Perdiendo la coraza

Eran las 2 de la tarde y, para todos, la primera clase en la carrera de historia. Juan Carlos, el profesor,  apareció, y empezó a hablar del presente y no del pasado como estábamos esperando. -“En cada instante del presente hay condensados cientos, tal vez miles de años de historia”- empezó a decir. “No somos otra cosa que el resumen de la historia de millones de personas que vivieron antes que nosotros y que, colectivamente, han construido lo que hoy somos”-.  La idea me encantó, implicaba reconocer que no somos nada sin los otros; que lo que pensamos, en lo que creemos y cómo actuamos, se ha ido configurando a partir de la forma de ser, de creer y de actuar de otras personas en el pasado y en el presente. Me pareció que acercarme al pasado para entender el presente era una buena manera de empezar mi nueva vida. Después de haber estudiado música desde que tenía uso de razón, dejaba la orquesta a un lado con la idea de convertirme en historiadora; y éste, se me antojaba un buen comienzo.

Al terminar la clase Juan Carlos anunció que durante todo el semestre tendríamos la tarea de leer la prensa a diario y hacer seguimiento a una noticia internacional. Fue así como a las pocas semanas de leer la prensa nacional, la revista Newsweek y varios libros de historia contemporánea, me convertí en toda una rareza, una de las pocas personas jóvenes que en Colombia se interesaba y entendía algo del complejo conflicto en Yugoslavia. Rápidamente nació en mi un fuerte sentimiento de empatía hacia las miles de víctimas civiles de los lejanos Balcanes. Fue extraño darme cuenta que, por alguna razón que no comprendía en ese momento, no lograba sentir lo mismo, con la misma intensidad, hacia las miles de víctimas civiles que por aquella época, 1992, nos dejaba aquí cerquita el conflicto colombiano.

Aquel año vivimos parte de la noche en la penumbra, adelantamos los relojes para aprovechar más las horas de sol pero, aún así, cada día al llegar la noche tuvimos que acostumbrarnos a pasar dos horas sin luz y sin artefactos eléctricos. Cada quién aprovechó el apagón como pudo, las familias empezaron a hablar, los amigos se encontraron y, en muchas casas, los instrumentos musicales volvieron a sonar. Mi violonchelo cantó cada noche, melancólico como siempre; y mientras él cantaba, yo pensaba en lo absurdo de la violencia. De repente todo tenía un sentido diferente después de pasar por el tamiz de la reflexión histórica. Apunta de empezar a entender lo que pasaba, estaba perdiendo la coraza, aquella que se forma cuando la muerte y la injusticia se vuelven parte de la vida cotidiana.  Las noticias dejaron de ser espectáculo mediático para convertirse en el grito ahogado de personas con nombre, con familia, con amigos y con pasado. Personas que clamaban desde la soledad de su dolor que alguien las acompañara en su tragedia, que no las dejaran solas y que querían seguir creyendo que el futuro aún era posible.

La prensa lo anunció de la misma manera en que venía contando todo lo que pasaba en los Balcanes, sin dar mayores explicaciones y sin detenerse mucho en los detalles. El 27 de mayo, a las 4 de la tarde, 22 personas fueron asesinadas mientras hacían fila para comprar el pan. El hecho había ocurrido en una de las pocas panaderías que aún funcionaba en Sarajevo dos meses después de que la ciudad fuera sitiada y quedara a merced de milicianos y francotiradores. En unas pocas horas las desgarradoras imágenes habían dado la vuelta al mundo y la ONU ordenaba el embargo a Belgrado. En medio del frenesí informativo pocos repararon en lo que ocurrió al día siguiente
frente a la misma panadería, entre los restos de dolor y muerte que había dejado la bala de mortero. Quienes andaban por ahí, aún llorando la tragedia, vieron como un hombre vestido de frac se sentaba entre los escombros y, sin decir palabra alguna, empezaba a tocar con su violonchelo la pieza más triste que alguien jamás pudiera recordar. Se trataba de Vedran Smailović, primer chelo de la Orquesta de la Opera de Sarajevo, quien 24 horas antes había presenciado el instante en que la vida de sus amigos y vecinos, así como la suya propia, había cambiado para siempre. 

