martes, 27 de noviembre de 2012

Minueto en Sol Mayor

Ese año, al cumplir los 9, me regalaron el piano. Era un piano vertical, muy fino, maravilloso. Mi papá me enseñó a admirarlo, no solo por su capacidad de producir sonidos bellos, sino por el ingenio implícito en su mecanismo. Palancas, martillos, correas de transmisión y fieltros que se movían de manera sincronizada y, en un acto mágico, adquirían el poder de transformar el sonido en música y la música en felicidad. 

El minueto en Sol Mayor de Beethoven fue la primera pieza que pude tocar en el piano para acompañar a mi papá en el violín. Con esa pieza sellamos un pacto de complicidad entre los dos que duraría para siempre. 

Hoy, nuevamente, mi papá anda forcejeando con la muerte, su corazón está cansado y hace unos días amenazó con dejar de latir. Con esta pieza, en una de las versiones que más me gusta, hago un homenaje a mi papá y a su increíble capacidad de hacer de mi una persona feliz.

martes, 18 de septiembre de 2012

Oír a los demás: La comunicación como posibilidad de reconciliación

16 años, ya casi dos décadas recorriendo este país de punta a punta y en los rincones más recónditos. Allí donde nada es fácil, donde todo es escaso, donde la gente se hace invisible para sí misma y para los demás. Allí donde incluso la palabra es un privilegio que solo unos pocos se pueden permitir. Años y años acompañando a las comunidades a hacer radio, oyendo cientos de historias mínimas y cotidianas, en todos los acentos, colores y sabores que este país diverso es capaz de producir. 



Son muchos los kilómetros recorridos, los suficientes como para hacer un alto, mirar atrás y preguntarse por las lecciones aprendidas. Todo tiene que ver con la comunicación. Con el acto mágico de ponerse en el lugar de los demás y, por un instante, hacer nuestras sus historias, sus problemas, sus alegrías, sus penas y sus sueños. De eso se trata la comunicación en su sentido más profundo. De su poderosa capacidad de hacer posible la empatía y, una vez allí, en el lugar de los demás, atreverse al diálogo y al consenso, pero también a la deliberación y al desacuerdo, y por su puesto, a la reconciliación y a la solidaridad. Si, de eso se trata, de usar la palabra para transformar y de estar dispuestos a dejarnos transformar en el intento.



Hoy puedo decir con absoluta certeza que lo que más sé en esta vida es escuchar. Desde muy pequeña he sido entrenada para oír, para descifrar e interpretar sonidos musicales; y en estos últimos 16 años me he ido entrenando en la difícil tarea de escuchar a otras personas. Oír otras voces y luego hacer todo lo posible porque esas palabras sean escuchadas por más gente y adquieran el inmenso poder de transformar, para mejor, la vida de los otros. De eso se trata mi trabajo, eso es lo que hacemos en Caracola, la organización que creamos hace unos años con mi compañera Jeanine. Trabajamos para que las comunidades cuenten... y sean tenidas en cuenta, dice nuestro lema. Así resumimos nuestra particular manera de entender y asumir la comunicación.





Hay historias que se repiten una y otra, y otra vez a lo largo de los años. Hemos oído una y mil veces relatos de cómo la gente ha tenido que abandonar sus tierras huyendo de una violencia absurda producida consciente y deliberadamente por otras personas. Hemos oído una y mil veces acerca del abandono allá donde el territorio se hace inmenso y parece desbordar la capacidad de un Estado que, en el margen, se vuelve pequeñito e insignificante. Pero también hemos oído historias de funcionarios valientes que, en contra de todo, han hecho todo por llevar algo de presencia institucional hasta el último de los rincones. Hemos oído historias de comunidades que han encontrado las formas más inusitadas de enfrentar el miedo y la violencia; que han logrado convertir la alegría, la música, la comida y cada instante de cotidianidad en una afirmación contundente de esperanza a favor de la vida. 



Hemos oído la voz de quienes han sido víctimas de todas las formas posibles de violencia. Pero también hemos oído la voz de personas que han hecho parte de grupos armados ilegales y que, de manera consciente y deliberada, han causado lágrimas y sufrimiento infinito a otras personas. 

Aquel día, cuando por primera vez me enfrenté al duro desafío de escuchar a los victimarios, con todo lo que implica escuchar, despojándome de mis propias rabias y dejando abierta la posibilidad de ser transformada también por sus relatos, entendí el enorme potencial de la comunicación en la reconciliación. En principio lo sabía, lo había leído en palabras expertas de sabios pacifistas y eruditos investigadores en la época en que hice el doctorado. Cientos de páginas, miles de palabras expertas hablando de la importancia fundamental de generar espacios de comunicación entre las distintas partes para poder reconstruir las relaciones rotas y para poder hacer las paces. Pero solo hasta ese día entendí bien de qué se trataba.


