domingo, 29 de mayo de 2011

Nos necesitamos

Crecí a orillas de dos de los ríos más grandes y caudalosos del mundo, en Puerto Ordáz, al oriente de Venezuela, allí donde el Orinoco se encuentra con el Caroní antes de desembocar en el Atlántico. Teníamos un pequeño bote con motor fuera de borda en el que recorrimos el Caroní infinitas veces con mi viejo, mis hermanos y, algunas veces, mi mamá. La presencia de los ríos y la imponencia de sus raudales nos recordaban permanentemente la justa dimensión de lo humano en relación a la naturaleza. Aquella belleza e inmensidad del paisaje siempre me inspiró respeto. A pesar de que alguna vez estuvimos a punto de dejar allí la vida, en ningún momento se me ocurrió pensar que el río podría llegar a ser una amenaza para la población. Viviendo en Bogotá, entre las montañas de los Andes, mi relación con los ríos cambió sustancialmente, casi casi hasta el punto de olvidarlos por completo.

Hace unos meses, con el inicio de la temporada de lluvias en Colombia, los ríos volvieron a adquirir una presencia significativa en mi vida. En estos meses las fuertes lluvias han provocado el desbordamiento de varios ríos que arrasaron a su paso poblaciones enteras. El panorama es desolador, 3 millones de personas damnificadas y pérdidas que ya se cuentan en billones de pesos colombianos, la mayor tragedia invernal en los últimos 60 años. Es aún mayor el desconsuelo cuando uno se entera que este desastre está relacionado, en un nivel global, con el cambio climático impulsado por los propios seres humanos; y en un nivel local, con la mala gestión ambiental y el poco interés por la prevención. No se trata solo del desafortunado resultado de un fenómeno natural, es un desastre que ocurre con la complicidad humana. En muchos casos los ríos han recuperado el terreno que los humanos les habían arrebatado y, en otros casos, se trata de tragedias anunciadas que hubieran podido evitarse con un poquito de voluntad política.

No se nada de ambientalismo, ni de prevención de desastres, pero desde hace varias décadas son unánimes las voces expertas que gritan, con desespero, que estamos haciendo las cosas mal ¿Por qué no detenerse un momento para intentar oír lo que que nos tienen que decir? Es evidente y se cae de su peso; no es viable un sistema económico que pretende crecer de manera ilimitada en un mundo donde los recursos son limitados. La rapiña por la tierra, los minerales, los hidrocarburos y el agua nos está condenando a tragedias como las que hoy se viven en Colombia y en muchas otras partes del mundo. Es evidente y se cae de su peso, pero sin embargo no hay voluntad para cambiar esta forma de actuar ni de pensar. Es como si, a pesar de la sofisticación de los sistemas educativos contemporáneos, no se estuviera impartiendo la lección básica de cualquier comunidad: nos necesitamos y, por eso, tenemos que aprender a cuidarnos mutuamente. Una regla de oro elemental de donde surgen los lazos que permiten la pertenencia y permanencia de cualquier grupo humano. La sostenibilidad de las comunidades tiene que ver con su capacidad de ser solidarias en el presente y con las generaciones futuras. Tiene que ver con su capacidad de cuidar los recursos naturales y de asumir lo humano como una parte que pertenece a un todo, compuesto además por el aire, el agua, la tierra y los otros seres vivos.

Los domingos en las madrugadas, cuando salíamos en nuestro bote a recorrer el río, mi papá nos hablaba de los tepuyes, unas altísimas y antiquísimas formaciones rocosas que se encuentran al sur de Puerto Ordáz y que hacen parte del Macizo Guayanés. Uno de los más famosos es el Ayuantepuy, desde donde se desprende la catarata del Salto Ángel con una caída ininterrumpida de 1 kilómetro. Estas rocas tienen más de 3 mil millones de años, es decir que están allí, prácticamente, desde que se creó la tierra. Siempre que pienso en los tepuyes, y en sus 3 mil millones de años, me doy cuenta de lo pretenciosos y arrogantes que somos como especie. En menos de 2 siglos, y a pesar de contar con sistemas complejos de información y conocimiento, nos hemos encargado de interferir en procesos naturales milenarios y acabar con recursos que son indispensables para nuestra propia supervivencia. Es evidente, y se cae de su peso, que no es una forma de actuar inteligente.

