Hasta lo imposible

Cartagena, 20 de Mayo de 2015
Ceremonia Inaugural 60° Congreso Nacional SCCOT

Buenas tardes, es un honor para nosotros estar hoy aquí, en Cartagena, acompañando a la Sociedad Colombiana de Cirugía Ortopédica y Traumatología, en su Congreso Nacional número 60. Yo no soy ortopedista como lo fuera mi papá, mi hermano, o mi primo; ni siquiera pertenezco al campo de la salud como mi mamá, nutricionista, quién acompañó de cerca y alentó durante 50 años a mi padre en su práctica médica. No, yo soy historiadora, y la única manera certera que conozco de agradecer este gesto generoso que hoy honra la memoria de mi viejo, es contando historias.

Hace un tiempo Rubén, el esposo de una amiga, me preguntó si era familiar del Doctor Duplat: “el ortopedista” dijo; acostumbrada a la pregunta le dije que si, casi que de manera automática y rutinaria. Él enmudeció y me miró fijamente, y después de un instante volvió a preguntar: “¿el viejo Doctor Duplat, el que atendía en la Misericordia hace muchos años, el que hacía hasta lo imposible?”. Entonces fui yo la que guardó silencio, afirmé con la cabeza y me dispuse a escuchar, entendiendo que su mirada encerraba algo más profundo que una pregunta rutinaria. “Cada noche en mi casa, desde hace 40 años, mi mamá prende una vela por su papá” - me explicó-,  me dijo que su hermano mayor había nacido con una extraña malformación que limitaba enormemente su movilidad y comprometía seriamente sus posibilidades de supervivencia. Se sentó frente a mi y, de manera detallada, me contó la historia que le había contado a él su madre, como si se tratara ya de una gesta épica de un tiempo inmemorial.

El día en que aquella mujer acudió al Servicio de Ortopedia, ya sabía que su hijo padecía una condición difícil de tratar que implicaba disponer de equipos especializados inexistentes e inalcanzables, para ella y para el hospital, en la Bogotá de los años 70. Aún así el joven ortopedista de turno, mi viejo, el Doctor Alfredo Duplat Villamizar, propuso intentar una alternativa hecha en casa y con los pocos recursos disponibles, sabiendo muy bien que en su Servicio lo intentarían todo, hasta lo imposible. No contaba con el sofisticado equipo que se requería para tratar ese caso específico, pero sabía que el principio físico-mecánico que subyacía a la solución era sencillo; así que diseñó un mecanismo de tracción accionado con poleas, pesos y contrapesos; y con la ayuda del encargado del taller del hospital, instaló el curioso artefacto en el techo de la casa del paciente, ante la mirada asombrada y esperanzada de aquella madre persistente. Desde ese momento, y durante muchos meses, el recién nacido permaneció suspendido por la máquina durante varias horas al día hasta que se lograron las condiciones necesarias para hacer viable su movilidad y el resto de su vida. Para cuando Rubén terminó de hablar ya estábamos entrelazados en un abrazo emocionado que aún causa un efecto abrigador en mi, ante el vacío de la ausencia que deja la muerte.

Durante 43 años fui testigo de inumerables historias como estas. La amputación de aquel minero atrapado en el socavón, muchos metros bajo tierra; su primer remplazo articular de cadera y la primera artroscopia de rodilla. Junto a él, siendo muy pequeña, aprendí a observar el patrón de marcha de las personas y entendí que hasta los movimientos más recurrentes y cotidianos implican complejos desarrollos cerebrales y mecánicos. A su lado hice mía, sobre todo, una manera de ver y de estar en el mundo, trazada por la lógica de las relaciones de causa y efecto, atenta a lo que pasa y al porqué de lo que ocurre, para poder incidir y cambiar el curso de los acontecimientos. Estoy completamente segura, las historias de mi padre son también las historias de tantos cirujanos ortopedistas de su generación y de generaciones pasadas que abrieron camino al andar. Estar reunidos hoy aquí, poder contar en este auditorio las gestas, casi épicas, de estos médicos colombianos, es reconocer que es largo el camino recorrido y, al mismo tiempo, reafirmar que vale la pena mirar hacia adelante y hacer, hasta lo imposible, por encontrar nuevos senderos. Reciban, por favor, un afectuoso saludo de mi madre y mis hermanos, muchas gracias y buen camino queridos doctores y doctoras.
Siempre fueron juntos al Congreso de la SCCOT


 

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