-Soy desmovilizado de las AUC – dijo aquel hombre con firmeza, casi desafiante. - Me desmovilicé pero no porque yo lo haya decidido, alguien más lo decidió por mí, del mismo modo en que años atrás alguien decidió que debía hacerme paramilitar-. !Qué difícil escucharlo!, era imposible no pensar en las miles de víctimas despojadas y ultrajadas mientras aquel hombre hablaba de frente, sin mirar a nadie en especial. Era imposible no sentir odio, el mismo que ciega y que impide que veamos y oigamos más allá de lo evidente - No decidí entrar ni salir de las AUC- dijo el hombre, - pero ahora que estoy desmovilizado puedo decidir quedarme de este lado y empezar una nueva vida- Fue ahí que algo cambió en mi y empecé a escucharlo de verdad. Comprendí que en las palabras simples de aquel hombre de guerra anidaba la remota posibilidad de un futuro en paz para todos.

Así como ocurrió conmigo, ocurrió con otras personas que participaban de aquel taller. Miembros de comunidades golpeadas por la violencia, la pobreza y la discriminación. Gente que había aceptado el difícil reto de sentarse en la misma mesa a trabajar con personas desmovilizadas porque vieron en ese acto la remota posibilidad de un futuro en paz.

Así inició uno de los desafíos más duros de mi vida profesional y personal. Durante un año, en el 2008, estuvimos oyendo con atención las historias de hombres y mujeres excombatientes de la guerrilla y de los paramilitares. Historias que fueron plasmadas por nuestro equipo de trabajo y el de la Fundación Imaginario en una serie de 40 programas radiales y 14 programas de televisión. Historias que además fueron narradas en el marco de nuestros talleres por los mismos desmovilizados y por la gente de las comunidades que los estaban recibiendo. 


Jeanine y yo asumimos la dirección de contenidos, tanto para radio como para televisión. Tuvimos que tomar muchas decisiones para poder enfocar estas historias. Lo sabíamos muy bien, durante años las noticias han privilegiado la voz y la perspectiva de los violentos. Es tanta la fascinación mediática por la violencia que se visibilizan, casi de manera exclusiva, los actos de los victimarios, sus comunicados, sus voces y a ellos mismos en tanto guerreros. La otra perspectiva, la de las comunidades que resisten pacíficamente en medio de la violencia, que han sufrido lo indecible y que han sido victimizadas, casi no aparece en la fugacidad de los medios noticiosos. Las pocas veces que aparecen las comunidades en las noticias son visibilizadas exclusivamente en su condición de víctimas y asociadas solo a hechos violentos. Este enfoque estigmatiza y simplifica la vida de personas que tienen nombre, pasado, presente y una perspectiva muy clara del futuro que quieren construir.

El reto no era nada fácil ¿qué visibilizar?, ¿cómo orientar los relatos para que en realidad aportaran a la convivencia y a la construcción de paz? Los riesgos eran múltiples, podíamos fácilmente terminar reforzando la perspectiva de los violentos e incluso, en el peor de los escenarios, justificando sus actos atroces, irrespetando a las comunidades victimizadas y alimentando sentimientos de venganza. 


Construimos un marco de lo que debíamos visibilizar y cómo lo queríamos enfocar. Tomamos la decisión de centrarnos en aquellos relatos que mostraban lo absurdo de la violencia, tanto para las víctimas como para los mismos victimarios. Priorizamos aquellos testimonios que alertaban a jóvenes sobre el error de ingresar a las filas de los grupos armados así como aquellos que invitaban a otros combatientes a dejar las armas. Visibilizamos experiencias de trabajo conjunto entre personas desmovilizadas y las comunidades receptoras mostrando que, aunque difícil, es posible pensar en esta posibilidad.

En el marco de los talleres orientamos la construcción de relatos que mostraran distintas perspectivas de distintos sectores, en relación al hecho complejo de convivir con personas excombatientes. Conformamos colectivos mixtos de trabajo donde se mezclaron excombatientes y personas de las comunidades receptoras. Durante los 4 días que duraba cada taller las personas de cada equipo tuvieron que escucharse mutuamente y ponerse de acuerdo en relación a la historia que querían contar y cómo querían contarla. 

Eramos conscientes de que el proceso de desmovilización y reintegración tenía lugar en medio del conflicto y no en la situación ideal del postconflicto, por lo tanto eramos conscientes de la imposibilidad e inconveniencia de propiciar diálogos entre los excombatientes y las comunidades que habían sido victimizadas directamente por ellos. No era el momento, las víctimas a penas iniciaban el largo y complejo camino de su reconocimiento jurídico, administrativo y social. Empezaban a reclamar espacios de visibilización para contar su propia versión de los hechos en los cuales fueron victimizadas y, con razón, demandaban de los victimarios y del Estado primero que todo verdad, reparación y garantías de no repetición, antes de pensar en la posibilidad de un diálogo. 