¿Qué tendríamos que hacer para entender e incorporar la solidaridad como práctica? Tal parece que los preceptos del Desarrollo Sostenible no pasan de ser fórmulas discursivas políticamente correctas. Discursos vacíos que no se corresponden, en absoluto, con las prácticas. Son evidentes las prioridades de los gobiernos de América Latina y de gran parte del mundo. Las actividades extractivas, como la minería, están a la orden del día en la región y no parece haber forma de parar esta tendencia. Hace años que, desde la academia, se viene advirtiendo acerca de los daños ambientales y los complejos conflictos sociales y económicos que hay al rededor de la economía extractiva. Aún así, los gobiernos parecen estar dispuestos a pagar el precio que sea con tal de llevar a cabo estos proyectos. La promesa del desarrollo sigue deslumbrando con su brillo engañoso, a pesar de los riesgos que se corren al poner en peligro recursos esenciales como el agua, la tierra y la misma biodiversidad. En algunas partes del mundo son las mismas comunidades las que han tomado la iniciativa, en la India el movimiento Chipko impulsado por mujeres que se abrazaban a los árboles para impedir su tala masiva; o en Kenia el movimiento “Cinturón Verde” que ha impulsado la siembra de millones de árboles y la recuperación de ecosistemas completos, son algunos ejemplos de que es posible resistir, de forma pacífica, a la implacable locomotora del desarrollo en su versión más devastadora.

¿Será que en América Latina tendremos que llegar a un punto crítico comparable para empezar a defender recursos que condicionan nuestra supervivencia y la de generaciones futuras? Por ahora hay cierto aletargamiento colectivo. A pesar de las alarmas, para la gente en Colombia no parece haber conexión alguna entre la tragedia invernal, las millonarias pérdidas, y la propia actuación de los gobiernos, las industrias y los ciudadanos. Detrás del modo en que se afronta la gestión ambiental, y se concibe la búsqueda del desarrollo, hay decisiones. Podemos optar, o no, por distintos modos de desarrollo. Podemos tomar la decisión de extraer los recursos de manera intensiva, hasta que se acaben, a cambio de un aparente bienestar en el corto plazo para unos pocos; o podemos optar por pensar a largo plazo y garantizar la calidad de vida de todos y nuestra supervivencia como comunidad. Cualquiera que sea la decisión que tomemos implica un debate colectivo que, por lo menos en Colombia, no se ha dado. Es algo que nos incumbe a todos, no solo a los políticos y a los ambientalistas, y que obedece a un principio sencillo pero profundo: nos necesitamos y, por eso, tenemos que aprender a cuidarnos mutuamente.

domingo, 1 de mayo de 2011

El maestro

Sool, faa, sii, mii, ree, sii, dooooo... reeee mii... cantaba y sus manos bailaban suavemente marcando el ritmo y el carácter de la pieza, hasta el punto en que era fácil llegar a imaginar al mismo cisne que, en su momento, había inspirado a Camile Saint-Saens, – respira …!! nunca, nunca se te olvide respirar..!! pausa...dos, tres, respira... prepara la siguiente frase y... mejor, mucho mejor...

Tenía fama de bravo, estricto y muy exigente. La fama no era del todo errónea, en realidad era bravo, estricto y muy... muy exigente. Es cierto que hablaba fuerte, pero no infundía temor, al contrario, en mi generaba una sensación de seguridad difícil de describir y de repetir. Además era gracioso, tenía una sonrisa generosa y un maravilloso sentido del humor que sacaba a relucir aun en los momentos más inesperados. Era muy alto y un poco encorvado e invariablemente estaba con un cigarrillo y una taza de café en las manos. Así como algunos dicen que hay personas que se parecen a sus perros, yo siempre he pensado que el maestro tenía personalidad de violonchelo. Tenía cierto aire melancólico que se reforzaba aquellos días de suave lluvia, con su andar pausado, el paraguas abierto y su larga gabardina.

El día en que lo iba a conocer casi me devuelvo por el pasillo antes de tocar la puerta, sus gritos se alcanzaban a escuchar hasta las escaleras que conducían al segundo piso en el edificio del Conservatorio. Sin embargo, cuando me disponía a dar media vuelta, abrió la puerta y dijo – tú, si tú... pasa. En el salón estaba un muchacho menor que yo, con su violonchelo, un poco asustado y tan sorprendido como yo. Antes de que pudiéramos entender nada el maestro le dijo - otra vez - y el niño de inmediato empezó a tocar.

No recuerdo la pieza, pero recuerdo que sonaba bien, mucho mejor de lo que yo podía tocar. Cuando terminó, el maestro me miró fijamente y preguntó – y..., ¿qué te pareció? Casi no podía hablar, estaba apabullada con la situación, finalmente con un hilito de voz dije -está bien  -¿está bieeen?... gritó él - ¡claaaaro que está bien !, está bien, pero NO suena bien, y no suena bien porque Él no cree que esté bien, tiene miedo y la música con miedo suena miedosa... aunque esté bien. Ahora... explícale ¿por qué está bien? Empecé tímidamente a hablar de la afinación, del ritmo y de la manera de pasar el arco, muy incómoda por estar entrometiéndome en la clase de otro alumno que, aunque menor, era más avanzado que yo.