Smailović volvió al día siguiente a las 4 de la tarde, y al otro día y al otro, sin que las explosiones y el zumbido de las balas,  que se oían por toda la ciudad, lograra persuadirlo de cualquier otra idea. Tocó 22 días consecutivos, uno por cada una de las víctimas de la masacre, y cada vez tocó la misma pieza, el Adagio de Albinoni, una  obra compuesta en 1945, a partir del manuscrito encontrado entre las ruinas de una biblioteca bombardeada.  Con los días la gente empezó a acudir a la cita que el chelo de Smailović había convocado. Lo escucharon inmóviles mientras honraban la memoria de las víctimas, sin que las explosiones y el zumbido de las balas, que se oían por toda la ciudad, lograra persuadirlos de cualquier otra idea.  El día 22, cuando el chelista terminó de tocar la última nota, se retiró sin decir palabra alguna, dejando atrás el efímero recuerdo del sonido y una montaña de flores acumulada por quienes habían acudido a cumplir la cita.

Para cuando acabó el semestre, después de haberme acercado al conflicto en los Balcanes, y a la historia de
Smailović, yo ya no era la misma y mi relación con el dolor de los otros había empezado a transformarse. Una década después, haciendo la investigación de la tesis doctoral, supe que a los pocos días del atentado en la panadería de Sarajevo, mientras aquel chelista honraba la memoria de sus vecinos, aquí cerquita, en el alto Ariari, ocurría la masacre de Caño Sibao en la que fue asesinada toda una comitiva de la alcaldía del El Castillo. También supe que ese fue solo uno de los cientos de ataques que terminaron por exterminar, de manera sistemática, a miles de campesinos militantes del partido de la UP que ingenuamente creyeron en la posibilidad de expresar abiertamente sus convicciones políticas. Estoy segura de que en aquel momento me enteré de la masacre, pues leer la prensa y ver noticias fue mi trabajo diario durante todo ese semestre, sin embargo el hecho pasó desapercibido para mi, como si no hubiera ocurrido. Pasarían años, tuve que entender muchas cosas, antes de lograr deshacerme por completo de la coraza y hacer mío el dolor de nuestras víctimas, sin juzgarlas y sin justificar de ninguna manera su condición. 

Hoy, 20 años después, Smailović se ha convertido en un referente contemporáneo de la acción noviolenta y de la resistencia pacífica. Él sigue sin hablar mucho y aún hace lo que sabe hacer, tocar el chelo. Yo soy historiadora, toco el chelo, pero no me dedico a ninguna de las dos cosas, la vida me llevó a trabajar con comunidades en situación de vulnerabilidad, allí donde hay personas con nombre, con familia, con amigos y con pasado. Personas que claman desde la soledad de su dolor que alguien las acompañe en su tragedia, que no las dejen solas y que quieren seguir creyendo que el futuro aún es posible.



Vendran Smailović tocando entre las ruinas de la Biblioteca Nacional de Sarajevo en 1992.  
Fotografía: Mikhail Evstafiev (Este archivo se encuentra bajo licencia Creative Commons)

Este clip fue realizado por Scott Goodson y Steve Ramser durante la guerra en Yugoslavia y cuenta con la participación de Vendran Smailović. Fue producido para el Gran Teatro Dramático de Estocolmo y dirigido por las actrices Bibi Andersson y Liv Ullman, en conjunto con Susan Sontag, Ingmar Bergman, y Borg Runa.

Joan Baez estuvo en Bosnia durante la época del sitio. En este video canta la canción "Stones in the Road" y al final del video aparece escuchando a Vendran Smailović mientras toca el Adagio de Albinoni allí mismo en Sarajevo. Es la única grabación que conozco de Smailović en esa época. Al fondo, las explosiones que se oían por toda la ciudad.


15 años después de la masacre de Caño Sibao en El Castillo (Meta) la comunidad organizó una peregrinación en memoria de las víctimas. Un poco después, en el año 2009 el Consejo de Estado condenaría a la Nación como responsable de este hecho.





Comentarios

  1. Excelente historia. Mucho referente para lo que seguimos haciendo con el Colectivo. Un beso Sore

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