No era el momento, aún no lo es. El conflicto sigue vivo, sus causas no han sido atacadas, los territorios siguen estando en disputa y muchos de los desmovilizados de las AUC están retornando a las armas ahora en forma de Bandas Criminales Emergentes. La situación con los desmovilizados de las FARC es diferente, pero igualmente compleja; quienes han dejado las armas lo han hecho de manera individual, no como parte de un proceso de negociación con el gobierno. Quienes se han desmovilizado lo han hecho motivados por una fuerte convicción personal de dejar la violencia, a pesar del riesgo que esta decisión implica para sus vidas y la de sus seres queridos, pues para la guerrilla la deserción es una falta que se paga con la vida. Así las cosas era imposible, y lo sigue siendo, propiciar espacios de comunicación entre las comunidades victimizadas y los excombatientes, tal y como recomiendan quienes han estudiado los procesos de construcción de paz en sociedades profundamente divididas como la nuestra. No era el momento, aún no ha llegado ese momento.

La conclusión era clara, la desmovilización y reintegración de excombatientes en medio del conflicto es un proceso complejo y lleno de todas las imperfecciones inherentes a intentar construir paz en medio de la guerra. Aún así ese proceso imperfecto y complejo, sumado a la experiencia acumulada de años de trabajo con comunidades que han vivido de cerca los efectos del conflicto armado, nos permitió re-confirmar que hay en la comunicación todo un potencial para generar diálogos que nos permitan a los unos ponernos en el lugar de los otros y comprender, aunque no necesariamente aceptar, sus razones. Sus razones para la violencia, sus razones para la resistencia, sus razones para el escepticismo y sus razones para hacer de la paz una opción de vida y de futuro. Frente a la lejana posibilidad de una salida negociada al conflicto armado, pensar la comunicación como escenario para la reconciliación se convierte en un imperativo ético de todos los que trabajamos en este campo. Implica aprender y enseñar a escuchar despojándonos de nuestras propias rabias y rencores; que son legítimos, no hay duda, en cuanto han nacido de experiencias profundamente dolorosas en todo los casos; pero que deberán transformarse en otro tipo de sentimientos y conocimientos para poder avanzar hacia un futuro en el que quepamos todos, los unos y los otros.

Después de esa experiencia en el 2008 no volvimos a trabajar con excombatientes, pero un año después tuvimos la oportunidad de acercarnos a otro mundo prácticamente desconocido para nosotras hasta ese momento. Adelantamos un proceso de entrenamiento a los directores y programadores de las emisoras de las fuerzas militares que se encuentran en zonas donde se desarrollan operaciones militares. El objetivo era enfocar la programación de estas emisoras hacia la promoción de los derechos humanos y la desmovilización. 


Lo sorprendente en esa ocasión fue conocer una perspectiva moderada por parte de algunos oficiales y soldados en relación al conflicto armado. - Yo tengo claro que ellos son los mismos que nosotros- Dijo aquella oficial vinculada a las emisoras. -Muchachos del campo que así como terminaron allá hubieran podido terminar acá como tantos de nosotros, y me duele saber que andamos matándonos en vez de estar ayudándonos. Yo creo y quiero demostrar que con las emisoras y con el poder persuasivo de la palabra, tenemos un arma mucho más efectiva que los fusiles. Por cada muchacho que convencemos de salirse de la guerrilla y por cada niño que convencemos de no meterse a los grupos armados, estamos salvando no solo sus vidas, sino la de un montón de personas que quedan atrapadas en esta locura de la guerra - decía la oficial mientras nosotras la mirábamos perplejas. Sí, no es la visión más extendida, y seguramente no es la visión de quienes toman las decisiones de guerra. Y, por su puesto, no es la visión de quienes impunemente han sostenido relaciones con los grupos armados ilegales y han violado sistemáticamente los derechos humanos de miles de personas. Pero es una visión compartida por aquellos militares que están convencidos de la necesidad de construir paz y de la importancia de la comunicación en este proceso. Es una visión que no es evidente para la mayoría de la gente y que es necesario divulgar, conocer y comprender mejor. 


Para completar las aristas de este prisma tan complejo como la realidad que nos envuelve, desde el año 2010, hasta ahora, hemos tenido la oportunidad de trabajar con comunidades desplazadas en proceso de retorno, en el marco de una alianza que tenemos con nuestras viejas amigas del Colectivo de Comunicaciones Montes de María Línea 21. Se trata de un proceso que busca fortalecer a las Escuelas de Narradores y Narradoras de la Memoria de la región de los Montes de María y la Serranía del Perijá. 


Estas escuelas han conformado colectivos de comunicación cuya misión es convertir las memorias en relatos que puedan ser compartidos con las comunidades y con públicos más amplios. Desde hace algunos años acompañamos a los colectivos de comunicación en los procesos de definición de sus proyectos comunicativos, en la definición de temas y en la construcción de enfoques para que sus relatos se conecten con procesos sociales que adelantan las organizaciones de la región y que están asociados a la reivindicación de los derechos a la tierra y a la reparación integral.  

Nuevamente se hace evidente el papel de la comunicación en los procesos de construcción de paz en tanto que brinda espacios de encuentro, diálogo y deliberación de las comunidades en torno a los temas más sensibles para la región. La memoria de lo que pasó antes, durante y después de las masacres de principios de la década del 2000, lo cultural, el territorio, el medio ambiente, los proyectos agroindustriales y el tipo de desarrollo que se quiere plantear para la región. Todos los temas, todas las voces. Voces de comunidades campesinas que andan bien paradas, “con los pies en la tierra”, como dicen ellas mismas, y que no está dispuestas a dejar que nadie, nunca más, vuelva a decidir por ellas sobre su vida y su futuro. 



