años de vida profesional, alguién me preguntó sobre cómo había sido esta experiencia y, en todos los casos, yo solo pude sonreír sonrojada recordando cómo había sido, y simplemente dije: genial.

Durante los 3 últimos años una imagen bellísima de Gabo, captada por Carlos Duque, me acompañó en mi labor de salvaguardar el archivo histórico de la radio y la TV pública colombiana. Estaba allí como parte de un homenaje que RTVC, el Sistema de Medios Públicos de Colombia le había rendido a Gabo aún en vida. Hoy la imagen afable y sonriente del maestro custodia el laboratorio de digitalización de Señal Memoria y su presencia alerta sobre la importancia crucial de la memoria en un país que busca reinventarse, y que nunca más puede volver a ceder a la tentación de la soledad y del olvido.

Foto: Paula Arenas

Foto: Extracto de la nota: Especiales Caracol publicada el 25 de Febrero de 2018 


Yo, por mi parte, paso los días en una de las bibliotecas más bellas del mundo, gerenciando la Red Distrital de Bibliotecas Públicas de Bogotá. Se trata de una red inmensa que vincula instituciones, trabajadores y usuarios, en torno al propósito compartido de brindar acceso a la educación y la cultura a 8 millones de habitantes en Bogotá. En los parques, en las montañas, en los centros comerciales, en los barrios, en las estaciones del sistema de transporte; no hay una sola zona que no se encuentre bajo el influjo de la magia arrolladora que desprende el equipo apasionado de BibloRed. 

Foto: Tatiana Duplat. Biblioteca Virgilio Barco.


Después de recorrer el país hasta el último de los rincones, hoy me sorprendo cada día con mi ciudad. Descubro con asombro las calles de mi barrio mientras pedaleo en mi bicicleta de la casa hasta el trabajo. Veo a lo lejos la pequeña Biblioteca que atiende en el parque de mi vecindario y no puedo dejar de sentirme orgullosa de hacer parte de este programa que, desde la Alcaldía de Bogotá, garantiza derechos a la educación y la cultura a millones de personas. No puedo dejar de pensar que en realidad sí fue cierto, que aquella revolución pacífica y democrática impulsada por los mismos principios que motivaron nuestra Misión hace 25 años, sí pudo ser posible; que valió la pena aferrarse de esta manera a mi propia y obstinada convicción, que el futuro sí es posible, que la travesía continúa y que son muchas las historias por conocer, por reconocer y por contar en alta mar.

martes, 21 de agosto de 2018

Un viaje a la orilla del tiempo

Este texto fue publicado originalmente en la web de Señal Memoria https://www.senalmemoria.co/articulos/35-anos-despues-yurupari-regreso-mavicure-cronica

Bogotá, 26 de febrero de 2018

Eran las seis y diez de la mañana y en el puerto había más movimiento del que hubiéramos imaginado. La gente revoloteaba por todas partes mientras nosotros, sin entender mucho de lo que allí ocurría, solo atinábamos a mirar hacia el río, oscuro y apacible. Esperábamos pacientemente en las escaleras del muelle mientras se preparaban las lanchas en las que partiríamos hacia los cerros de Mavicure; nuestro propósito: proyectar una película rodada allí mismo, 35 años atrás. Se trataba del documental “Cerro Nariz, la Aldea Proscrita”, uno de los 72 capítulos de la serie de televisión Yuruparí, joya del patrimonio audiovisual colombiano. Allí, en el Puerto de Inírida, convocados por el Museo Comunitario del Guanía, estábamos representantes de las instituciones responsables de la creación audiovisual colombiana y de la salvaguarda de este patrimonio. Habíamos acudido a la cita para acompañar a la maestra Gloria Triana, directora del documental, en su viaje al re-encuentro con la comunidad de El Remanso.


Éramos: Proimágenes, la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Cultura, el Festival Internacional de Cine de Cartagena, Señal Memoria de RTVC y la Embajada de España en Colombia interesada en apoyar el empeño por la memoria en el Guainía.  Éramos las instituciones que representábamos, pero también éramos Magally, Claudia, Alexandra, Adelfa, Lina, José Jorge, Tatiana, Pablo, Juliana, Diego, María Cristina, Mariana, Teresa, Francisco, Jorge, Magdalena, María y Silvino, acompañando emocionados a Gloria en un viaje que nos transformaría a todos para siempre. Embarcamos y, a los pocos minutos, arrullados por el sonido constante y rítmico del motor de la lancha, cada quién se había sumergido en sus propios pensamientos, recuerdos y expectativas, haciendo del viaje por el río una profunda e íntima travesía interior.
  
El grupo se dividió en dos y junto al equipo logístico abordamos una “falca”. Se trataba de una pesada embarcación que había recorrido hasta el último recodo de los ríos del Guainía, y avanzaba lenta y sosegadamente, haciendo honor a los árboles viejos asomados en la ribera, a la orilla del tiempo. El equipo del Museo Comunitario del Guainía y un grupo de estudiantes de Turismo del Sena, se habían encargado de llevar víveres, combustible y el equipamiento necesario para presentar la película en El Remanso. Proyectar Yuruparí en la reserva indígena de la comunidad Puinave, río abajo, implicaba un operativo más complejo de lo que parecía a simple vista. Jorge había llegado varios días atrás cargando, él solo, el proyector, la fabulosa pantalla y el sistema de sonido con el que la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano lleva el cine restaurado hasta el último de los rincones. Además, viajaban con nosotros Hilva, la tía incondicional de Magally; Libertad, su prima, y dos expedicionarios dedicados a la búsqueda y registro fotográfico de los enigmáticos ecosistemas de las cavernas.

Excepto Jorge, todos los que íbamos en la falca, habíamos estado alguna vez en Mavicure, y, sin embargo, todos, sin excepción, esperábamos ansiosamente la aparición de las míticas formaciones monolíticas, como si fuera nuestra primera vez. De repente, cuando ya nos habíamos resignado a que el tiempo no pasaba, por más de que llevábamos horas navegando, aparecieron, allí, imponentes, entre la bruma, los tres cerros: Mono, Pajarito y Mavicure; y entonces entendimos que, efectivamente, el tiempo estaba detenido. Estábamos frente a las formaciones rocosas más antiguas de la historia de la tierra y su sola presencia, muda y austera, nos hizo entender que debíamos rendir homenaje a los seres que nos han antecedido, desde el principio de los tiempos. Mavicure nos convocaba y nos preparaba para honrar a la memoria misma, en tanto espejo revelador que nos muestra el trayecto recorrido, por nosotros y por otros, y nos permite definir el rumbo para seguir navegando.

