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Aprender a ver la vida con la mirada de los gatos

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Granada, en las noches de verano, huele a jazmín, a azahar, a albahaca y a romero. Por las calles empedradas del viejo barrio Albayzin deambulan perezosas las historias de amor y de aventura de quienes, una vez, fueron seducidos por el embrujo de esta ciudad mágica y misteriosa. Y allí, sigilosos, como siempre, los gatos. Dueños del silencio, de la luna y de la poesía, dueños de la noche y del tiempo. Entre las rendijas de los muros blancos se asoman con cautela y se vuelven invisibles a la más mínima provocación. Barrio Albayzin  Allí, justo allí, donde la noche se hacía susurro y se arropaba con los aromas del verano, allí nos esperaba pacientemente y en actitud contemplativa. Nos escuchaba a lo lejos y al instante salía a nuestro encuentro haciendo aquel sonido que había reservado solo para nosotros en los momentos de mayor intimidad, mezcla de maullido y ronroneo. Saltaba entre los muros y los árboles, dándose las mañas para no pisar el suelo ni una sola vez y, as...

Volver a levantarse

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- ¡ Aló, mamá!... ya estamos aquí... si, nos fue muy bien, gracias ... - El carro avanza, rápido, muy rápido, tan rápido como se puede. La calle está vacía, se puede rápido, va solo, la música suena duro, muy duro, tan duro como se puede. El bajo sigue retumbando y por el panorámico pasan imágenes inconexas a toda velocidad, un edificio, luces blancas, luces rojas, ¡uf..la caseta de los dulces!, ¡mierda... el poste!, otra vez las luces, el piso mojado, blancas, rojas, blancas... todo da vueltas. - Si... muy interesante, toda la semana en el seminario de formaciones musicales y el viernes salimos hacia Filandia a visitar a Jenny que está allí haciendo el rural... si, donde grabaron la novela... - Hace frío y llueve un poco, tiene medio cuerpo fuera del carro y la cabeza mojada. Está sentado sobre los vidrios del panorámico, con las piernas dentro del carro y la mano derecha aun aferrada al timón - tengo que volver al hospital -, casi no hay gente en la calle, e...

Una bicicleta para volar

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Pues cómprate una bicicleta para ir a la universidad, dijo Oscar mientras yo lo oía con fascinación. ¿Una bicicleta? La idea de subirme en una bicicleta y desafiar el caótico tráfico Bogotano sonaba descabellada. No había ciclorrutas, los buses se enfrentaban a muerte en la “guerra del centavo”, no se respetaban ni las más mínimas normas de tránsito y las calles eran sitios peligrosos donde se imponía la ley del más fuerte. Pensar en la cicla era realmente una locura... pero en 1993, veinte años atrás, las locuras ejercían en mi una poderosa atracción, difícil de resistir (igual que ahora). Además, definitivamente, necesitaba ahorrar dinero si quería llevar a buen término mi proyecto de independizarme, a pesar de estar cursando los primeros semestres de carrera. Pagué mi bicicleta con canciones, literalmente, y me llevé la “todoterreno” más barata que existía. Era verde, no tenía cambios y pesaba tanto como mis ganas de beberme la vida a borbotones. Aquel día guardé mis libros d...

Minueto en Sol Mayor

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Ese año, al cumplir los 9, me regalaron el piano. Era un piano vertical, muy fino, maravilloso. Mi papá me enseñó a admirarlo, no solo por su capacidad de producir sonidos bellos, sino por el ingenio implícito en su mecanismo. Palancas, martillos, correas de transmisión y fieltros que se movían de manera sincronizada y, en un acto mágico, adquirían el poder de transformar el sonido en música y la música en felicidad.  El minueto en Sol Mayor de Beethoven fue la primera pieza que pude tocar en el piano para acompañar a mi papá en el violín. Con esa pieza sellamos un pacto de complicidad entre los dos que duraría para siempre.  Hoy, nuevamente, mi papá anda forcejeando con la muerte, su corazón está cansado y hace unos días amenazó con dejar de latir. Con esta pieza, en una de las versiones que más me gusta, hago un homenaje a mi papá y a su increíble capacidad de hacer de mi una persona feliz.

Oír a los demás: La comunicación como posibilidad de reconciliación

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16 años, ya casi dos décadas recorriendo este país de punta a punta y en los rincones más recónditos. Allí donde nada es fácil, donde todo es escaso, donde la gente se hace invisible para sí misma y para los demás. Allí donde incluso la palabra es un privilegio que solo unos pocos se pueden permitir. Años y años acompañando a las comunidades a hacer radio, oyendo cientos de historias mínimas y cotidianas, en todos los acentos, colores y sabores que este país diverso es capaz de producir.  Son muchos los kilómetros recorridos, los suficientes como para hacer un alto, mirar atrás y preguntarse por las lecciones aprendidas. Todo tiene que ver con la comunicación. Con el acto mágico de ponerse en el lugar de los demás y, por un instante, hacer nuestras sus historias, sus problemas, sus alegrías, sus penas y sus sueños. De eso se trata la comunicación en su sentido más profundo. De su poderosa capacidad de hacer posible la empatía y, una vez allí, en el lugar de los demás,...

Pacífico

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Istmina En realidad no es una plaza de mercado, son dos calles llenas de barullo, olores, colores y texturas; todo un carnaval de los sentidos. Racimos inmensos de plátano, bandejas rebosantes de pescado, frutas, verduras, carritos repletos con toda suerte de cachivaches. Y la gente, la gente negra del Pacífico, vital, alegre, cálida. Gente que anda de un lado para el otro, que se ríe a carcajadas, que conversa animadamente, que canta, que compra y que vende. Gente que observa desde su balcón a la otra gente, gente que me mira extrañada mientras me abro paso entre el tumulto con ese andar quedo y pausado de quien simplemente va y se deja llevar por la algarabía. Por un momento es fácil olvidarse del conflicto, de la pobreza, de la marginalidad y del paro minero. Por un momento el tiempo se detiene y solo existe la felicidad de existir y estar con los demás en este presente largo que no quiero que termine. Carnaval de los sentidos - Istmina 2012 Puente en Istmina - 2012 ...