Haber tenido la oportunidad de escuchar todas estas voces a lo largo de los últimos años me reafirma, cada día más, en mi opción personal y en mi apuesta por la comunicación en tanto escenario de expresión y diálogo. Son muchos años, muchos kilómetros recorridos y muchas voces escuchadas con la franca disposición de dejarme transformar por las palabras y las historias de cientos de hombres y mujeres que en su diversidad expresan la complejidad de este país. Ya no es posible ser la misma, ya no es posible ver la vida sin oír sus voces. Por eso creo que la posibilidad de la paz y la reconciliación ya no es ni siquiera una opción, es nuestro único camino posible. Muchas gracias. 


* Este texto fue presentado el 18 de septiembre de 2012 en la Universidad Minuto de Dios de Bogotá, en el marco de la Semana de la Comunicación, en el eje de Convivencia y Reconciliación


Dejo por aquí una de esas voces que se cruzaron en mi camino y que se quedaron conmigo para siempre. Lamento de la Sierra es una composición de Alfonso Cárdenas, interpretada por José Bayuelo.  Ambos músicos de la región de los Montes de María, ambos cercanos a los procesos de comunicación, ambos convencidos del poder transformador de la palabra.

jueves, 23 de agosto de 2012

Pacífico

Istmina
En realidad no es una plaza de mercado, son dos calles llenas de barullo, olores, colores y texturas; todo un carnaval de los sentidos. Racimos inmensos de plátano, bandejas rebosantes de pescado, frutas, verduras, carritos repletos con toda suerte de cachivaches. Y la gente, la gente negra del Pacífico, vital, alegre, cálida. Gente que anda de un lado para el otro, que se ríe a carcajadas, que conversa animadamente, que canta, que compra y que vende. Gente que observa desde su balcón a la otra gente, gente que me mira extrañada mientras me abro paso entre el tumulto con ese andar quedo y pausado de quien simplemente va y se deja llevar por la algarabía. Por un momento es fácil olvidarse del conflicto, de la pobreza, de la marginalidad y del paro minero. Por un momento el tiempo se detiene y solo existe la felicidad de existir y estar con los demás en este presente largo que no quiero que termine.

Carnaval de los sentidos - Istmina 2012
Puente en Istmina - 2012



Voces de mujeres 
Se oyen voces de mujeres. Palabras firmes que demandan, que denuncian, que reclaman igualdad y equidad en medio de los abusos soportados día a día y desde siempre. Voces valientes que reivindican la vida en su sentido más profundo, con la autoridad y dignidad que otorga dedicar la suya a cuidar la de los otros. Voces que se alzan para gritar que no está bien, que no es aceptable, que no es normal ni es natural violentar a las mujeres, aunque sea una práctica instalada en la costumbre. Voces melodiosas y cálidas que también saben cantar y arrullar, porque entienden bien el poder infinito de la palabra hecha canción. Cantos de mujeres que hablan de su vida cotidiana allí donde todo es difícil para todos, pero más para ellas. Voces en forma de alabaos y gualíes que cantan al duelo y la tristeza; y a la vez cantos de alegría hecha canción, marimba y chirimía, que reafirman la esperanza en medio de las dificultades. Así, con voz de mujer, suena mi versión de Pacífico.

Voces de mujeres - Quibdó 2012



 

El Diablo
Le dicen “El Diablo” porque de pequeño era muy inquieto. En él la palabra se hace narración y sabiduría, eco de generaciones pasadas. Hasta hace poco, y desde Bogotá, era mi referencia más concreta y completa del Pacífico. Después de tantos años fue un privilegio visitarlo en su casa, conocer a su familia y poder compartir un poco de su mundo en Tumaco. Todo en él es generoso, su sonrisa, sus abrazos, su mesa y su capacidad de entrega a los demás. Nos contó de su abuela y de su mamá que era maestra. De cómo se negaron rotundamente el día en que, siendo aun niño, aquel hombre de Millonarios quiso llevárselo para convertirlo en arquero. Intuían bien, con esa intuición que rápidamente se convierte en certeza, que él tenía un compromiso ineludible con las comunidades, con la palabra y con su asombrosa posibilidad de transformación. Aquella noche volvimos el tiempo atrás y recorrimos de nuevo algunos caminos que habíamos transitado juntos en este empeño por construir democracia a través de la comunicación. Aquella noche, nuevamente, me sentí afortunada de enriquecer mi vida con trocitos de la vida de gente tan maravillosa como Carlos.