    

La imagen de los tres cerros, casi onírica, nos acompañó y custodió durante la última hora de camino hacia El Remanso. Mientras el equipo de logística desplegaba toda su capacidad y su tenacidad en el propósito de desembarcar, trasladar cuesta arriba e instalar el equipo de proyección en la Maloca, el otro grupo acompañaba a Gloria Triana a saludar a los mayores de la comunidad Puinave. En uno de los momentos más emotivos de la travesía, “doña Gloria”, fue recibida con honores y en un ritual de imposición de autoridad, fue revestida con la dignidad de Payé o “sabedora de la comunidad”. A través del bastón de mando y el sombrero de tejido ancestral que le fue otorgado, el pueblo Puinave reconocía en ella el conocimiento y la sabiduría de nuestra propia tradición. ¡Qué lección de vida! La maestra antropóloga y cineasta había visitado por primera vez al pueblo Puinave en 1978, y a partir de su ejercicio etnográfico, había tejido un lazo inquebrantable con su cultura y sus conocimientos. El respeto reverencial que despertaba Gloria Triana a su paso, expresaba de manera contundente el respeto y la consideración que ella había mostrado hacia la comunidad durante los años en que trabajó allí. ¡Qué lección para todos nosotros!
La comunidad nos había preparado un banquete en el que el pescado moqueado, cocinado al humo, fue el plato fuerte y protagonista indiscutible del almuerzo. Todo era diferente y ajeno para nosotros citadinos, pero cada quién hacía su mejor esfuerzo por entender, asimilar y disfrutar lo que ocurría alrededor del fogón. Tímidamente íbamos desprendiendo pequeños trocitos de pescado aderezados con ajicero. El casabe era el acompañamiento, la torta harinosa de yuca que ha alimentado a la gente de la selva amazónica desde tiempos inmemoriales y que siempre, de manera invariable, atraganta y produce tos a quienes la prueban por primera vez.  Mientras cada quién luchaba internamente contra los temores propios de probar alimentos del todo desconocidos, Mariana, la hija de Alexandra, se puso en pie y con sus 12 años bien puestos dijo: Ya vengo, voy a ver si consigo alguna bebida embotellada, y al instante desapareció. Nos miramos y, en silencio, cada uno a su manera pensó: no debe ser fácil encontrar algo así en esta reserva, aislada por completo de los centros urbanos y los circuitos comerciales. No lo va a lograr. Media hora después, entró Mariana al quiosco con una gaseosa en una mano y una bolsa en la otra, y declaraba de manera triunfante: conocí a unos señores indígenas muy simpáticos en la parte de abajo, me regalaron la gaseosa y además me dieron pollo asado con papas, si alguien quiere, hay para todos !! y luego agregó: aproveché para invitarlos a la película y les dije que fueran subiendo pues ya íbamos a empezar la proyección. Volvimos a mirarnos asombrados y preferimos no decir nada, Mariana había dicho y hecho todo.
  
A las dos en punto la maloca estaba a reventar y empezamos la proyección, ¡qué emoción! Los muchachos habían hecho uso de todo su ingenio para instalar el telón y oscurecer el espacio abierto colgando telas negras entre los postes. Por el río habían llegado familias enteras desde otras comunidades, a los niños los habían sentado en la parte delantera y en las filas posteriores se encontraban acomodados los mayores, expectantes. La planta eléctrica fue ubicada a una distancia prudencial que permitiera escuchar la película, y a la vez, se hiciera suficientemente presente para recordarnos lo difícil que pueden ser las cosas en muchos territorios de Colombia. Se hizo silencio y habló el capitán de la comunidad, mientras una intérprete nos iba traduciendo al español. El payé contó que Gloria Triana había estado allí treinta años atrás y que había hecho entrevistas a los abuelos y a personas queridas que ya no estaban con nosotros, que a los niños del colegio se les hablaba de la maestra Gloria y que siempre habían estado agradecidos por su trabajo de recopilar y registrar los conocimientos ancestrales del pueblo Puinave. Que era un honor contar con su presencia y con la de las instituciones que acompañaban esta actividad, y que estaban muy contentos de poder ver la película, pues allí nunca ha llegado la señal de televisión y aún no habían podido verla. Después de devolver los saludos, se hizo el silencio de nuevo, y empezó la proyección.

Igual que cuando íbamos en la “falca”, unas horas atrás, Mavicure se asomó imponente en la pantalla, mientras al fondo se escuchaba el canto de una flauta que alcanzó a sorprender a los mayores. Hubo susurros y algunos se miraron entre sí. Mi vecino de asiento se acercó y me dijo al oído: esas flautas las usaban los abuelos en los ritos ancestrales, antes de adoptar el nuevo testamento; ya casi nadie las recuerda ni las conoce, pero mi papá aun sabe cómo fabricarlas. Con esa sola frase entendí bien la profundidad de lo que este capítulo de Yuruparí proponía en su narración y la importancia crucial de preservar este contenido, más allá de ser testimonio de una forma de hacer televisión, en un momento dado. La tensión implícita entre la tradición y las nuevas costumbres adoptadas por esta cultura milenaria expresaba en la pantalla, y en los murmullos de la gente, la tensión de cientos de comunidades indígenas, afros y rurales de todo el país, que han tenido que afrontar y enfrentar cambios abruptos en su manera de pensar, de ser y de estar en el mundo. Por momentos se escuchaban risas estrepitosas que no alcanzábamos a comprender del todo, pues obedecían a comentarios graciosos que sonaban en lengua Puinave, y a la aparición de personajes familiares para ellos y desconocidos para nosotros. También hubo lágrimas de emoción y nostalgia al ver aparecer en la pantalla la imagen de seres queridos ahora ausentes, incluso en el recuerdo de muchos. Veinte minutos después la maloca estalló en aplausos y lágrimas. Se hizo una larga fila y muchas personas emocionadas tomaron el micrófono para contar lo que habían sentido al verse reflejados en la pantalla. Cada quién fue expresando, en su opinión, su propia manera subjetiva de sentir y de vivir el tiempo; para unos la película hablaba de un tiempo remoto, mítico y casi olvidado; mientras para otros, mayores, era como si se hubiera rodado hace unos meses y ahora estuvieran asistiendo a su estreno mundial. Desmontamos el equipo con una extraña sensación de nostalgia, como si parte de nosotros estuviera quedándose en ese sitio para siempre. Embarcamos y emprendimos el camino de regreso, río arriba.

