domingo, 1 de mayo de 2011

El maestro

Sool, faa, sii, mii, ree, sii, dooooo... reeee mii... cantaba y sus manos bailaban suavemente marcando el ritmo y el carácter de la pieza, hasta el punto en que era fácil llegar a imaginar al mismo cisne que, en su momento, había inspirado a Camile Saint-Saens, – respira …!! nunca, nunca se te olvide respirar..!! pausa...dos, tres, respira... prepara la siguiente frase y... mejor, mucho mejor...

Tenía fama de bravo, estricto y muy exigente. La fama no era del todo errónea, en realidad era bravo, estricto y muy... muy exigente. Es cierto que hablaba fuerte, pero no infundía temor, al contrario, en mi generaba una sensación de seguridad difícil de describir y de repetir. Además era gracioso, tenía una sonrisa generosa y un maravilloso sentido del humor que sacaba a relucir aun en los momentos más inesperados. Era muy alto y un poco encorvado e invariablemente estaba con un cigarrillo y una taza de café en las manos. Así como algunos dicen que hay personas que se parecen a sus perros, yo siempre he pensado que el maestro tenía personalidad de violonchelo. Tenía cierto aire melancólico que se reforzaba aquellos días de suave lluvia, con su andar pausado, el paraguas abierto y su larga gabardina.

El día en que lo iba a conocer casi me devuelvo por el pasillo antes de tocar la puerta, sus gritos se alcanzaban a escuchar hasta las escaleras que conducían al segundo piso en el edificio del Conservatorio. Sin embargo, cuando me disponía a dar media vuelta, abrió la puerta y dijo – tú, si tú... pasa. En el salón estaba un muchacho menor que yo, con su violonchelo, un poco asustado y tan sorprendido como yo. Antes de que pudiéramos entender nada el maestro le dijo - otra vez - y el niño de inmediato empezó a tocar.

No recuerdo la pieza, pero recuerdo que sonaba bien, mucho mejor de lo que yo podía tocar. Cuando terminó, el maestro me miró fijamente y preguntó – y..., ¿qué te pareció? Casi no podía hablar, estaba apabullada con la situación, finalmente con un hilito de voz dije -está bien  -¿está bieeen?... gritó él - ¡claaaaro que está bien !, está bien, pero NO suena bien, y no suena bien porque Él no cree que esté bien, tiene miedo y la música con miedo suena miedosa... aunque esté bien. Ahora... explícale ¿por qué está bien? Empecé tímidamente a hablar de la afinación, del ritmo y de la manera de pasar el arco, muy incómoda por estar entrometiéndome en la clase de otro alumno que, aunque menor, era más avanzado que yo.

El maestro volvió a preguntar -¿cómo lo tocarías tu?...  -No, yo aún no puedo tocar esa pieza, me apresuré a decir, y el insistió - no pregunté si podías tocarla, sino ¿cómo la tocarías? quiero que te veas y te escuches a ti misma tocando esa pieza... Empecé a imaginar y a describir minuciosamente cómo la tocaría, cuando terminé de hablar el otro alumno se había ido. El maestro me pidió que sacara mi violonchelo y sin darme oportunidad de decir nada puso en el atril la partitura que el otro alumno acababa de tocar y dijo – quiero que hagas exactamente lo que acabas de decir e imaginar...toqué la pieza, por primera vez, y para sorpresa mía, no solo pude tocarla sino que sonó muchísimo mejor de lo que yo misma hubiera podido esperar.

Estas fueron mis primeras tres lecciones con el maestro Manolov, en menos de 20 minutos me había mostrado que es posible aprender cuando se intenta enseñar, que si se logra anticipar una situación nueva es mucho más fácil enfrentarla; y que si se tiene miedo, todo lo que uno haga, diga o toque, va a sonar miedoso... aunque esté bien. El maestro me enseñó a mi, y a toda una generación de chelistas colombianos, una manera de pensar y de abordar, no solo la música, sino la vida misma. Repetía de manera insistente que si se afrontaba un pasaje complicado, era necesario descomponerlo en pedacitos e ir abordando el problema paso a paso. Que muchas veces la inseguridad no era otra cosa que miedo a lo desconocido, así que si lográbamos visualizar y representar la situación con anticipación, lograríamos vencer el miedo, empezaríamos a creer en nosotros mismos y, en ese momento, seríamos capaces de afrontar cualquier reto.

Svetoslav Manolov había llegado a Colombia para pasar una temporada a mediados de los años ochenta y luego regresó definitivamente en 1988, año en que yo lo conocí. Era un orgullo verlo en el escenario tocando como solista, acompañado al piano por su esposa o con la orquesta, como jefe de la sección de chelos o incluso dirigiendo la camerata de cuerdas. Además de las clases individuales daba clases grupales, sesiones realmente magistrales en las que se hacía evidente que para enseñar a tocar un instrumento no basta con ser un buen intérprete, es necesario un vasto conocimiento pedagógico y una profunda vocación que solo puede surgir de quién, generosamente, ha aceptado compartir y transmitir todos los secretos de su oficio. Nosotros, sus alumnos, nos sabíamos privilegiados de tenerlo como maestro, y entendíamos muy bien que esa era una oportunidad que no se repetiría fácilmente en un contexto como el nuestro. Un día cualquiera hace 16 años, dando una clase, la muerte entró de manera impertinente a su propia casa y en unas pocas horas se lo llevó. Yo finalmente no me dediqué al violonchelo, siguiendo sus mismas enseñanzas entendí que mi camino era otro y que tenía la fuerza suficiente para cambiar de rumbo, porque esa había sido mi decisión.

Muchas veces me pregunto si los maestros de música serán conscientes de la influencia que pueden llegar a ejercer en sus jóvenes alumnos; tantos años después y, aun hoy, no pasa un solo día sin que recuerde y aplique muchas de las lecciones del mío. Cuando toco el chelo es como si lo reviviera, lo veo ahí sentado hablándome, levantando las cejas y haciendo aquellos particulares y graciosos gestos que hacía para que uno supiera si estaba, o no, haciendo las cosas bien. Entonces no solo mi violonchelo suena mejor, sino que muchas veces al terminar de tocar, tengo una mayor certeza de qué hacer y hacia dónde dirigirme. Hoy muchos de sus antiguos estudiantes son reconocidos músicos, aquí y en otras partes del mundo, y por su puesto, también se dedican a enseñar. Quiero pensar que cada vez que suena un violonchelo de ellos, o de alguno de sus alumnos, a través de la música se transmite no solo su belleza intrínseca, sino el conocimiento acumulado de alguien que tuvo el don de transformar la vida de los otros, el maestro Manolov.





2 comentarios:

  1. María Isabel Quintero1 de mayo de 2011, 11:21

    Hermoso Tatiana, me conmovió al punto de revivir en mi los episodios de mis 7 años junto al maestro, muchas gracias! lo he compartido tambien con mi hija Laura, joven violinista de 19 años, quien está metida en aquellos duros embates musicales, en medio los cuales que solo un maestro nos puede tender la mano, y la mano del maestro Manolov aún está al alcance!

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  2. María Isabel gracias a ti por tus palabras...!! Tu hija Laura tiene 19 años !! increíble cómo pasa el tiempo, te recuerdo muy bien con el chochecito adelante y el chelo colgado a la espalda. Dale un abrazo de mi parte y mucho ánimo en su carrera musical.

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