Carlos Rodríguez "El Diablo"
http://eldecimarron.blogspot.com/



 

martes, 12 de junio de 2012

Llegaremos a tiempo


Fue hace solo unos meses, por casualidad, así como ocurren tantas cosas importantes en la vida. Pedaleaba sin prisa y sin rumbo fijo por la red cuando la canción se me atravesó en el camino y, sin siquiera pedir permiso, se instaló en un lugar recóndito del alma. Si te arrancan al niño, que llevamos por dentro, si te quitan la teta y te cambian de cuento, no te tragues la pena, porque no estamos muertos... llegaremos a tiempo. Me detuve y la oí, y la volví a escuchar una y otra y otra vez. A los pocos minutos ya me la sabía y unos días después la cantaba una y otra y otra vez, en silencio, para mí, tejiendo un lazo inquebrantable con aquella metáfora de la esperanza. Leía, hablaba y escribía sobre las víctimas del conflicto armado y allí sonaba en segundo plano, llegaremos a tiempo. Intensas jornadas discutiendo el papel de la memoria en los procesos de reparación a quienes lo han perdido todo, sus seres queridos, sus tierras y su cultura; y no dejaba de oírla, llegaremos a tiempo. 
 
Llegó el momento, tuvimos que viajar de nuevo a terreno. Allí, a ese mundo tan cercano a mí y tan ajeno a tanta gente convenientemente acomodada en las grandes ciudades. Allí, a la Colombia negada, despojada y ultrajada, condenada consciente e impunemente al olvido y a la soledad por el país soberbio y poderoso. Allí, donde la metáfora de la canción se expresa en un acto cotidiano y permanente de solidaridad colectiva. Si te anclaran las alas, en el muelle del viento, yo te espero un segundo en la orilla del tiempo, llegarás cuando vayas más allá del intento... Llegaremos a tiempo. Intenso, como siempre. Hace años que no se reconocer la diferencia entre el trabajo y el resto de mi tiempo, se mezclan los conceptos técnicos con los afectos. El optimismo que irradia esta gente me atraviesa y anida en mi como forma de vida, llegaremos a tiempo
El Salado (Montes de María). Fotografía: Jeanine El'Gazi
Jornadas intensas oyendo hablar de cómo esta, la región de los Montes de María, ha sido territorio en disputa desde hace décadas. Muchas explicaciones, muchas teorías, muchas perspectivas. Al final la realidad es contundente y se muestra de manera clara y nítida por encima de cualquier consideración; la tierra ya no es de muchos sino de unos cuantos, la tierra ya no produce comida sino mercancías. La tierra ha perdido los colores y empieza a aburrirse de la monotonía que impone un solo producto, para un solo mercado, para unos pocos privilegiados. Los ríos lo saben mejor que nadie, ellos saben cuál ha sido el precio de semejante panorama, ellos han sido testigos de excepción de tanta sangre derramada. Y en medio de los relatos, algunos desgarradores, la gente valerosa que resiste. Si te abrazan las paredes desabrocha el corazón, no permitas que te anuden la respiración, no te quedes aguardando a que pinte la ocasión, que la vida son dos trazos y un borrón. Gente maravillosa que nos enseña, de mil maneras diferentes, el sentido profundo de la palabra dignidad. Gente que mira de frente y con altivez nos dice - aquí estamos y aquí nos quedamos, con los pies en la tierra, en esta, nuestra tierra -. 

Entiendo bien, porque lo he estudiado, porque voy allí con frecuencia, porque ya hago parte de ese mundo y hay cientos de lazos que me unen a su gente, lo que esa declaración significa en este momento, a punto de iniciar el proceso de restitución de tierras. Reconozco la complejidad implícita en dicha afirmación y por eso tengo miedo. Tengo miedo que se rompa la esperanza, que la libertad se quede sin alas. Tengo miedo que haya un día sin mañana... Ahora oigo la canción y no puedo dejar de pensar en Lucho Torres, de la comunidad de El Salado, contándonos cómo 2 años después de que la muerte y el horror acabaran literalmente con su pueblo, él y 100 vecinos más, vencieron al miedo y retornaron. Tengo miedo de que el miedo, te eche un pulso y pueda más, no te rindas, no te sientes a esperar. Volvieron consientes de su presente desgraciado, volvieron a plantarle cara al pasado como única posibilidad de volver a mirar hacia el futuro.
Lucho Torres. Fotografía: Jeanine El'Gazi
Así como en El Salado muchas otras comunidades volvieron o están en proceso de retorno. Están reconstruyendo sus pueblos y han asumido el reto de volver a empezar a pesar del dolor instalado en el recuerdo. Solo que ya no hay tierras para cultivar, ahora son de otros, y aún así ahí están bien parados, ayudándose entre sí, “con los pies en la tierra”. Si robaran el mapa del país de los sueños, siempre queda el camino que te late por dentro, si te caes te levantas, si te arrimas te espero... Insisten, persisten, resisten, con una fuerza vital que los hace invencibles, que se contagia y que me hace pensar que todo, todo, se puede lograr, y que a pesar de todo, llegaremos a tiempo.
A la orilla del tiempo, en los Montes de María. Fotografía: Soraya Bayuelo
Llegaremos a Tiempo es una canción compuesta e interpretada por Rosana Arbelo. Dejo aquí mi versión, imperfecta, pero así es como suena en mi interior,  y así es cómo me ha acompañado estos últimos días, y así fue como sonó aquella noche en los Montes de María al vaivén de una hamaca, en la casa de la Seño Modesta.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Cosas simples

Parecen simples pero muchas veces, si no la mayoría, son la expresión sutil de hechos extraordinarios. De esto hablé hoy. De cómo en Colombia la comunicación ciudadana y comunitaria hace evidente, aún en los contextos más difíciles, la arrolladora fuerza de la vida. Vida narrada en cientos de historias mínimas, vida hecha vivencia cotidiana, vida que se reafirma desde el último rincón de este país en cada palabra y en cada imagen de quienes se dedican a contar. 