En la “falca” había un silencio introspectivo que solo rompimos de vez en cuando, para cantar una que otra canción junto a Hilva, la tía incondicional de Magally. Los muchachos cansados, con ese cansancio placentero propio del deber cumplido, jugaban a los naipes y, de vez en cuando, dejaban escapar alguna risa que quedaba flotando sobre el río unos instantes.  Custodiados en la popa por los cerros de Mavicure, y hablando quedamente con los expedicionarios, vimos el atardecer más bello que alguien jamás hubiera podido imaginar. El cielo se vistió de fiesta colorida para despedir el día, los árboles se asomaban para hacernos calle de honor de lado y lado del río; y nosotros supimos, con certeza, que volvíamos diferentes de este viaje insospechado, a la orilla del tiempo.


miércoles, 24 de mayo de 2017

Habitar el tiempo de los otros

Este articulo fue publicado en la revista Ranchería del Fondo Mixto de la Cultura y las Artes de La Guajira. Abril de 2017. Edición No. 17


¿Cuántas cosas habrían visto aquellos ojos cristalinos, casi vítreos? Se me ocurrió pensar que esa mirada penetrante, altiva y desafiante, expresaba en cada destello las vivencias de quien había vivido muchas vidas, pero también llorado muchas muertes.  Era una mujer wayúu, mayor, y miraba con  escepticismo y desconfianza todo aquello que alguien como yo podría representar: Arijuna, de Bogotá, urbana, universitaria, consultora de una organización internacional; alguien que vino de muy lejos a hablar de algo que a ella le ha tocado muy de cerca, en su vida misma, y en la muerte de los suyos: los Derechos Humanos y la paz. Me atravesó con su mirada y, sin decirme nada, me hizo saber que, entre ella y yo, entre su mundo y el mío, había una distancia inmensa difícil de entender y de salvar.

Foto: www.notiwayuu.com

Antes había ido muchas veces a La Guajira, pero ese día, en Dibulla, junto a la abuela wayúu, su nieto, algunos indígenas wiwa, unos pocos afros y muchos otros Arijunas, como yo; se hizo patente para mí, cómo en esta región se expresa y se confronta constantemente la idea de convivir en la diversidad.  A pesar de mi larga experiencia trabajando con comunidades, por momentos sentía que hablábamos idiomas diferentes; hasta que cedí a la situación, dejé de luchar con mis propias expectativas y acepté que, efectiva y literalmente, hablábamos idiomas diferentes. Entendí que allí estaba el secreto y la razón de ser de nuestro encuentro; el punto no estaba simplemente en hablar sobre Derechos Humanos y paz, el reto estaba en reconocer cómo se expresan estas ideas en las prácticas de vida de comunidades diversas, en contextos específicos, y cómo la realidad de este territorio las cuestiona y las confronta a cada momento y en cada acto mínimo y aparentemente insignificante.

El sueño de la Nación, sustentado en la idea de un Estado moderno y democrático, que es capaz de articular la diversidad en torno a un proyecto de vida colectiva, tambaleaba cada vez que intentábamos ponernos de acuerdo sobre algo relativamente sencillo: los horarios de trabajo.  Empezó el taller y durante los dos primeros días, no logramos una sola vez que los participantes cumplieran los horarios que habíamos concertado entre todos. No solo porque llegaban tarde después de los descansos, sino porque, para sorpresa mía y de mis propios prejuicios, en ningún caso querían dar por terminada la jornada. Las sesiones se alargaban de manera perenne, incluso hasta la madrugada, mientras yo parecía sumergirme en otra dimensión y no era capaz de hacer consciente el paso del tiempo y mucho menos de controlarlo, administrarlo y racionalizarlo según mi propia razón.

Al tercer día, después de esperar durante horas que los participantes acudieran a nuestra cita, pregunté con cierto tono de ironía si lo que se ponía en juego en esa situación, no era el valor de la palabra empeñada, tantas veces valorada por los wayúus en nuestras discusiones. Se hizo un breve silencio. Desde su esquina, la abuela me miró calmadamente, y sin levantar mucho la voz, ni dejar de tejer por un instante sus hilos coloridos, soltó con firmeza una frase lapidaria: no es una falta a la palabra, lo que pasa, dijo, e hizo una pausa, es que habitamos en tiempos diferentes.

En ese momento cedí, cedimos todos. Las palabras de la abuela hicieron que algo resonara al interior de cada uno, y empezamos a escucharnos, con toda la disposición de reconocernos y entendernos mutuamente; sabiendo que hablábamos idiomas diferentes y veníamos de mundos muy distantes, pero con la convicción compartida de que es mejor buscar y recorrer juntos el camino. Ya no estábamos simplemente en un taller, entramos todos en la misma dimensión y empezamos a vibrar al tiempo con la disposición de dejarnos transformar por las memorias de los otros. Durante esos días, mis compañeros y yo escuchamos atentamente, y ayudamos a contar, las historias de pueblos enteros que habían sido asolados durante años, por la fuerza devastadora de la muerte y el despojo; por una violencia que clausuró el tiempo y se hizo eterno presente, en un territorio al que incluso el futuro pareciera habérsele usurpado.

La palabra se hizo memoria, y con ella, brotaron las historias. Los más mayores intentaron explicarnos el significado histórico y social de la actividad del contrabando, en tanto forma ancestral de resistencia a los españoles, y luego, a los gobiernos republicanos que, por principio, han sido considerados siempre ilegítimos por algunas de estas comunidades. Cuánto sentido adquiría para mi la letra del viejo vallenato de Escalona: “Allá en La Guajira arriba, donde nace el contrabando, el Almirante Padilla llegó a Puerto López lo dejó arruinao”. El Almirante Padilla, aquella fragata insigne de la Armada Nacional que iría a la guerra de Corea a principios de los años 50, era vista como la causante de todos los males de la región, al haber combatido la actividad ilegal del contrabando que, en esencia, no es sino una amenaza del proyecto estatal de construcción y consolidación de un ámbito público.
Foto: Fondo Mixto de la Cultura y las Artes de La Guajira
 
Entendí porqué en la canción se deseaba para ese símbolo lo peor, su hundimiento. Supe por qué el barco contrabandista, perseguido por la autoridad, había prometido hacer una fiesta el día que hundieran al buque de la Armada: “Barco pirata bandido, que Santo Tomás lo vea, prometió hacerle una fiesta cuando un submarino lo golpee en Corea”. El contrabando, aparecía en las historias de estos hombres, como eje articulador de la vida colectiva en La Guajira y como reivindicación social frente a un sistema político, y un Estado, que aún no logra integrar del todo a este territorio, en torno a la garantía plena de los derechos fundamentales, el acceso a bienes y servicios y las dinámicas económicas legales.