El maestro volvió a preguntar -¿cómo lo tocarías tu?...  -No, yo aún no puedo tocar esa pieza, me apresuré a decir, y el insistió - no pregunté si podías tocarla, sino ¿cómo la tocarías? quiero que te veas y te escuches a ti misma tocando esa pieza... Empecé a imaginar y a describir minuciosamente cómo la tocaría, cuando terminé de hablar el otro alumno se había ido. El maestro me pidió que sacara mi violonchelo y sin darme oportunidad de decir nada puso en el atril la partitura que el otro alumno acababa de tocar y dijo – quiero que hagas exactamente lo que acabas de decir e imaginar...toqué la pieza, por primera vez, y para sorpresa mía, no solo pude tocarla sino que sonó muchísimo mejor de lo que yo misma hubiera podido esperar.

Estas fueron mis primeras tres lecciones con el maestro Manolov, en menos de 20 minutos me había mostrado que es posible aprender cuando se intenta enseñar, que si se logra anticipar una situación nueva es mucho más fácil enfrentarla; y que si se tiene miedo, todo lo que uno haga, diga o toque, va a sonar miedoso... aunque esté bien. El maestro me enseñó a mi, y a toda una generación de chelistas colombianos, una manera de pensar y de abordar, no solo la música, sino la vida misma. Repetía de manera insistente que si se afrontaba un pasaje complicado, era necesario descomponerlo en pedacitos e ir abordando el problema paso a paso. Que muchas veces la inseguridad no era otra cosa que miedo a lo desconocido, así que si lográbamos visualizar y representar la situación con anticipación, lograríamos vencer el miedo, empezaríamos a creer en nosotros mismos y, en ese momento, seríamos capaces de afrontar cualquier reto.

Svetoslav Manolov había llegado a Colombia para pasar una temporada a mediados de los años ochenta y luego regresó definitivamente en 1988, año en que yo lo conocí. Era un orgullo verlo en el escenario tocando como solista, acompañado al piano por su esposa o con la orquesta, como jefe de la sección de chelos o incluso dirigiendo la camerata de cuerdas. Además de las clases individuales daba clases grupales, sesiones realmente magistrales en las que se hacía evidente que para enseñar a tocar un instrumento no basta con ser un buen intérprete, es necesario un vasto conocimiento pedagógico y una profunda vocación que solo puede surgir de quién, generosamente, ha aceptado compartir y transmitir todos los secretos de su oficio. Nosotros, sus alumnos, nos sabíamos privilegiados de tenerlo como maestro, y entendíamos muy bien que esa era una oportunidad que no se repetiría fácilmente en un contexto como el nuestro. Un día cualquiera hace 16 años, dando una clase, la muerte entró de manera impertinente a su propia casa y en unas pocas horas se lo llevó. Yo finalmente no me dediqué al violonchelo, siguiendo sus mismas enseñanzas entendí que mi camino era otro y que tenía la fuerza suficiente para cambiar de rumbo, porque esa había sido mi decisión.

Muchas veces me pregunto si los maestros de música serán conscientes de la influencia que pueden llegar a ejercer en sus jóvenes alumnos; tantos años después y, aun hoy, no pasa un solo día sin que recuerde y aplique muchas de las lecciones del mío. Cuando toco el chelo es como si lo reviviera, lo veo ahí sentado hablándome, levantando las cejas y haciendo aquellos particulares y graciosos gestos que hacía para que uno supiera si estaba, o no, haciendo las cosas bien. Entonces no solo mi violonchelo suena mejor, sino que muchas veces al terminar de tocar, tengo una mayor certeza de qué hacer y hacia dónde dirigirme. Hoy muchos de sus antiguos estudiantes son reconocidos músicos, aquí y en otras partes del mundo, y por su puesto, también se dedican a enseñar. Quiero pensar que cada vez que suena un violonchelo de ellos, o de alguno de sus alumnos, a través de la música se transmite no solo su belleza intrínseca, sino el conocimiento acumulado de alguien que tuvo el don de transformar la vida de los otros, el maestro Manolov.





Habitar el tiempo de los otros

Este articulo fue publicado en la revista Ranchería del Fondo Mixto de la Cultura y las Artes de La Guajira . Abril de 2017. Edición No. 17 ...