Dejo aquí el texto que leí hoy como conferencista invitada en el curso Topics in Human Rights que dicta la profesora Amy Weismann de la Universidad de Iowa.

Leer versión en Español




Extraordinary facts through simple things

I couldn't imagine that at that very moment, when the old plane landed, my life was going to change forever. We had landed in the middle of the jungle, in Inírida, the capital of the Department of Guainía, on the border between Colombia and Venezuela. That year, 1996, the Colombian state had started a process related to the regulation of broadcasting services. This new legal framework recognized Community Radio as a public arena for democracy building. Our mission, as a part of the Ministry of Culture, was to provide tools to community groups so that they could create and develop spaces to achieve citizen participation and empowerment. Guillermo picked us up and immediately took us to the school which operates the community radio station, Custodia Estéreo, which covers the municipality of Inírida.

Foto: Carlos Eduardo Álvarez Chalarca

On the road, we were greeted by something really impressive, an enormous snake that was actually standing up trying to cross the road. This kind of snake is called Talla X because their size is “extra large” and they are considered extremely dangerous. I was terrified to see it, but it was much more surprising to realize that Guillermo did not seem to notice the snake. A few days later, I understood how relative one’s sense of priorities can be when living in a very complex context. In this region of thick jungles, the beauty of the tropical rain forest coexists with the great challenges of Colombia’s contemporary history. The region has been impacted by the lethal effects of drug trafficking, the presence of illegal armed groups, the marginalization of Indigenous groups, the illegal exploitation of gold, the ongoing movement of black markets and contraband, and the degradation of the environment. Under these circumstances, how could it be expected that Guillermo would be startled by a snake? I understood that Guillermo didn't need big events to be surprised, in fact, he had the gift of recognizing extraordinary facts through simple things.



Foto: Carlos Eduardo Álvarez Chalarca


We arrived at the school and Jeanine, who was my boss at the time, started the workshop talking about community radio. She explained how the school's new radio station could become an opportunity for young people to express themselves and to be taken into account by the rest of the community. Guillermo and his students knew it very well. Although expression can seem to be a simple thing, he understood that, in fact, in that context, it was an extraordinary fact. The kids began to talk and discuss, and within hours they were strongly arguing their ideas. Four days later, they had produced their own radio programs about their own concerns. They talked about theirs dreams; they told us that they didn't want to live their lives as coca pickers or raspachines, as there are called in Colombia. They told us they didn't want to be part of a stupid armed conflict which had only left death, pain and destruction. They said in their radio programs that they just wanted to study, have good jobs, love somebody, be happy. They were not asking for extraordinary facts, they were asking for simple things – that in Iníridas's context – seemed impossible.


Foto: Donaldo Gamez

When the workshop ended the students were very proud that their programs would be heard by all the people in Inírida. They were aware of the power involved in saying things in the public sphere, especially in a place where the public sphere was minuscule. They knew they were empowered in their ability of influence regarding matters of collective interest. But they also knew that if they wanted to be heard, they had to produce quality programs, and this involved developing their skills to tell stories. They would have to study and make better use of their school. Their teacher, Guillermo Pérez, knew it very well, so he had set up the radio station in the school. We returned to Bogotá and I understood that a new path had appeared to me. A new path that would lead me to work, to this day, linking communication, citizenship and rights.


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martes, 7 de febrero de 2012

Perdiendo la coraza

Eran las 2 de la tarde y, para todos, la primera clase en la carrera de historia. Juan Carlos, el profesor,  apareció, y empezó a hablar del presente y no del pasado como estábamos esperando. -“En cada instante del presente hay condensados cientos, tal vez miles de años de historia”- empezó a decir. “No somos otra cosa que el resumen de la historia de millones de personas que vivieron antes que nosotros y que, colectivamente, han construido lo que hoy somos”-.  La idea me encantó, implicaba reconocer que no somos nada sin los otros; que lo que pensamos, en lo que creemos y cómo actuamos, se ha ido configurando a partir de la forma de ser, de creer y de actuar de otras personas en el pasado y en el presente. Me pareció que acercarme al pasado para entender el presente era una buena manera de empezar mi nueva vida. Después de haber estudiado música desde que tenía uso de razón, dejaba la orquesta a un lado con la idea de convertirme en historiadora; y éste, se me antojaba un buen comienzo.

