domingo, 14 de abril de 2013

Volver a levantarse



- ¡Aló, mamá!... ya estamos aquí... si, nos fue muy bien, gracias... -

El carro avanza, rápido, muy rápido, tan rápido como se puede. La calle está vacía, se puede rápido, va solo, la música suena duro, muy duro, tan duro como se puede. El bajo sigue retumbando y por el panorámico pasan imágenes inconexas a toda velocidad, un edificio, luces blancas, luces rojas, ¡uf..la caseta de los dulces!, ¡mierda... el poste!, otra vez las luces, el piso mojado, blancas, rojas, blancas... todo da vueltas.

- Si... muy interesante, toda la semana en el seminario de formaciones musicales y el viernes salimos hacia Filandia a visitar a Jenny que está allí haciendo el rural... si, donde grabaron la novela...-

Hace frío y llueve un poco, tiene medio cuerpo fuera del carro y la cabeza mojada. Está sentado sobre los vidrios del panorámico, con las piernas dentro del carro y la mano derecha aun aferrada al timón -tengo que volver al hospital-, casi no hay gente en la calle, es lunes festivo, los carros pasan, nadie se detiene.

- ¿Y tu viaje, qué tal?... ¿cómo encontraste a los hombres de la casa, sobrevivieron sin ti?, ¿ya están todos en casa?... ¡ah claro..., Leo en turno...! bueno, hablamos mañana, vale...chaito -

Hay vidrios por todas partes – tengo que volver al hospital -, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿quién sabe?, todo fue muy rápido y ahora todo pasa muy lento, es imposible mantener los ojos abiertos. - Oiga, despierte, ¿está bien?, despierte, tengo que sacarlo de aquí, hay que llevarlo a una clínica-  - no, a una clínica no, al hospital, tengo que volver al hospital-. No es fácil pasarlo a la camioneta, pesa mucho y una de las piernas está muy mal herida, los carros pasan, nadie se detiene.

- !Ayúdenme por favor, este muchacho viene muy mal!-, todos corren y gritan al tiempo, todo es confuso, nadie entiende cómo y porqué el residente de ortopedia está en urgencias con traumatismo múltiple. - Hay qué inmovilizarlo y quitarle el dolor-, -¿qué pasó?, -¡no, se!-, -¿cómo que “no se”? - lo trajo un hombre en una camioneta pero desapareció, no alcanzamos a pedirle los datos-. Ya no llueve y los carros siguen pasando, solo él se detuvo... pero nunca sabremos quién fue.


----------

Aquella noche, en aquel instante, nuestra vida cambió. Mientras el bajo retumbaba y por el panorámico de mi hermano se asomaba el vértigo en forma de imágenes sueltas y luces blancas y rojas, la fatalidad decidía escogernos, escogerlo a él. Hubiera podido no salir del hospital, hubiera podido no ir tan rápido, hubiera podido usar el cinturón de seguridad. Si, hubiera podido, pero no fue así. Como si se tratara de un buen guión, el mundo ordinario se vio abruptamente interrumpido por el llamado de la fatalidad, y la vida, tal y como la conocíamos, nunca volvería a ser igual. -¡Tiene que verlo un ortopedista!-, -imposible, él es el ortopedista de turno, hay que trasladarlo a otra parte-. Hace 17 años estaba segura, la tragedia nos había cubierto con un gris pegajoso, difícil de limpiar. Hoy no puedo decir con certeza si la vida cambió para bien o para mal, es imposible saberlo, solo puedo decir que cambió, todos tuvimos que cambiar. Vamos juntos en la ambulancia, hacemos chistes, nos reímos, le digo que tiene suerte hubiera podido matarse, me dice que a veces, en esos casos, matarse es una suerte. Los carros pasan, ya no nos reímos más.