Así, habitando el tiempo de los otros, pasaron varias noches en donde la palabra iba tejiendo la memoria y cada quién, desde su recuerdo y su conocimiento, reconstruía un pedacito de alguna historia en ese territorio. Nos hablaron  de las guerras viscerales y ancestrales, casi míticas, entre diferentes clanes de la región; de la bonanza marimbera de los años 70, de la llegada de la guerrilla de las FARC a principios de los 80 y de los paramilitares en los 90. Nos contaron que para cuando el  nuevo siglo se había asomado, la violencia y los violentos habían invadido, como hierba mala, cada proyecto, cada sueño, cada rincón y cada intersticio de vida en La Guajira.

La abuela, que realmente solo hablaba para decir cosas contundentes, nos habló del despojo y del desplazamiento forzado de su pueblo, de las disputas entre los grupos que controlan el narcotráfico y el contrabando de combustible; del secuestro y la extorsión, del asesinato selectivo de líderes sociales que se han atrevido a cuestionar las actividades ilícitas que favorecen a unos cuantos por encima de las comunidades, de cómo las mafias controlan a la gente y se cuelan en oficios tan comunes como el mototaxismo y los préstamos gota a gota. Cada quién recordó y narró una historia desde su propia perspectiva y subjetividad, y en cada relato, se hizo evidente que, aún en la memoria, este es sobre todo un territorio en disputa donde muchos de los valores asépticos de la democracia y del desarrollo se confrontan y se ponen a prueba.

El viejo Juan está en Maracaibo, no tiene padres, hermanos, primos, primas ni familiares; no tiene cementerio, ni tierra... no tiene nada, no tiene a nadie, ya no es nadie“, me dijo Pedro el hijo de la abuela, y el eco ronco de su voz reflejaba una soledad infinita. Haber tenido que salir huyendo implicaba, no solo dejar su tierra, sino con ella, en ella, sus recuerdos y todos los vínculos con su comunidad; todo lo que le hacía ser y sentirse parte de un pueblo. De nuevo, veía cómo el daño inconmensurable de la violencia en Colombia no solo radica en las vidas individuales que han dejado de vivirse; sino en los hilos que se han roto desvinculando a las comunidades y destruyendo cualquier iniciativa de proyecto y organización colectiva.

Foto: Iván Sánchez
 
Es cierto que juntos, abrazados, somos más fuertes; y también es cierto que los violentos, y las violencias, buscan des-atarnos para hacernos vulnerables. Pedro hablaba del territorio ancestral, no solo como un trozo de tierra, sino como un depositario y guardián de la memoria colectiva de su gente, en donde el cementerio hace posible el vínculo entre generaciones, más allá de la muerte. Todo lo que su pueblo ha sido, es y quiere ser, está definido por ese vínculo particular con el territorio que no es otra cosa que la memoria; y yo pensaba: allí esta la clave de la reconciliación para todos; allí: en construir y reconstruir los vínculos entre nosotros, los otros, y nuestro territorio.

El empeño por la memoria, ahora que empezamos a transitar el camino de la paz, no es un vano capricho de los movimientos sociales y de algunas instituciones del Estado.  Hoy recuerdo mi encuentro con la abuela wayúu y se muy bien que es allí, en la memoria y habitando el tiempo de los otros, donde abriga la esperanza de entender la sinrazón de la violencia, para que nunca más se vuelva a repetir. Es allí donde están las claves para entender que, a pesar de los siglos que han pasado, aún somos un país que no se conoce a sí mismo y que se sorprende y tambalea ante la existencia de la diferencia.

Es allí donde están las claves para entender cuáles son los debates largamente aplazados y reemplazados por la confrontación armada, el acallamiento y la eliminación de los otros;  discusiones sobre lo que queremos ser, por dónde queremos ir, y la idea de desarrollo que queremos acoger.

Es allí, en el diálogo de las memorias sobre lo que nos avergüenza y nos enorgullece, donde vamos a encontrarnos o a des-encontrarnos a nosotros mismos. En la memoria están las claves para entender la violencia, pero también la resistencia; aquello que nos mantiene juntos más allá, y a pesar, de habitar espacios y tiempos diferentes. Así como la abuela tejía pacientemente desde su esquina, y al hacerlo fortalecía y reconstruía el vínculo sagrado entre ella, su comunidad y su territorio; así mismo, aquella vez, su palabra hecha memoria tuvo el poder de enlazarnos a los otros y hacernos parte de su propio tejido. Por un instante habitamos su tiempo y nos hicimos parte de su historia; y desde ese día, nada de lo que a ellos acontece volvió a ser indiferente para mi. Allí, en el tejido, en ese acto aparentemente insignificante y cotidiano de la abuela Wayúu, es donde anida la esperanza y la posibilidad de un país en paz.

jueves, 9 de marzo de 2017

Lo común y lo corriente, esa manera femenina de entender la vida


Estas son las palabras que leí en el foro: Experiencias y Aportes Fundamentales de las Mujeres en la Construcción de Paz. Comisión de Seguimiento a la Ley de Víctimas. Bogotá 09 de marzo de 2017 - Congreso de la República de Colombia.

