domingo, 13 de julio de 2014

Presentes


Sin importar cuánto hayan vivido, es increíble lo poco que dura la vida de algunas personas. Es la maravilla de las vidas bien vividas que logran hacer tanto, por tantos, con tan poco y en tan corto tiempo. Es la vida que se toma su tiempo, mucho o poco, el que sea necesario. 

Carlos pasó por nuestro tiempo como un destello, y al final, sin siquiera imaginarlo, el halo que había dejado a su paso cambiaría para siempre la vida de tantos tantos otros, incluso la de quienes no llegamos a conocerlo. El día en que lo despedimos, con las manos entrelazadas y el corazón dispuesto, sus amigos sellaron un pacto de amistad para la eternidad, su propia eternidad. Ese día lloramos todos sin parar, nos abrazamos a nuestros pequeños hijos conmovidos con su profundo dolor y, aterrados ante la insoportable idea de su propia muerte, nos aferramos a la seguridad de un presente irrepetible e irremplazable. Ese día lloramos todos, lloró el cielo, lloró el tiempo. 
Dolor

En tan solo unos pocos días el mismo Carlos, Juan Ángel, su hermano, y Ema, su mamá, nos habían  mostrado la solidaridad, la esperanza, la alegría, la amistad el amor infinito y el valor de luchar por la vida hasta el último instante del último segundo. En unos pocos días ellos nos mostraron cómo el tiempo se puede hacer elástico y es posible vivir toda una vida bien vivida en un santiamén. Es como si la inminencia de la muerte nos hubiera hecho ver el inmenso poder que tenemos sobre el tiempo, nuestro tiempo, aquel que solo es posible nombrar en plural porque surge de la experiencia compartida con los demás. Nos hicimos conscientes del poder de estirar y eternizar los buenos momentos, aún en medio del sufrimiento infinito; y del incalculable valor del presente, en tanto única certeza que tenemos en la vida. 

Este barco, símbolo de la lucha por la vida, fue diseñado por
Carlos y fundido en bronce por el Maestro Diego Villegas  Tafur

El tiempo, tan cotidiano, tan presente y tan evidente, ha sido siempre un atractivo enigma para mi.  Su paso incesante, la imposibilidad de retenerlo y las diferentes formas de sentirlo no dejan de despertar en mi la curiosidad. En ocasiones la vivencia del tiempo me produce una forma particular de angustia, no me gusta que pase rápido y me da vértigo cuando ocurren muchas cosas en lapsos cortos; no alcanzo a asimilarlas del todo y me parece que siempre estoy atrás de los acontecimientos, como si fuera yo un personaje hecho para otra época, más lenta, más calmada. Hace muchos años, en una manifestación típicamente adolescente, declaré con firmeza liberadora que no me interesaban el dinero ni el poder. Yo no trabajaría sin parar para acumular cosas, no; yo pasaría mis días atesorando intangibles: voces, besos, sonidos, historias, paisajes, abrazos y emociones, aventuras y vivencias. Consciente como estaba del inmenso poder de la memoria, aquel día decidí que viviría presentes increíbles para construir pasados maravillosos y versiones optimistas de futuro. Lo decidí, lo declaré y lo cumplí, lo he cumplido. 

Aventura

Definitivamente mis presentes han valido la pena, pero hoy no estoy tan segura de que tengan el sentido que alguna vez imaginé. De nuevo la lección, certera y contundente, vino de mi querido viejo, mi papá, que en realidad no suma tantos años. De un tiempo para acá una niebla, que se hace cada vez más fría y espesa, ha venido invadiendo hasta el último rincón de sus recuerdos. Como aquel barco que navega lento entre la bruma, así va él por sus días y sus noches. Yo lo veo alejarse desde el puerto, a él que era mi faro, y siento que el vaho me asalta en forma de nostalgia. Qué difícil aceptar que todos esos buenos momentos, nuestros preciosos momentos, se estén diluyendo en el hondo mar de su memoria, igual que mis lágrimas. Qué difícil. 

Con su buen amigo Fito

A veces la niebla parece dispersarse y, bajo el claro de la luna, el viejo barco resplandece como antaño y entonces, como siempre, sus palabras aparecen arropadas de consciencia y de sabiduría - La memoria me traiciona y me confunde – me dijo el otro día,  - Ya no habito el tiempo como antes, hoy soy solo presente- sentenció finalmente. Entonces comprendí, entendí que me decía lo mismo que unos meses atrás nos había mostrado el pequeño Carlos aferrado a un trocito de vida en su orilla del tiempo. Somos solo presente, si presente, pero no solo en función de la experiencia hecha pasado, ni como sustento optimista de un futuro por venir. No, somos presente por y para el mismo presente, porque esa es nuestra única certeza. Somos presente porque el amor nos confiere el poder de eternizarnos al compartir la existencia con los que nos quieren. Somos presente porque en nuestra vida, la de hoy en este preciso instante, se expresa la vida de quienes nos antecedieron y la esperanza de los que vendrán.  Somos presencia presente en eterno movimiento, como el mar que se mueve pero no va a ninguna parte porque se sabe feliz así, siendo simplemente mar.  Así, presentes como Carlitos, como mi viejo, así somos, así estamos, es la única manera en que vale la pena, y tal vez, la única manera posible.

El viejo faro en Puerto Deseado (Patagonia Argentina)

2 comentarios:

  1. Gracias, Tatiana... por tu presente y por tu cesta.

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    1. Gracias a ti por hacer parte de mi presente desde hace tantos años

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Un viaje a la orilla del tiempo

Este texto fue publicado originalmente en la web de Señal Memoria  https://www.senalmemoria.co/articulos/35-anos-despues-yurupari-regreso-ma...