-Hay que hacer una arteriografía-, mi vocabulario de música e historiadora se enriquecía enormemente a medida que pasaban las horas, -encontraron varios coágulos circulando, hay peligro de muerte inminente-. Mi papá, también ortopedista, nos explicó: tendrían que operar de urgencia, había que instalar una red para atrapar los coágulos. Pasamos la noche en la cafetería de la clínica, hablando, riéndonos, recordando la infancia. Le contamos a Veruschka, su novia, con la que planeaba casarse en dos meses, que siempre había sido inquieto, algo loco y arriesgado, que probablemente ahí estaba el secreto de su encanto y de su genialidad, que cuando cumplió 15 años habíamos brindado porque había llegado a esa edad entero habiendo sobrevivido a un sin fin de aventuras. En un rincón de la cafetería le conté a Oscar cuánto quería y admiraba a Leo, mi hermano mayor, cómo me había enseñado a montar en bicicleta y a afrontar el miedo, del don que tenía para hacer que todo se volviera fácil y de cómo siempre, aún en la circunstancias más inesperadas, nos hacía reír. Recuerdo bien a Alfredo, mi hermano menor, callado, pensativo, pálido y un poco mareado con la situación, pero aún así riendo, haciendo de la risa una poderosa herramienta para conjurar la fatalidad. -¡todo salió bien! - qué felicidad, funcionó el conjuro, nos abrazamos, volvimos a reírnos,  mi mamá lloraba de emoción - ahora el problema es la arteria femoral, está muy mal-  -¿cómo?-,  -la arteria femoral es la que irriga la pierna, está muy lesionada a la altura de la rodilla, casi no hay circulación-. Otra vez la explicación de mi papá, -van, vamos, a hacer todo lo posible por salvar la pierna..., no soy muy optimista-. Ya no nos reímos más.

Después de esa noche nos instalamos en la Clínica Reina Sofía. Tal y como había dicho mi papá “harían todo lo posible” y fue en serio, pasaron 5 meses y 14 cirugías durante el intento. Era emocionante ver a tanta gente haciendo hasta lo imposible por salvar la pierna. Era emocionante y conmovedor estar rodeados de tanto cariño y solidaridad. Los médicos, el personal de la clínica, los amigos, la familia, todos compartían nuestra tristeza y celebraban nuestras pequeñas victorias. La vida se acomodó a la nueva circunstancia y la clínica se convirtió en parte de nuestra rutina. - vamos a hacerle unos exámenes, ya lo volvemos a traer-, - Si le duele mucho presione este botón para liberar más morfina-.  Veru pasaba la noche con él en un sofá que le quedaba corto y mis papás llegaban temprano en la mañana para que pudiera irse a trabajar. En cuestión de minutos salía del baño impecable, sin ojeras, con la tristeza bien maquillada y lista para ir a negociar con el sindicato de Bavaria. Mis viejos se quedaban toda la mañana y aprovechaban para hablar con los médicos y estar al tanto de las decisiones antes de ir al consultorio, -la rodilla está muy mal, pero no hay que descuidar la herida del tobillo, se está demorando mucho en sanar-. Por la tarde llegaba Oscar y aprovechaba para corregir exámenes entre carcajada y carcajada pues el humor negro estaba a la orden del día, - Vamos a poner un tutor externo-, -¿se va a parecer a Robocop?-, -si, algo así-. Alfredo y yo aparecíamos en cualquier momento, cuando la universidad y el trabajo lo permitían. Por la noche nos encontrábamos todos, hacíamos el balance del día y nos animábamos mutuamente para afrontar el día siguiente. Los carros no habían dejado de pasar, el mundo no se detenía y nosotros tampoco.

Por momentos pudo regresar a casa, era cuándo pensábamos que estaba respondiendo bien al tratamiento y nos sentíamos optimistas. Allí Alfredo era el encargado de las curaciones. Si, mi hermano menor, el estudiante de literatura, el intelectual, el que había declarado no querer ser médico porque no soportaba ver la sangre, el que se mareaba con los olores fuertes y las inyecciones, el mismo. Leo se mantenía en pie de lucha, nunca mejor dicho, y afrontaba con una tranquilidad pasmosa cada obstáculo que se presentaba, -Vamos a poner un injerto de piel... va estar un tiempo con las piernas cocidas entre si... tiene que regresar a la clínica... no funcionó, se perdió el injerto-. Pasaban los meses y a pesar del empeño las estrategias fracasaban, había perdido 20 kilos y había adquirido un color amarillento que no presagiaba nada bueno -aunque no tiene fiebre vamos a seguir suministrando antibióticos-. Un buen día, estando todos reunidos en la clínica se quedó callado, tomó impulso, y lo soltó -no nos digamos mentiras, todos sabemos que esto se soluciona amputando-. Se hizo de nuevo el silencio y el tiempo se detuvo, yo no podía creer lo que estaba oyendo, -estoy convencido, es mejor una buena prótesis que una mala pierna, y yo tengo la posibilidad de acceder a una buena prótesis-  A los pocos días estaba frente a la Junta Médica solicitando como paciente, cómo médico y como residente de ortopedia, que lo amputaran. No quería más dolor, no quería más morfina, quería volver a su vida, quería retomar sus estudios, quería casarse, quería dejar el eterno presente en el que se encontraba y quería volver a creer que el futuro era posible. Sin pierna, pero posible.