He visto a mi madre llorar mil veces junto al recuerdo de su hermano asesinado y de su casa devastada por una violencia, ya casi inmemorial, en el Norte de Boyacá. He visto a mi tía dedicar en vano una tercera parte de su vida a la búsqueda de la más mínima pista que le hablara de su hijo desaparecido en las selvas del Guaviare.  He visto a mis amigas diluirse en lágrimas, y sentir que la vida misma se les iba, llorando la pérdida de un ser querido, o sufriendo el dolor insondable que causa la violencia; esa que se sufre por la decisión consciente y deliberada de otra persona. Pero también he visto a esas mismas mujeres levantarse cada día, durante años, remangarse y encarar la vida cotidiana y doméstica con toda la entereza que le falta a quién se oculta detrás de un arma y del poder mal utilizado. He conocido mujeres combatientes, que, en la expresión más contundente de la valentía, tuvieron el valor de desmovilizarse, aún a sabiendas de que en ese acto se jugaban la propia vida y la de su familia; y he conocido mujeres oficiales y suboficiales, de las fuerzas armadas de Colombia, que han dedicado cada momento de su existencia a hacer de éste un mejor país. A todas ellas: víctimas, resistentes, excombatientes, resilientes; las he visto sembrar, cocinar, estudiar, luchar, limpiar, dirigir, construir, narrar, tejer y entrelazar los hilos de la vida y la esperanza. Las he visto cuidar a los demás por encima de sí mismas y las he visto sumarse incondicionalmente a otros, y a otras, para encarar empeños colectivos. 

Foto: Soraya Bayuelo

Foto: Soraya Bayuelo


Esa capacidad de las mujeres, infinita, y a la vez casi intangible, de construir lazos solidarios y de honrar la vida en los actos más mínimos y cotidianos, es la que tenemos que hacer visible ahora que hemos decidido caminar la paz.  Es allí donde hay un vasto conocimiento sobre cómo hacer las paces acumulado durante décadas; probablemente, las mismas que empeñaron los guerreros en aprender y en enseñar a hacer las guerras. Hacer evidente lo común y lo imperceptible es nuestra tarea más inmediata en este momento. Durante siglos los relatos sobre Colombia ocultaron convenientemente a las mujeres y a todo aquello del mundo cotidiano que no aludiera a la violencia; y así, nos quitaron la posibilidad de reconocer que tenemos la capacidad de vivir en paz, y que hacerlo, es solamente fruto de nuestra decisión. Los hombres guerreros y victimarios fueron convertidos por la historia y la memoria colectiva en héroes o en villanos famosos y legendarios que se constituyeron en referentes nacionales. Por épocas llegamos incluso a creer que estábamos irremediablemente condenados al horror, pues no éramos capaces de reconocer aquello que estaba a la vista: que la mayoría de gente en Colombia no ha cedido nunca, ni aún bajo las peores circunstancias, a la tentación de la violencia. Es el momento de hacer visible esa sutil manera femenina de entender el mundo, basada en una ética del cuidado por y para el otro que se expresa en actos mínimos sin ninguna pretensión de grandilocuencia. Nuestra tarea es narrar y construir una nueva historia más allá de la violencia y los hombres guerreros, un nuevo relato sobre las muchas formas de paz que hombres y mujeres hemos construido desde el mundo común y corriente:  el trabajo, los emprendimientos, los empeños colectivos, la fiesta, la comida, las artes, los oficios, el amor, las familias, la escuela, la música, el deporte; no hay que buscar mucho más allá, aquí mismo anidan los secretos de la paz, y las mujeres sabemos muy bien cómo escudriñar en ellos. 
Foto: Soraya Bayuelo

Foto: Soraya Bayuelo

Construir paz desde el mundo de lo común implica, además, para las mujeres, derribar inequidades y desigualdades históricas. Ningún derecho está garantizado, ninguna conquista es aún suficiente para superar la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran millones de mujeres en Colombia. La pobreza, la exclusión, la falta de educación, la violencia física, verbal, sicológica y económica; el abuso sexual, la absurda pretensión de controlar los cuerpos de las mujeres, y todo lo que ello implica, son la materialización de una ideología de la exclusión que, silenciosa y letalmente, se cuela entre las grietas de nuestra débil democracia y, aunque victimiza a las mujeres en primera instancia, termina esclavizando también a los hombres y empobreciendo a la humanidad entera. 
Foto: Soraya Bayuelo

Foto: Soraya Bayuelo

Las mujeres colombianas, sobre todo aquellas que habitan los campos y las zonas rurales, han resistido a esta violencia infinita, muchas veces invisible hasta para ellas mismas, y con la fuerza arrolladora de la vida, han insistido y persistido en su empeño por transformar su mundo, y a través de ellas, el de todos nosotros. Es hora de escucharlas, son ellas las que tienen mucho que enseñarnos sobre la vida y la paz, son ellas las que más han sufrido y resistido a la violencia en todas las formas en que es capaz de manifestarse esta alimaña. Por eso, son ellas las que saben mejor que nadie cómo caminar y hacer el camino de la paz, allí en el último rincón, donde todo es difícil para todos. Los guerreros han hablado de guerra mucho tiempo y los hemos oído en silencio, casi de manera complaciente; ahora vamos a escuchar a las mujeres campesinas, de todos los colores, ellas tienen los pies bien puestos en la tierra y tienen mucho que contar sobre la paz. Nosotras, mujeres de otros contextos y territorios, mujeres de ciudad que hemos tenido el privilegio de la paz, con la fortuna que esto implica para nuestras vidas, tenemos la ineludible tarea de trazar puentes entre todas estas formas femeninas de entender el mundo, de construir y re-construir los lazos rotos y de honrar la vida.
Foto: Soraya Bayuelo

Foto: Soraya Bayuelo

Foto: Soraya Bayuelo


Todas, unas y otras, tenemos la tarea de hacer y de contar esta historia, este otro relato sobre lo que hemos sido y lo que queremos ser; sobre lo común y lo corriente, y cómo allí, hemos habitado el sutil y casi imperceptible mundo de la paz, aún en los momentos más violentos de nuestro país. La memoria de lo cotidiano es femenina, aprendí hace muchos años en los libros, y luego, recorriendo de punta a punta este país. Esa manera tan particular de guardar pequeños objetos, papelitos, y fotos que solo cobran significado ante la remembranza del afecto y la emoción, es femenina, aún cuando sea también una práctica de los hombres. Es el momento de escudriñar en los cajones, en las libretas, en cada rincón de los recuerdos, y sacar a la luz cada rastro, cada pista que nos permita reconocer cuánto sabemos de la paz y qué tenemos que hacer para tejer vínculos entre nosotros mismos; para que todo lo que le pase a los demás, nos duela, nos alegre o nos conmueva. Para que nunca más, de ninguna manera, permitamos que se repita el horror y la soledad de la violencia. Es hora de escuchar y de aprender de esta manera femenina de estar en el mundo y de entender la vida. Muchas gracias. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

