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Sin razones para la violencia

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Aquel avión, uno muy pequeño: con capacidad para unos 13 pasajeros, se dispuso a aterrizar en medio de una suave llovizna. Embotada y aislada por el ruido de los motores, me dediqué a mirar por la ventanilla. Acabábamos de sobrepasar el Parque Natural Los Picachos, enclavado en la Cordillera Oriental y allí, a la vera del río que parecía bailar de forma sinuosa y caprichosa la danza de la vida, alcanzaba a verse San Vicente del Caguán. Era julio de 1996 y mi segunda salida de campo, hace exactamente 20 años.  Todo, todo, era nuevo y ajeno para mi: la selva, los aviones militares en la pista, los soldados inexpresivos y su minuciosa requisa en el aeropuerto y los misioneros italianos con su cara rubicunda y casi angelical, esperándonos emocionados bajo el implacable sol. Llevábamos con nosotros una maleta llena de equipos para grabación y producción de audio, y un salvoconducto firmado por Juan Luis Mejía, director de Colcultura en ese entonces. Se trataba de un lánguido papel enca...

Memoria para construir paz

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Palabras leídas en el marco del Encuentro Regional: Periodismo y Comunicación para la paz en los Montes de María. El Carmen de Bolívar, 12 y 13 de febrero  de 2016. Hace 20 años la vida nos juntó en torno al propósito de transformar la realidad a través de la palabra. Veníamos de mundos diferentes, cada quién traía consigo su historia, su camino y su propia versión de presente y de futuro;  no había manera siquiera de sospechar que tuviéramos mayor cosa en común y que pasaríamos tantos años caminando el camino acompañados. Al poco tiempo, de tanto hablar, a punta de escucharnos y de tanto andar y de reírnos, nos fuimos convirtiendo en movimiento. Juntos aprendimos del inmenso poder de la palabra y sumamos los empeños para que el relato público se volviera diverso, incluyente y democrático; apostamos por la comunicación ciudadana e hicimos de este empeño una manera de ser y estar en la vida. En estos 20 años hemos trabajado, hemos discutido y nos hemos de...

Serendipia

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Todos estábamos fascinados, era extraordinario estar allí y lo sabíamos muy bien; seríamos los últimos en tener acceso directo a esos documentos y eramos plenamente conscientes de lo que implicaba tal privilegio. Frente a nosotros una mujer de ojos grandes, que destacaban por encima del tapabocas, nos mostraba orgullosa y con solemnidad aquel manuscrito del siglo XVIII. Por mucho que me esforzaba en descifrar lo que allí estaba escrito, no lograba que ninguno de esos garabatos tuviera algún sentido para mi. - Es la historia de un crimen Dijo Natalia con una seguridad pasmosa, tanta que parecía estar bromeando - Ajá... Respondí, escéptica. -¡Es en serio!, es una declaración relacionada con un crimen. Los ojos de la mujer brillaron con emoción entre el gorro y aquel atuendo casi quirúrgico. - Es cierto, ¡muy bien!, a usted se le va a dar fácil la paleografía. Mi asombro era aún mayor, ¿cómo era posible que Natalia hubiera logrado captar algo de lo que decía el manu...

Jugar por jugar o la magia de hacer las cosas juntos

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La noche se acercaba, y al paso inclemente del tiempo, la tensión crecía. Un equipo de gente, difícil de contar, entraba y salía frenéticamente del taller con pinturas, herramientas, equipos de soldadura y cables. Desde lejos se veía, se alzaba imponente y gigantesca la locomotora colorida, como si hubiese brotado de las entrañas mismas de la tierra. Al lado derecho, en la actitud paciente y sosegada de quien se sienta a la orilla del tiempo, un viejo duende esperaba a ser instalado en la punta de aquel tren alegórico que no podría conducir a otro lugar que no fuese la felicidad. Los vecinos se agolpaban alrededor y compartían la angustia del equipo de artesanos, quedaban pocas horas para el Desfile Magno del 6 de enero y, aún, había muchos problemas por resolver.  Días atrás, en la Laguna de La Cocha, habíamos oído con atención a José Obando intentando explicar, con fuego en la mirada, por qué era tan importante el Carnaval. “ Es lo que somos ”, decía José al lado de su estuf...

Bailar empodera: Una mirada a los Derechos Humanos desde historias cotidianas

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Desde dónde yo estaba parada, aquellos niños se veían como una manada de jirafas corriendo alegremente por el campo. Eran unos 10, 15 niños, y entre ellos, una chica que no podía parar de sonreír;  con una de esas risas contagiosas que se irradian y hacen que todo alrededor se ilumine y parezca mejor de lo que es. Era imposible no mirarlos, tan seguros de si mismos, tan arriba, tan divertidos, tan amigos. Llevaban varias horas subidos en los zancos bajo el sol inmisericorde de Tumaco, pero esto no parecía afectar en nada su felicidad. Igual que todas las semanas, desde hace varios meses, ese día, en ese momento, solo había tiempo y espacio para la buena fortuna de estar juntos. Mientras aquellos pequeños gigantes hacían sus acrobáticas demostraciones, el orgulloso instructor nos explicaba cómo esta sencilla actividad está transformando, para mejor, la vida de cada uno de estos niños, y a través de ellos, la de sus comunidades. “ Los zancos nos han permitido pasar por encima de las...