La junta no respondió -vamos a hacer un último examen porque hay cosas que no terminan de encajar en el cuadro clínico-, era un examen para descartar infección, -¿infección?, ¡pero si no tiene fiebre, y le están dando antibióticos!-. Estaba muy débil y cada vez se ponía más amarillo, empezaban a agotarse los chistes y la risa había dejado de funcionar como conjuro. El resultado del examen fue contundente y le evitó a la Junta Médica la dificultad de tomar una decisión en torno a la cual no había unanimidad. -Osteomielitis- dijo el doctor – hay infección en el hueso, tenemos que amputar-. Aquel día Leo me dijo algo que quedaría resonando en mi interior hasta el día de hoy, -Deja esa cara, ahora estamos mejor, los problemas son problemas cuando podemos tomar decisiones e incidir sobre ellos, aquí ya no hay nada que hacer, tienen que amputar, no hay duda. Esto ya no es un problema, simplemente es una situación, lo que hay que hacer ahora es acomodarse a esta nueva situación-.

Los días que siguieron a la amputación, antes de que recibiera la prótesis, quedarán grabados para siempre en lo más profundo de mi conciencia. La indicación era clara, teníamos que someterlo a un entrenamiento intensivo para que lograra el máximo de autonomía. Tenía que aprender a desplazarse saltando en una sola pierna, lo empujábamos de manera inesperada y, cuando caía, tenía que levantarse solo, no podíamos ayudarlo, - tiene que aprender a caer y a levantarse tantas veces como caiga-. Aprender a caer y a levantarse, ahí estaba la clave de todo, ahí sigue estando, esa fue la gran lección. Estrenó la prótesis el mismo día en que se casó, ¡ese es Leo!, caminaron con Veru por entre la calle de honor, despacio, con dignidad y orgullo, ante la mirada empañada por las lágrimas de todos los que estábamos allí. Era el final de un capítulo dramático y el comienzo de una nueva vida marcada por el empeño de volver a levantarse, una y otra vez, tantas veces como fuera necesario.

Han pasado más de 17 años y hoy mi hermano es un reconocido cirujano de columna. Casi nunca habla de su accidente o de su prótesis, no por negación, sino porque no es un tema, ya no es un tema. La prótesis la usa sin ningún accesorio cosmético porque está convencido de que no gana nada intentando disimular con maquillaje lo evidente, que no tiene pierna. En estos años ha operado y ha aliviado el dolor de cientos de pacientes, en Colombia y por el mundo entero. En estos años ha caído y se ha levantado cientos de veces con la misma sonrisa de siempre. En estos años nos ha mostrado una y mil veces que, hasta la peor de las situaciones, puede volverse algo fácil de afrontar si sabemos cómo enfocarla. En estos años no ha dejado de hacernos reír aún en las circunstancias más inesperadas. Cómo me gustaría saber quién fue aquel hombre de la camioneta, el único que se detuvo, el que lo llevó hasta el hospital, el que hizo posible una vida llena de buenos momentos. Esté donde esté se merece lo mejor del mundo y todo mi agradecimiento. Los carros no dejan de pasar, casi nadie se detiene, pero nosotros volveremos a levantarnos una y mil veces, tantas como sea necesario.





Un viaje a la orilla del tiempo

Este texto fue publicado originalmente en la web de Señal Memoria  https://www.senalmemoria.co/articulos/35-anos-despues-yurupari-regreso-ma...