Sin razones para la violencia

Aquel avión, uno muy pequeño: con capacidad para unos 13 pasajeros, se dispuso a aterrizar en medio de una suave llovizna. Embotada y aislada por el ruido de los motores, me dediqué a mirar por la ventanilla. Acabábamos de sobrepasar el Parque Natural Los Picachos, enclavado en la Cordillera Oriental y allí, a la vera del río que parecía bailar de forma sinuosa y caprichosa la danza de la vida, alcanzaba a verse San Vicente del Caguán. Era julio de 1996 y mi segunda salida de campo, hace exactamente 20 años.  Todo, todo, era nuevo y ajeno para mi: la selva, los aviones militares en la pista, los soldados inexpresivos y su minuciosa requisa en el aeropuerto y los misioneros italianos con su cara rubicunda y casi angelical, esperándonos emocionados bajo el implacable sol. Llevábamos con nosotros una maleta llena de equipos para grabación y producción de audio, y un salvoconducto firmado por Juan Luis Mejía, director de Colcultura en ese entonces. Se trataba de un lánguido papel encabezado por la figura de un búho rojo, aquel membrete ya legendario del Instituto Colombiano de Cultura, que anunciaba de manera genérica nuestra misión de apoyar el montaje de la emisora comunitaria.  El documento estaba dirigido a las autoridades civiles y militares de la región, pero no puntualizaba quiénes eran exactamente sus destinatarios. El sentido quedaba abierto y ambiguo, igual que la realidad, pues claramente allí, en ese momento, la autoridad la ejercían otros actores además del Estado.
Foto: Santiago Alvarado
Foto: Santiago Alvarado

 Unas horas después estábamos hablando en la vicaría con la máxima autoridad religiosa: Luis Augusto Castro. Yo sabía muy bien quién era él, sabía que conocía como nadie este país, que llevaba años construyendo paz allí, en el margen, donde todo se hacía difícil para todos. Nos habló de la región, de cómo fue colonizada por campesinos desplazados que huían de otras violencias, que al final resultaron ser las mismas; de los cultivos de coca, de la fuerte presencia de las FARC y de cómo controlaban hasta los detalles más insignificantes de la vida cotidiana. Nos habló largamente de la poca legitimidad de un Estado que solo se hacía evidente para la gente en su versión más tosca, a través de los militares. Al día siguiente, 20 de julio, estábamos sentados junto a un joven Coronel viendo el desfile de los niños en la conmemoración del grito de la independencia. “¿Dónde estarán los guerrilleros ahora?”- dije casi para mi, pero en voz alta –  “Están aquí mismo entre nosotros y no hay manera de reconocer claramente quiénes son” -  dijo el Coronel mirando hacia el frente.  Me sorprendió la declaración y antes de que pudiera comentar nada siguió diciendo: - En un pueblo como este es muy difícil, casi imposible, trazar lineas tajantes que separen a la guerrilla que atacamos, de los civiles a los que defendemos; eso es lo que hace de esta guerra una locura, por eso el horror de tantas víctimas inocentes; al final nos estamos matando y no sabemos bien entre quiénes, ni por qué. Ese día, aquel Coronel me mostró también la hoja de coca – ¿no la conoce?- me preguntó sorprendido – mire a su alrededor, todo lo que vea verde es coca, se da en todas partes, más que hierba mala, acaba con todo a su paso y, lo peor, es que como vamos se va a convertir en la planta nacional- dijo con sarcasmo.

Foto: Santiago Alvarado
Durante los días que permanecimos allí recorrimos algunas veredas y hablamos largamente con los campesinos: hombres y mujeres ya cansados de poner los muertos y de estar en la mitad de una guerra que, sentían, no les pertenecía. En todas partes fuimos bien recibidos y no dejaba de parecerme paradójico que lo único que esta gente amable nos pedía era más presencia del Estado: más educación, más salud, más justicia, más protección, más bienestar. Derechos fundamentales que, de por si, debían estar garantizados, pero que desde allí eran percibidos como un lujo inalcanzable, restringido solo para unos pocos en las ciudades. Recuerdo bien haber tenido que presentar varias veces el salvoconducto durante el recorrido, sin poder establecer nunca quién lo solicitaba, pero con la absoluta convicción de que eran hombres de la guerrilla, quiénes se mostraban complacidos e incluso agradecidos por nuestra presencia allí. Un mes después el país entero se horrorizaba al conocer la noticia de la toma de la base militar de Las Delicias, en Putumayo, a unos cuantos kilómetros de donde habíamos estado. 27 militares muertos, 17 heridos, 60 secuestrados y un número indeterminado de guerrilleros muertos, fue el saldo final de un enfrentamiento que duró más de 17 horas. No fue difícil suponer que varios de los hombres que estaban aquel día en la plaza de San Vicente del Caguán, militares y guerrilleros, habrían muerto sin llegar a comprender nunca la razón de ser de semejante estupidez.

Foto: Santiago Alvarado


Un año después volví a San Vicente, antes de que liberaran a los soldados.  Nadie opinaba nada. Cuando intentábamos indagar la gente se adelantaba, agachaba la cabeza con tristeza y la pregunta ni siquiera  lograba formularse. Regresé hace poco y habían pasado muchas cosas mientras tanto: la región había sido declarada “Zona de Distensión” en el marco de las negociaciones entre el gobierno y las FARC; pero este intento fracasó y la población quedó aún más sola, estigmatizada y marginada, a merced de los enfrentamientos entre los grupos armados, incluyendo a los paramilitares. Volví sin saber mayores detalles de cómo había transcurrido allí la vida en este tiempo y me encontré con el reflejo de un país muy diferente al que había empezado a recorrer veinte años atrás.

Foto Santiago Alvarado

Volvimos como quién vuelve a una casa conocida, pues efectivamente, después de tantos años trabajando en campo, son muchos los amigos que se hacen en el camino. Esta vez llegamos a Florencia, la capital del Caquetá, y allí nos esperaba Alirio Gonzalez, una leyenda viva de la comunicación transformadora, y nuestro buen amigo y compañero en estas dos décadas. Juntos recorrimos el trayecto de 3 horas hasta San Vicente, y mientras avanzábamos,  la misma carretera se encargó de recordarnos el catálogo de los horrores allí cometidos: el asesinato del gobernador Jesús Ángel González, el asesinato de la familia Turbay Cote, el secuestro de Ingrid Betancourt y Clara Rojas y los atentados a la planta de Nestlé, son solo unos pocos que recuerdo hoy. A medida que avanzábamos, cada curva, cada árbol, cada seña en el camino recordaba un hecho atroz y vergonzoso para toda la humanidad. Todos estos hechos habían ocurrido en el pasado, algunos incluso antes de mi primera visita. Sin embargo algo era completamente diferente ahora: la forma en que el conductor se refería a ellos. Veinte años atrás nadie decía nada, todos evadían el tema, pues en aquel momento no valía la pena exponer la vida por una opinión y la gente actuaba como si no pasara nada. En este viaje, en cambio, el conductor expresaba abiertamente su posición sobre lo que había ocurrido y sobre lo que estaría por suceder en el marco de las actuales negociaciones de paz con las FARC.