Al terminar la clase Juan Carlos anunció que durante todo el semestre tendríamos la tarea de leer la prensa a diario y hacer seguimiento a una noticia internacional. Fue así como a las pocas semanas de leer la prensa nacional, la revista Newsweek y varios libros de historia contemporánea, me convertí en toda una rareza, una de las pocas personas jóvenes que en Colombia se interesaba y entendía algo del complejo conflicto en Yugoslavia. Rápidamente nació en mi un fuerte sentimiento de empatía hacia las miles de víctimas civiles de los lejanos Balcanes. Fue extraño darme cuenta que, por alguna razón que no comprendía en ese momento, no lograba sentir lo mismo, con la misma intensidad, hacia las miles de víctimas civiles que por aquella época, 1992, nos dejaba aquí cerquita el conflicto colombiano.

Aquel año vivimos parte de la noche en la penumbra, adelantamos los relojes para aprovechar más las horas de sol pero, aún así, cada día al llegar la noche tuvimos que acostumbrarnos a pasar dos horas sin luz y sin artefactos eléctricos. Cada quién aprovechó el apagón como pudo, las familias empezaron a hablar, los amigos se encontraron y, en muchas casas, los instrumentos musicales volvieron a sonar. Mi violonchelo cantó cada noche, melancólico como siempre; y mientras él cantaba, yo pensaba en lo absurdo de la violencia. De repente todo tenía un sentido diferente después de pasar por el tamiz de la reflexión histórica. Apunta de empezar a entender lo que pasaba, estaba perdiendo la coraza, aquella que se forma cuando la muerte y la injusticia se vuelven parte de la vida cotidiana.  Las noticias dejaron de ser espectáculo mediático para convertirse en el grito ahogado de personas con nombre, con familia, con amigos y con pasado. Personas que clamaban desde la soledad de su dolor que alguien las acompañara en su tragedia, que no las dejaran solas y que querían seguir creyendo que el futuro aún era posible.

La prensa lo anunció de la misma manera en que venía contando todo lo que pasaba en los Balcanes, sin dar mayores explicaciones y sin detenerse mucho en los detalles. El 27 de mayo, a las 4 de la tarde, 22 personas fueron asesinadas mientras hacían fila para comprar el pan. El hecho había ocurrido en una de las pocas panaderías que aún funcionaba en Sarajevo dos meses después de que la ciudad fuera sitiada y quedara a merced de milicianos y francotiradores. En unas pocas horas las desgarradoras imágenes habían dado la vuelta al mundo y la ONU ordenaba el embargo a Belgrado. En medio del frenesí informativo pocos repararon en lo que ocurrió al día siguiente
frente a la misma panadería, entre los restos de dolor y muerte que había dejado la bala de mortero. Quienes andaban por ahí, aún llorando la tragedia, vieron como un hombre vestido de frac se sentaba entre los escombros y, sin decir palabra alguna, empezaba a tocar con su violonchelo la pieza más triste que alguien jamás pudiera recordar. Se trataba de Vedran Smailović, primer chelo de la Orquesta de la Opera de Sarajevo, quien 24 horas antes había presenciado el instante en que la vida de sus amigos y vecinos, así como la suya propia, había cambiado para siempre. 

Smailović volvió al día siguiente a las 4 de la tarde, y al otro día y al otro, sin que las explosiones y el zumbido de las balas,  que se oían por toda la ciudad, lograra persuadirlo de cualquier otra idea. Tocó 22 días consecutivos, uno por cada una de las víctimas de la masacre, y cada vez tocó la misma pieza, el Adagio de Albinoni, una  obra compuesta en 1945, a partir del manuscrito encontrado entre las ruinas de una biblioteca bombardeada.  Con los días la gente empezó a acudir a la cita que el chelo de Smailović había convocado. Lo escucharon inmóviles mientras honraban la memoria de las víctimas, sin que las explosiones y el zumbido de las balas, que se oían por toda la ciudad, lograra persuadirlos de cualquier otra idea.  El día 22, cuando el chelista terminó de tocar la última nota, se retiró sin decir palabra alguna, dejando atrás el efímero recuerdo del sonido y una montaña de flores acumulada por quienes habían acudido a cumplir la cita.

Para cuando acabó el semestre, después de haberme acercado al conflicto en los Balcanes, y a la historia de
Smailović, yo ya no era la misma y mi relación con el dolor de los otros había empezado a transformarse. Una década después, haciendo la investigación de la tesis doctoral, supe que a los pocos días del atentado en la panadería de Sarajevo, mientras aquel chelista honraba la memoria de sus vecinos, aquí cerquita, en el alto Ariari, ocurría la masacre de Caño Sibao en la que fue asesinada toda una comitiva de la alcaldía del El Castillo. También supe que ese fue solo uno de los cientos de ataques que terminaron por exterminar, de manera sistemática, a miles de campesinos militantes del partido de la UP que ingenuamente creyeron en la posibilidad de expresar abiertamente sus convicciones políticas. Estoy segura de que en aquel momento me enteré de la masacre, pues leer la prensa y ver noticias fue mi trabajo diario durante todo ese semestre, sin embargo el hecho pasó desapercibido para mi, como si no hubiera ocurrido. Pasarían años, tuve que entender muchas cosas, antes de lograr deshacerme por completo de la coraza y hacer mío el dolor de nuestras víctimas, sin juzgarlas y sin justificar de ninguna manera su condición. 