Llegamos y a los pocos minutos fuimos a entrevistarnos con los maestros y gestores de la casa de la cultura y de la biblioteca. ¡Qué impresión!, parecía un pueblo diferente. La vitalidad era desbordante: entraban y salían niños revoloteando por todas partes; cargaban libros, instrumentos, partituras y vestuarios para el grupo de danza. El pueblo entero se preparaba para el Yariseño, un festival que hace homenaje a quiénes colonizaron la región a travesando las selvas del Yarí y que, aún en medio de la violencia y los violentos, apostaron firmemente por construir comunidad y ciudadanía. Hablamos largamente y durante varios días con Wilton, el director de Cultura, con el alcalde, con las promotoras y con la gente en la plaza.  Nos contaron con orgullo de sus proyectos, de sus instituciones, de cómo ha mejorado la infraestructura; de cómo han logrado hacerse un espacio en el consejo de planeación para incidir en las decisiones que les atañen a todos. Nos hablaron fuerte y claro sobre las FARC, sobre todo para exigir que no se les asocie más con ese grupo armado; nos dijeron que tienen miedo del proceso de paz, sienten que en cualquier caso: fracase, o no, ellos podrían salir mal librados.

Así pasamos varios días; al regresar por las noches al albergue aún se veía el movimiento frenético de la brigada de salud instalada al frente, donde eran atendidas cientos de personas de todas las condiciones y edades que venían de las veredas más lejanas. Además de los médicos había funcionarios de la alcaldía, del INCODER, del Bienestar Familiar, de la Gobernación y de muchas otras instituciones que no logré reconocer. Recordaba bien el día en que conocí a Alirio, allí mismo, la primera vez que fui; me dijo - “yo no hablo de los armados, no por que les tenga miedo, sino porque no se merecen mis palabras, no valen la pena. Tenemos que hablar de la gente increíble de los pueblos, esa que trabaja sin parar, de la que está construyendo instituciones, de las mujeres valientes que defienden el amor y la vida por encima de la muerte, de los vecinos, de los maestros, de los niños, de lo que piensan y de lo que imaginan y de cómo hacer realidad su sueños; de eso vale la pena hablar”. Allí, en el mismo jardín del albergue de la curia, casi 20 años después, Alirio hablaba emocionado del camino que han recorrido los pueblos del Caquetá, aún a pesar de los violentos: claramente ahora hay más educación, más salud, más justicia, más oportunidades. Allí, en San Vicente del Caguán, lejos aún de muchas cosas, volví a reafirmar, una vez más, que a este país se le empiezan a acabar las razones para la violencia, y que poco a poco, se ha ido llenado de motivos para la paz. 
Foto: Santiago Alvarado

sábado, 13 de febrero de 2016

Memoria para construir paz

Palabras leídas en el marco del Encuentro Regional: Periodismo y Comunicación para la paz en los Montes de María. El Carmen de Bolívar, 12 y 13 de febrero  de 2016.

Hace 20 años la vida nos juntó en torno al propósito de transformar la realidad a través de la palabra. Veníamos de mundos diferentes, cada quién traía consigo su historia, su camino y su propia versión de presente y de futuro;  no había manera siquiera de sospechar que tuviéramos mayor cosa en común y que pasaríamos tantos años caminando el camino acompañados. Al poco tiempo, de tanto hablar, a punta de escucharnos y de tanto andar y de reírnos, nos fuimos convirtiendo en movimiento. Juntos aprendimos del inmenso poder de la palabra y sumamos los empeños para que el relato público se volviera diverso, incluyente y democrático; apostamos por la comunicación ciudadana e hicimos de este empeño una manera de ser y estar en la vida.




En estos 20 años hemos trabajado, hemos discutido y nos hemos desencontrado para volvernos a encontrar, una y mil veces, en el mismo camino. Bailamos, cantamos, nos reímos y también lloramos juntos viendo como la violencia, y los violentos, intentaban acallar este relato colectivo y compartido. Pero fueron más fuertes las palabras que las balas, aún en los momentos más intensos de la confrontación armada, fue más contundente la fuerza arrolladora de la vida que la misma muerte.



Recuerdo, como si fuera ayer, abrazar a Soraya Bayuelo con lágrimas en el corazón, haciendo mío su dolor mientras pueblos enteros de los Montes de María eran implacablemente arrasados por los violentos. Pero también recuerdo, y tal vez hoy ese recuerdo pese más en mi memoria, verla serena y altiva mientras me cantaba: “la muerte me vino a buscar y yo le dije: ¡carajo respeta… conmigo, que nadie se meta!".  Ese día hace 16 años entendí muy bien, y para siempre, el significado de la dignidad y el poder de resistencia que anida en la palabra hecha relato, canción, y comunicación. En su canto, potente y profundo, se alcanzaban a oír las voces de muchas comunidades que habían decidido plantarle cara al miedo y espantarlo, literalmente, a punta de canciones. En su canto resonaba la voz de quienes saben bien lo que implica trabajar sin pausa, sembrar y cuidar para luego cosechar; era la voz de aquellos hombres y mujeres dispuestos a reconstruir y a volver a tejer con paciencia de pescador, una a una y cuantas veces fuera necesario, las redes y los lazos destruidos por la violencia.

En estos 20 años el mensaje ha sido solo uno: la comunicación debe hacer visibles todas las caras y debe dejar escuchar, fuerte y claro, todas las voces, todos los relatos, todos los debates. Mientras más versiones, puntos de vista y matices haya de la realidad; más posibilidades habrá de transformarla en un sentido plural, incluyente y democrático. Este movimiento entendió muy bien, y desde muy temprano, que su tarea más urgente era hacerle contrapeso a las versiones que reducían mundos ricos, complejos y coloridos a instantes de violencia. Los violentos y su discurso reduccionista invadían fácilmente cualquier escenario comunicativo. Durante años la prensa escrita, la radio y la TV, obnubiladas por la violencia, no lograban ver más allá de la sangre, las balas y el horror de un país que forcejeaba para no dejarse empaquetar y etiquetar en el obtuso mundo de los buenos y los malos, los ricos y los pobres, los amigos y los enemigos, las víctimas y los victimarios. La premisa de fondo también era sencilla, y a la vez inmensamente poderosa: si solo se visibiliza la violencia, si solo nos reconocemos como violentos, no tendremos otra opción que construir la realidad en claves de violencia y quedaremos atrapados eternamente en este estigma sin que sea fácil reconocer en el panorama mayores opciones de futuro.


Por su parte el correlato inverso resultó aún más poderoso y movilizador: si visibilizamos momentos de solidaridad, si hacemos evidente la capacidad de juntarnos y emprender proyectos colectivos, si hacemos visibles otras maneras de tramitar los disensos, más allá del acallamiento, y si nos reconocemos como ciudadanos competentes para agenciar cambios;  entonces tendremos la posibilidad de crear mundos nuevos en claves de paz y el futuro aparecerá como un escenario colorido lleno de matices y posibilidades. Lo dijimos, y en estos 20 años, de una u otra forma lo hemos cumplido, cada quien desde su historia, su camino y su propia versión de presente y de futuro, ha hecho de la comunicación un escenario de celebración permanente de la vida. Hoy el acuerdo con la guerrilla de las FARC está muy cerca de terminar con 52 años de confrontación armada y sabemos muy bien que la inequidad que se encuentra a la base del conflicto aún persiste; aún así hoy, dos décadas después, estamos preparados y confiamos en que la comunicación sea un escenario de construcción de paz  y de infinitos futuros posibles.

Sin embargo por mucho que nos esforcemos, la sola idea de crear mundos nuevos nos conduce irremediablemente al pasado, pues el futuro no es otra cosa que la experiencia del pasado proyectada en el tiempo.  La memoria, cuando es colectiva y es compartida, se expresa en la narración de lo que reconocemos como pasado común, y ese relato puede ser editado en tantas formas como versiones de la realidad existen.  Cediendo a la fascinación de la violencia, la historiografía en su versión más tradicionalista acostumbró a generaciones enteras a ver la historia en clave de violencia. La narración minuciosa, detallada y casi morbosa de las batallas, la construcción de personajes heróicos que justificaron la guerra, siempre al amparo de una causa justa, nos hicieron creer durante cientos de años que no teníamos otra opción que la violencia pues parecía que no conocíamos una experiencia diferente. Aun éste fantasma ronda en el imaginario de muchos colombianos, la idea de no haber tenido un solo día en paz en la historia de nuestra nación, simplifica terriblemente la realidad histórica y nos condena irremediablemente a un futuro violento. ¡Pero claro que sabemos qué es la paz!, por supuesto que la solidaridad, la convivencia, la concordia y la resistencia son experiencias vividas por nosotros y por millones de colombianos que nunca, ni en el peor de los momentos optaron por la violencia y, al contrario, de manera persistente se han empeñado en la vida a lo largo de la historia. Ustedes hermanos montemarianos que han nacido, vivido y crecido en medio del conflicto lo saben muy bien, saben que la organización social, el fortalecimiento institucional, las iniciativas productivas, culturales y deportivas, son la evidencia más contundente de que sabemos y entendemos lo que significa construir  paz.




Para eso, para entender  de dónde venimos y a  dónde queremos ir  es que sirve la memoria; ese relato que nos  junta, que nos hace saber que somos parte de un mismo empeño y que estamos sólidamente vinculados por el afecto y por la experiencia compartida. La memoria, que es como una gran colcha de retazos que nos arropa, se construye de rastros y registros: fotos, documentos escritos, objetos, grabaciones con relatos; y es nuestro deber proteger y guardar estos  documentos. De allí la importancia de los archivos, y especialmente de los archivos audiovisuales y sonoros, en tanto custodios de memoria durante el último siglo. Ellos guardan testimonios y pistas que nos hablan de lo que hicimos, de lo que fuimos, de lo que hoy somos y, por su puesto, de lo que queremos o no queremos ser. Los archivos son los guardianes de nuestra memoria y, en ellos, reposa la oportunidad de proponer distintas versiones de futuro; por eso  la importancia crucial de estos escenarios cuando nos preparamos para imaginar y construir un país en paz. 


La posibilidad de la verdad como eje de la reparación, de la garantía de la no repetición y como requisito indispensable para la reconciliación, anida,  en gran medida, en los rastros que dejamos y que guardamos en los archivos. Construir una verdad incluyente: que exprese distintas perspectivas, que nos permita darle algún sentido a tantos años y formas de violencia; y que nos convoque a reconstruir los lazos rotos, es una tarea que, inevitablemente tendremos que afrontar en el horizonte más cercano. Nos preparamos para reescribir un nuevo relato sobre nosotros mismos y, seguramente, serán los archivos el primer lugar donde acudiremos a buscarnos. Las huellas de los más mínimos actos cotidianos adquieren en este momento una importancia inusitada y es nuestro deber capturarlos, guardarlos y ordenarlos; hacer trascendente lo trivial en tanto expresión de este momento único en el que hemos decidido dar un giro hacia la paz.


Necesitamos, más que nunca, encontrar  evidencias concretas y tangibles que nos permitan construir la memoria de la paz, en tanto vivencia ya experimentada y compartida por comunidades enteras, y no como una utopía lejana y difícil de alcanzar. Necesitamos recuperar, conservar, ordenar y salvaguardar las voces y las imágenes que durante todos estos años han hecho de este, nuestro empeño compartido, un movimiento en permanente apuesta por la vida y la solidaridad. Necesitamos, a través de la memoria audiovisual, hacer evidentes todas las caras, todas las voces, todos los relatos, todos los debates, y a través de ellos, el poder transformador de la palabra a lo largo de los años. Necesitamos construir una memoria diversa, incluyente y participativa ahora más que nunca que nos disponemos a construir nuevas realidades llenas de color, de matices y de nuevas posibilidades. Muchas gracias.

La Misión

Una casualidad hizo posible que la vida continuara aquel 15 de abril de 1993; pero después de esa nube espesa de polvo ya nada sería igual. ...