Hoy, 20 años después, Smailović se ha convertido en un referente contemporáneo de la acción noviolenta y de la resistencia pacífica. Él sigue sin hablar mucho y aún hace lo que sabe hacer, tocar el chelo. Yo soy historiadora, toco el chelo, pero no me dedico a ninguna de las dos cosas, la vida me llevó a trabajar con comunidades en situación de vulnerabilidad, allí donde hay personas con nombre, con familia, con amigos y con pasado. Personas que claman desde la soledad de su dolor que alguien las acompañe en su tragedia, que no las dejen solas y que quieren seguir creyendo que el futuro aún es posible.



Vendran Smailović tocando entre las ruinas de la Biblioteca Nacional de Sarajevo en 1992.  
Fotografía: Mikhail Evstafiev (Este archivo se encuentra bajo licencia Creative Commons)

Este clip fue realizado por Scott Goodson y Steve Ramser durante la guerra en Yugoslavia y cuenta con la participación de Vendran Smailović. Fue producido para el Gran Teatro Dramático de Estocolmo y dirigido por las actrices Bibi Andersson y Liv Ullman, en conjunto con Susan Sontag, Ingmar Bergman, y Borg Runa.

Joan Baez estuvo en Bosnia durante la época del sitio. En este video canta la canción "Stones in the Road" y al final del video aparece escuchando a Vendran Smailović mientras toca el Adagio de Albinoni allí mismo en Sarajevo. Es la única grabación que conozco de Smailović en esa época. Al fondo, las explosiones que se oían por toda la ciudad.


15 años después de la masacre de Caño Sibao en El Castillo (Meta) la comunidad organizó una peregrinación en memoria de las víctimas. Un poco después, en el año 2009 el Consejo de Estado condenaría a la Nación como responsable de este hecho.





jueves, 19 de enero de 2012

El agua que nos da la vida




El 2011 fue un año para pensar en el agua y en la vida. Las lluvias, sumadas a una mala gestión ambiental, inundaron gran parte del país y desataron una de las peores crisis humanitarias en Colombia. Millones de personas lloraron viendo como el agua se llevaba lo poco, o mucho, que tenían. 


Por otra parte, ante la dramática posibilidad de que la industria minera pueda acabar con nuestras reservas acuíferas en los páramos y en las zonas rurales, salimos a las calles y gritamos. Gritamos en Bogotá, en Bucaramanga, en Tabio y en otras poblaciones del país. Gritamos con la convicción de quien ve su presente y su futuro seriamente amenazado. Gritamos que preferimos quedarnos con el agua, que nos da la vida, y no deslumbrarnos con el brillo vanidoso del desarrollo consumista.


Y como si no pudiera ser de otra manera, mi 2011 terminó con un homenaje al agua y a la vida frente al glaciar Perito Moreno en Argentina. 


Fotografía: Tatiana Duplat



Para qué palabras cuando se está frente a semejante inmensidad. 265Km2 de hielo que se desplazan por el valle a una velocidad de 2 metros por día.



Fotografía: Tatiana Duplat


No deja de ser impactante saber que el 70% del agua dulce que hay en el planeta se encuentra en forma de glaciar.


Fotografía: Tatiana Duplat

Más impactante aún saber que hasta acá han llegado las empresas mineras que pretenden explotar oro, aun a sabiendas del riesgo que implica esta actividad para las reservas de agua de la humanidad.

Fotografía: Tatiana Duplat

Todo parece indicar que aún tendremos mucho por gritar frente a esta nueva forma de colonialismo, mientras tanto me quedo en el silencio de este templo natural donde se honra al agua y a la vida por encima de cualquier otra consideración. Bienvenido 2012.


P.D: Me acabo de enterar y estoy celebrando, la comunidad de Tabio empieza a ser escuchada en su reclamo ambiental. Hoy cierran la empresa gravillera que ha causado tantos estragos allí.

lunes, 2 de enero de 2012

Al sur

A veces, no muchas, la fortuna sonríe de la manera más sutil e insospechada. Esta fue una de esas veces. Inesperadamente el imponente paisaje del Parque Nacional los Glaciares de Argentina irrumpió en mi ventanilla del avión y, durante 20 minutos de sobrevuelo no planeado, me dejó este maravilloso e inolvidable regalo.


Se alcanza a ver parte de los 2.600 km2 cubiertos por 47 glaciares. Gigantescos ríos congelados que fluyen por entre las montañas recordándonos lo minúsculos que somos los seres humanos. Aquí alcanzan a verse los glaciares Perito Moreno, Upsala y Viedma, así como el Monte Fitz Roy.


Fotografía: Tatiana Duplat

Fotografía: Tatiana Duplat



Fotografía: Tatiana Duplat

Fotografía: Tatiana Duplat

Fotografía: Tatiana Duplat

Fotografía: Tatiana Duplat

Fotografía: Tatiana Duplat

Fotografía: Tatiana Duplat

Fotografía: Tatiana Duplat

Fotografía: Tatiana Duplat

Un viaje a la orilla del tiempo

Este texto fue publicado originalmente en la web de Señal Memoria  https://www.senalmemoria.co/articulos/35-anos-despues-yurupari-regreso-ma...